Capítulo 5 5

—Vuelve a decir que el restaurante de mi abuela es un mausoleo y te juro que los seis meses terminan hoy.

Adrián no respondió.

—¿Me escuchaste?

—Sí.

—Entonces habla.

Mara miró a uno y a otro, decidió que conservar la vida era una buena costumbre y retrocedió hacia la oficina.

—Voy a hacer algo administrativo y cobarde.

—Perfecto —dije sin apartar los ojos de Adrián.

—Si escucho un golpe, llamaré a Lía antes que a la policía.

Desapareció.

Adrián seguía frente a mí, serio.

—No debí decirlo.

Parpadeé.

Esperaba defensa.

Sarcasmo.

Una explicación insoportablemente razonable.

No eso.

—¿Qué?

—Lo del mausoleo. Fue una estupidez.

Me crucé de brazos.

—También fue cruel.

—¿Y ahora esperas que te agradezca por darte cuenta?

—No.

—¿Que te perdone?

—Tampoco.

Adrián soltó aire por la nariz.

—Estoy intentando disculparme.

—Te falta práctica.

—Sí.

La respuesta fue tan rápida que casi me hizo reír.

Casi.

Me giré para recoger el plato de enchiladas. Necesitaba hacer algo con las manos que no implicara rodear su cuello.

—Rosa murió hace dos años —dije.

El silencio cambió.

—No lo sabía.

—Claro que no.

—Elena...

—No.

Levanté una mano.

—No quiero esa voz.

—¿Qué voz?

—La que usa la gente cuando cree que tiene que hablarme como si fuera a romperme.

—No creo eso.

—Bien.

—Creo que podrías romperme tú a mí.

Lo miré.

Había una sombra de sonrisa en su boca.

—No coquetees ahora.

—No estaba coqueteando.

—Entonces eres naturalmente irritante.

—Eso sí me lo han dicho.

Puse las enchiladas en la mesa de preparación y abrí el refrigerador.

No necesitaba nada.

Solo quería aire frío.

Adrián apareció a mi espalda.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Puedes. No significa que responda.

—¿Rosa seguía trabajando aquí cuando enfermó?

Cerré la puerta del refrigerador con más fuerza de la necesaria.

—No enfermó.

Adrián esperó.

—Fue un infarto —continué—. Rápido. Un martes por la mañana. Me llamó para decirme que había olvidado unas recetas en su casa y que las llevaría después.

La cocina pareció quedarse sin sonido.

—Nunca llegó.

Adrián bajó la mirada.

—Lo siento.

Esta vez no sonó como una frase aprendida.

Me molestó que eso importara.

—Yo estaba aquí —dije—. Discutiendo con un proveedor por treinta pesos en una caja de limones. Esa fue la última cosa importante que hice mientras ella estaba viva.

—No podías saberlo.

—Ya sé.

—Pero no te sirve saberlo.

Apreté los labios.

No.

No me servía.

Y odié que entendiera la diferencia.

—Después de su muerte —continué—, todos empezaron a decirme que ahora el restaurante era mío. Como si eso fuera un regalo. Como si yo hubiera estado esperando que se muriera para cambiar los manteles.

—Por eso no cambias nada.

—Cambio cosas.

Adrián miró alrededor.

—Cambias precios.

—Idiota.

—Un poco.

Quise sonreír y eso me pareció una traición absurda.

Me apoyé contra la mesa.

—Hay días en que sé que algunas cosas ya no funcionan. Lo sé antes de que tú vengas con tu libreta negra y tu cara de funeral gastronómico.

—Mi cara tiene más registros.

—No muchos.

—Te sorprenderías.

—Preferiría no hacerlo.

Sonrió.

La tensión en mi pecho cedió apenas.

Ese era el problema con Adrián. Cuando dejaba de comportarse como el hombre que había decidido odiar, yo no sabía dónde colocar toda la rabia.

Él tomó el plato de las enchiladas nuevas.

—Estas son mejores.

—No arruines el momento.

—No es un ataque.

—Contigo nunca sé.

—Eso también es culpa mía.

Lo miré.

Otra vez aquella palabra.

Culpa.

—¿Por qué sigues aquí?

—Porque trabajo aquí.

—Sabes a qué me refiero.

Adrián dejó el plato.

—No estoy seguro de que quieras la respuesta.

—Deja de decidir lo que quiero escuchar.

Su mandíbula se marcó.

—Bien.

Se acercó.

