Capítulo 3 3

—Dime que no acabas de escribir “retirar” al lado de las croquetas de mi abuela.

Adrián ni siquiera levantó la cabeza.

—No lo escribí.

Respiré.

—Bien.

—Escribí “revisar o retirar”.

Lo miré con ganas muy concretas de estrangularlo con el paño de cocina.

Eran las nueve de la mañana del primer día oficial de asesoría y ya estaba arrepintiéndome de seis meses enteros.

Adrián ocupaba una mesa junto a la ventana con mi menú abierto, una libreta negra, tres bolígrafos y esa concentración insoportable de hombre que cree que el mundo puede corregirse con anotaciones en los márgenes.

—Regla número dos —le recordé—. Ningún plato desaparece sin mi autorización.

—No ha desaparecido ninguno.

—Acabas de condenar cuatro.

—Los estoy evaluando.

—Con letra de asesino.

Alzó la vista.

—No sabía que mi caligrafía te provocaba emociones.

—Me provoca una. No es publicable.

Mara pasó detrás de mí cargando una caja de servilletas.

—Si van a coquetear, háganlo lejos de la caja registradora.

Casi me atraganté.

—No estamos coqueteando.

Adrián tomó café.

—Yo tampoco entendí eso.

Le lancé una mirada.

—No ayudes.

—Estoy intentando sobrevivir.

Mara se alejó sonriendo.

Traidores. Los dos.

Adrián cerró la libreta.

—Necesito probar todo.

—Ya conoces nuestra comida.

Su expresión cambió apenas.

—Conocí una cena hace cinco años.

El estómago se me tensó.

Ahí estaba otra vez aquella noche, sentándose entre nosotros sin pedir permiso.

—Entonces prueba —dije—. Y limítate a la comida.

Entré a la cocina antes de que pudiera responder.

Lía levantó la cabeza desde la mesa de preparación.

—¿Ya se mataron?

—Todavía no.

—Qué decepción. Aposté cien pesos con Mara.

—Están despedidas las dos.

—No puedes despedirme. Hoy hago las salsas.

Maldita jerarquía culinaria.

Preparé pequeñas porciones de seis platos. Nada sofisticado. Quería que Adrián probara exactamente lo que servíamos cada día, sin decoraciones especiales ni intentos desesperados de impresionarlo.

Eso último me importaba mucho.

Demasiado, considerando que cambié tres veces el emplatado del pescado.

Lía lo notó.

—Ese jitomate lleva más atención que tu última relación.

—Mi última relación no sabía quedarse quieta sobre un plato.

—Tampoco sabía quedarse contigo.

La apunté con el cuchillo.

—Corta cebolla.

—Sí, chef sensible.

Cuando salí con la primera bandeja, Adrián se había quitado el saco.

Error.

Las mangas de su camisa estaban dobladas hasta los codos y, por alguna injusticia fisiológica, aquello hacía difícil recordar que mi objetivo era discutir.

Dejé el plato frente a él.

—Croquetas de papa y queso. Receta de Rosa.

Probó una.

No habló.

Masticó despacio.

Yo crucé los brazos.

—¿Y?

—Estoy comiendo.

—También puedes hablar.

—Puedo atragantarme.

—No sería el peor resultado de esta asesoría.

Me miró mientras tomaba otra.

—Están buenas.

No sentí satisfacción.

—Esa pausa fue ofensiva.

—El relleno está muy bien. La fritura no.

—La temperatura es correcta.

—La temperatura del aceite sí. La mezcla entra demasiado fría y el centro tarda en calentarse. Por eso la cobertura absorbe grasa.

Me quedé callada.

Odiaba que tuviera razón.

—Podemos corregirlo —dijo.

—Puedo corregirlo.

—También.

No había arrogancia.

Eso resultaba todavía más irritante.

Seguimos con el mole, el pescado, la sopa y dos postres.

Adrián criticó tres cosas.

Elogió cuatro.

No destruyó ninguna tradición.

No intentó convertir el restaurante en un laboratorio con platos del tamaño de una moneda.

Y cada vez que encontraba algo bueno, lo decía sin hacerme esperar.

Empecé a sentirme incómoda por una razón nueva.

Estaba disfrutando trabajar con él.

Me negué a analizarlo.

Hasta que llegamos al último plato.

Enchiladas de Rosa.

Adrián cortó una, probó y dejó el tenedor.

—No.

