Capítulo 4 4

—Si vuelves a decir que mi abuela estaría de acuerdo contigo, te saco de la cocina.

Adrián dejó el cuchillo sobre la tabla.

—No dije eso.

—Lo pensaste.

—No sabía que además de chef eras médium.

Lía soltó una risa que intentó convertir en tos cuando la miré.

—Me atraganté con aire.

—Pues mastícalo mejor.

Adrián escondió una sonrisa.

Habían pasado cuarenta minutos desde que me retó a preparar las enchiladas como yo las haría y no como estaban escritas en la libreta de Rosa.

Había cambiado tres cosas.

Tres.

Y sentía que acababa de cometer un delito familiar.

Reduje el queso, tosté las tortillas antes de bañarlas en salsa y añadí un poco de chile ancho que mi abuela jamás había usado en aquella receta.

El resultado olía mejor.

Eso me ofendía.

—Pruébalas —dijo Adrián.

—Ya sé a qué saben.

—No. Sabes a qué quieres que sepan.

—Qué profundo.

—Gracias. Cobro por hora.

—Con razón el programa está tan endeudado.

Lía volvió a reír.

—Voy a desaparecer antes de convertirme en testigo de un homicidio.

—Cobarde —dije.

—Tengo veintisiete años y planes.

Salió con una bandeja.

Adrián tomó un tenedor y cortó una enchilada.

Esperé.

No sabía por qué me importaba su reacción.

Cinco años atrás habría pagado por no volver a escuchar una opinión suya.

Ahora estaba pendiente de la forma en que fruncía ligeramente el ceño al probar algo.

Asquerosamente contradictorio.

Masticó.

Luego tomó otro bocado.

—Bueno —dije—. Habla.

—No.

—¿No qué?

—Pruébala tú.

—Ya la probé mientras cocinaba.

—Eso no cuenta.

—¿Desde cuándo?

—Desde que llevas toda la mañana defendiéndote antes de probar lo que hiciste.

Extendió el tenedor hacia mí.

Lo miré.

—Tengo manos.

—Lo sé.

No retiró el tenedor.

—Adrián.

—Elena.

—Esto es ridículo.

—Entonces abre la boca.

Mi cuerpo decidió darle a esa frase una interpretación que no tenía nada que ver con comida.

Él lo notó.

Sus ojos bajaron un instante.

Yo agarré su muñeca antes de que pudiera decir algo.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara está trabajando.

—Tu cara necesita supervisión.

Acercó un poco más el tenedor.

—Prueba.

Abrí la boca.

Fue una mala decisión.

No por las enchiladas.

Por su mirada.

No apartó los ojos mientras yo mordía. La punta del tenedor rozó apenas mi labio inferior al retirarse y un calor absurdo me recorrió el cuello.

Mastiqué para no decir una tontería.

Estaban mejores.

Mucho mejores.

Eso fue peor.

—Dilo —murmuró.

—No.

—Cobarde.

Le devolví su propia palabra con una mirada asesina.

—Están aceptables.

—Mentira.

—Bien. Están buenas.

—Otra vez.

—Están muy buenas.

Adrián sonrió con una satisfacción que me dieron ganas de borrar de un beso.

Ese pensamiento apareció sin permiso.

Lo expulsé de inmediato.

—No te acostumbres.

—A tener razón contigo empieza a gustarme.

—Tú no tuviste razón. Yo cociné.

—Y yo te empujé.

—Exactamente. Empujar gente es tu especialidad.

La sonrisa desapareció.

Había tocado el pasado.

Otra vez.

Me arrepentí en cuanto vi cómo se endureció su expresión, pero el orgullo me dejó muda.

Adrián dejó el tenedor.

—Voy a revisar el almacén.

—Todavía no hemos terminado.

—Pensé que querías distancia.

—Quiero profesionalismo.

—Entonces decide cuándo estás hablando con tu consultor y cuándo con el hombre que odias.

El comentario dolió porque era cierto.

Lo seguí hacia la despensa.

—No uses eso para escapar.

Se giró de golpe.

Casi choqué contra él.

Su mano se cerró alrededor de mi cintura para impedir que perdiera el equilibrio.

Todo mi cuerpo se quedó quieto.

Su palma estaba abierta contra mi costado.

Caliente.

Firme.

Demasiado cómoda allí.