No demasiado.

Lo suficiente.

—Estoy aquí porque recomendé este restaurante.

—Eso ya lo sé.

—Y porque creo que puedes salvarlo.

—También lo sé.

—No, Elena. Creo que tú puedes salvarlo. No yo.

La frase me golpeó de una manera distinta.

—Entonces ¿para qué te necesito?

—Para llevarte la contraria cuando haga falta.

—Qué función tan noble.

—Y para decirte cuándo tienes razón aunque me moleste.

—Eso debe dolerte físicamente.

—Muchísimo.

Sonreí.

Esta vez no pude evitarlo.

Adrián me miró la boca.

Lo vi hacerlo.

—Regla seis.

—Estoy intentando.

—Mientes fatal.

—Nunca dije que fuera fácil.

Su voz bajó.

La cocina estaba vacía y, de pronto, la distancia entre nosotros volvió a convertirse en algo que podía sentirse.

Adrián apoyó una mano en la mesa, junto a mi cadera.

No me tocó.

Eso hizo que fuera peor.

Yo podía alejarme.

No lo hice.

—¿Sabes qué es lo más irritante de ti? —pregunté.

—La lista debe ser larga.

—Que a veces dices algo decente y me obligas a reorganizar mis motivos para odiarte.

Sus ojos se oscurecieron con algo que no tenía nada que ver con una discusión.

—Puedo ayudarte a encontrar otros.

—Seguro.

—Por ejemplo, sigues mirándome la boca.

Me quedé inmóvil.

—Yo no...

—Sí.

—Estaba mirando si ibas a sonreír.

—Claro.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Mi pulso empezó a golpearme en el cuello.

Adrián se inclinó un poco.

No hasta besarme.

Ni siquiera cerca.

Pero lo suficiente para que mi cuerpo entendiera la posibilidad.

—¿Esto también cuenta como trabajo? —murmuré.

—Definitivamente no.

—Entonces aléjate.

—Dímelo mirando mis ojos.

Levanté la vista.

Grave error.

Estaba tan cerca que podía distinguir pequeñas motas doradas en el verde de sus iris.

—Aléjate.

No sonó firme.

Adrián sí se apartó.

Inmediatamente.

Y esa obediencia me dejó extrañamente vacía.

—Gracias —dije.

—De nada.

Mara apareció por la puerta.

—¿Ya puedo entrar o están resolviendo el presupuesto con tensión sexual?

—Mara.

—Es una pregunta administrativa.

Adrián soltó una carcajada.

Yo agarré un paño y se lo lancé a mi hermana.

Ella lo esquivó.

—Qué ambiente laboral tan sano.

—Vete.

—Venía a avisar que tenemos una reserva grande esta noche.

Eso borró cualquier sonrisa.

—¿Cuántos?

—Veintidós.

—¿Con menú abierto?

—Sí.

Adrián miró las enchiladas.

—Sirve la nueva versión.

Lo fulminé.

—No mandas aquí.

—Lo sé.

—Entonces no ordenes.

—Te lo estoy sugiriendo.

Miré el plato.

Después la libreta de Rosa, abierta junto a los fogones.

Mi primera reacción fue negarme.

La segunda fue peor.

Quería probar.

Quería saber si los clientes también sentirían lo que yo había sentido al probarlas.

Miedo.

Culpa.

Y una chispa de orgullo.

—Solo esta noche —dije.

Adrián asintió.

—Solo esta noche.

Mara sonrió.

—Voy a anotarlo en el calendario. Elena aceptó una sugerencia sin apuñalar a nadie.

—Todavía falta el servicio.

Se fue riendo.

Adrián recogió su libreta.

—Gracias por escucharme.

—No te acostumbres.

—No pensaba hacerlo.

Caminó hacia la puerta.

—Adrián.

Se detuvo.

—¿Qué?

Me costó decirlo más de lo que debía.

—Acepto tus disculpas por lo de Rosa.

Su expresión se suavizó.

—Gracias.

—No significa que te perdone por lo demás.

Adrián guardó silencio un instante.

Luego regresó dos pasos, hasta quedar frente a mí.

—No quiero que me perdones porque estoy ayudando a salvar tu restaurante.

Fruncí el ceño.

—Entonces ¿qué quieres?

Sus ojos bajaron a mi boca una última vez antes de volver a los míos.

—Que cuando me perdones, Elena, sea porque ya no puedas seguir mintiéndote sobre lo que sientes por mí.

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