Parpadeé.

—¿No qué?

—Estas no.

—¿Qué tienen?

—Todo.

El calor me subió al rostro.

—Explícate.

—La salsa está plana. La tortilla se rompe. El relleno domina todo. Y hay demasiado queso.

—Es la receta de mi abuela.

—Eso no mejora el plato.

Sentí que algo se cerraba dentro de mí.

—Terminamos.

Adrián frunció el ceño.

—Elena.

—Dije que terminamos.

Recogí el plato.

Él sujetó el borde al mismo tiempo.

Nuestros dedos chocaron.

Fue apenas un roce.

Mi cuerpo reaccionó con una sacudida absurda que me recorrió el brazo.

Adrián no soltó el plato.

Tampoco me soltó con los ojos.

—No estoy criticando a Rosa.

—Su receta era esa.

—No.

—¿Ahora vas a explicarme las recetas de mi propia abuela?

Se levantó.

Quedamos demasiado cerca.

Otra vez.

Yo debería empezar a cobrarle renta por invadir mi espacio personal.

—Voy a explicarte lo que probé —dijo—. Estas enchiladas no tienen el nivel de los otros platos.

—Porque no te gustan.

—Porque tú no las cocinas como si te gustaran.

Eso me dejó quieta.

—¿Qué demonios significa eso?

Adrián tomó el tenedor y señaló la salsa.

—El mole lo pruebas tres veces antes de servirlo. El pescado lo corregiste cuando viste que una esquina estaba seca. Cambiaste el emplatado sin que nadie te lo pidiera.

Sentí calor en las mejillas.

Así que sí había visto lo del pescado.

—¿Y?

—Con estas sigues instrucciones.

—Porque son de Rosa.

—Exactamente.

Quise apartarme, pero la mesa me quedó detrás.

Adrián estaba frente a mí.

Cerca.

Sus ojos descendieron un instante a mis labios y volvió a mirarme.

Recordé mi sexta regla.

Él también.

—No lo hagas —murmuré.

—¿Qué cosa?

—Sabes cuál.

—Estoy mirando tus enchiladas.

—Están en la mesa.

Una sonrisa mínima apareció en su boca.

—Entonces quizá sí estoy rompiendo una regla.

Mi respiración se volvió más corta.

—Te quedan cinco meses y veintinueve días para aprender.

—¿Y si no quiero?

El comentario bajó por mi espalda con una lentitud indecente.

Apreté el plato entre las manos.

—Estamos hablando de comida.

—Tú empezaste a hablar de dónde miro.

Maldito hombre.

Di un paso lateral.

Él me dejó pasar.

Eso fue peor que si hubiera intentado detenerme.

Entré a la cocina y coloqué el plato sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Lía observó mi cara.

—¿Pelea o tensión sexual?

—Trabaja.

—Entonces ambas.

Adrián apareció detrás de mí.

—Necesito que prepares otra versión.

Me giré.

—¿De las enchiladas?

—Sí.

—Acabas de decir que no sirven.

—Dije que esas no sirven.

Señaló los ingredientes.

—Hazlas como tú las harías si la receta no tuviera el nombre de Rosa encima.

Me quedé inmóvil.

Durante años había seguido aquella receta al gramo.

No porque fuera perfecta.

Porque cambiarla se sentía parecido a borrar una parte de mi abuela.

La propuesta me irritó porque no sonaba a provocación. Sonaba a permiso.

Miré las tortillas, luego la salsa, después mis manos.

Podía cambiar el chile. Reducir el queso. Tostar la tortilla. Hacer aquello que llevaba años evitando.

—Si sale mal, te vas a comer el plato completo.

—Acepto.

—Aunque esté horrible.

—He comido en aeropuertos a las tres de la mañana. Sobreviviré.

Lía soltó una carcajada desde el fregadero.

—Eso sí fue una declaración de amor.

—Lía.

—Ya trabajo.

Adrián se inclinó junto a mí para alcanzar el cuchillo. Su pecho rozó mi hombro y tuve que contener el impulso de apartarme rápido.

—¿Vas a cocinar? —pregunté.

—Voy a mirar.

—Eso haces demasiado.

—Tú también.

Adrián debió ver algo en mi cara porque bajó la voz.

—No quiero quitarte su receta.

—Entonces, ¿qué quieres?

Sus ojos se quedaron fijos en los míos.

—Quiero probar la tuya.

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