Él también lo sintió.

Lo vi en su respiración.

—Suéltame —dije.

No sonó tan convincente como quería.

Adrián retiró la mano.

—De nada.

—No iba a caerme.

—Claro.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Por dentro sí.

Entramos a la despensa.

Adrián empezó a revisar etiquetas, fechas y cajas con una concentración que me irritó porque yo todavía sentía la marca imaginaria de su mano en la cintura.

—Este proveedor —dijo.

Miré la caja que sostenía.

Mi estómago se tensó.

—¿Qué pasa con él?

—Nada. Preguntaba cuánto tiempo llevan trabajando juntos.

—Tres años.

—¿Y antes?

—Otro.

—¿Por qué cambiaron?

—Porque cerró.

Adrián dejó la caja en su sitio.

—Necesitamos revisar la trazabilidad de todos los ingredientes.

La palabra me golpeó en un lugar incómodo.

—Ya lo hacemos.

—Quiero ver los registros.

—Tenemos controles.

—No dije que no.

—Lo estás insinuando.

—Estoy haciendo mi trabajo.

Volví a sentir aquella vieja humillación.

Sirenas frente al restaurante.

Un cliente sin poder respirar.

Mara llorando en la oficina.

Rosa sentada en silencio cuando alguien le mostró la reseña.

—No necesito que vengas cinco años después a enseñarme seguridad alimentaria.

Adrián se quedó inmóvil.

—No estaba hablando de aquella noche.

—Siempre estás hablando de aquella noche.

—Tú eres quien la trae cada vez.

—Porque tú pudiste irte después de escribirla. Nosotros nos quedamos aquí recogiendo los pedazos.

Él me sostuvo la mirada.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

—Sé más de lo que crees.

—Entonces dilo.

Adrián apretó la mandíbula.

Durante un segundo pensé que lo haría.

Pero negó lentamente.

—Todavía no.

La rabia me subió de golpe.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué?

—Lanzar una frase y esconderte detrás de ella.

—No estoy escondiéndome.

—Pues explícate.

—Cuando podamos hablar sin que conviertas cada respuesta en una sentencia.

Solté una risa seca.

—Qué conveniente.

Quise salir.

Adrián se movió al mismo tiempo y quedamos atrapados entre una estantería y unas cajas.

Su pecho rozó el mío.

Ninguno retrocedió.

La cercanía tenía algo peligroso porque ya no podía fingir que era accidental.

Sus ojos bajaron a mi boca.

—Regla seis —susurré.

—La recuerdo.

—No parece.

—Tú tampoco estás mirando precisamente mis ojos.

Maldito.

Porque tenía razón.

Mi vista había bajado hasta su boca.

Subí inmediatamente.

—Apártate.

Lo hizo.

Sin tocarme.

Sin sonreír.

Eso me dejó más alterada.

Salimos de la despensa justo cuando Mara apareció con una carpeta.

—¿Interrumpo otra auditoría extremadamente heterosexual?

—Mara.

—Solo pregunto.

Adrián carraspeó.

—Necesito revisar los registros de proveedores.

Mara asintió.

—Te los doy después del servicio.

La miré.

—No.

—Elena.

—He dicho que no.

Mara bajó la voz.

—No puedes pedir ayuda y cerrar cada puerta que no te gusta.

Me dolió más viniendo de ella.

Miré a Adrián.

—No toques nada relacionado con aquella noche sin hablar conmigo.

—De acuerdo.

—Y no vuelvas a mencionar a Rosa para convencerme de cambiar algo.

Su expresión se volvió seria.

—No lo haré.

Tomé aire.

—Bien.

La frase me atravesó con violencia.

Durante años había defendido cada silla, cada receta y cada costumbre porque modificar algo me parecía una forma de perderla otra vez.

Odiaba que él pudiera verlo.

Odiaba todavía más que yo también empezara a verlo.

Apreté los dedos contra el borde de la mesa.

—No tienes derecho a hablar de lo que ella me dejó.

Adrián no apartó la mirada.

—No. Pero sí tengo la obligación de decirte lo que estás haciendo con ello.

Adrián miró las enchiladas que seguían sobre la mesa.

—Pero hay algo que sí voy a decirte.

—¿Qué?

—Tu abuela te dejó un restaurante, Elena. No una orden de convertirlo en su mausoleo.

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