Capítulo 4 Cenizas y llamadas a medianoche

El taxi se detuvo frente a los portones de hierro de la villa Santorini. Pagué con torpeza y arrastré la pierna derecha al bajar.

La sangre seca pegaba la tela del pantalón a mi piel lesionada, pero el dolor era apenas un zumbido distante frente a la helada lucidez que dominaba mis pensamientos.

No fui a la cocina por un botiquín ni al baño a limpiarme. Caminé en línea recta hacia el rincón de la sala.

En el centro de la estancia descansaba la pequeña caja de caoba donde supuestamente guardaba los restos de mi madre.

Me arrodillé con lentitud, soltando un leve jadeo por la punzada en la rodilla. Abrí la tapa y tomé un puñado del polvo blanco del interior, sintiendo su textura entre mis yemas.

No había cenizas aquí.

Saqué un sobre de plástico transparente de mi bolso, guardé una muestra generosa y lo sellé con cuidado para mi abogada.

—Profanación de restos y tortura psicológica —murmuré con voz uniforme—. Añádelo a la cuenta de la demanda, Dante.

Me puse en pie y recorrí el dormitorio principal, abriendo cajones y armarios.

No buscaba ropa ni maletas.

Tomé las joyas de diamantes que Dante me había regalado en nuestros aniversarios.

El reloj grabado con la frase «Para mi única esposa», los álbumes de fotos de nuestros viajes y los peluches que me compró durante los duros ciclos de FIV.

Los llevé todos al patio trasero.

Sin dudar, arrojé las joyas de oro al contenedor de basura metálico. Encendí un fósforo y lo lancé sobre los álbumes y los peluches acumulados.

Observé con una mirada desprovista de emoción las llamas devorar las fotos donde veía sus sonrisas falsas.

El teléfono en mi bolsillo comenzó a vibrar. La pantalla mostraba la foto de Dante.

Presioné el altavoz con calma mientras el fuego terminaba de consumir los recuerdos.

—¿Elena? —la voz de Dante llegó saturada, con el ruido de fondo de una sala de urgencias—. ¿Dónde estás? ¿Ya llegaste a la villa?

—Estoy en casa —respondí. Mi tono era tan plano que parecía el de una desconocida.

Dante dejó escapar un suspiro irritado.

—De verdad te pasaste esta vez, Elena. Renata está con amenaza de aborto por tu culpa. Tu padre está furioso con lo que hiciste.

Me quedé callada, escuchando el crepitar de la madera quemándose.

—¿Por qué tuviste que actuar de forma tan violenta? —continuó reprochando—. ¿No podías simplemente comportarte como una adulta por una sola noche?

No pestañeé. Escuché cada palabra con la paciencia de quien escucha una sentencia que ya no le pertenece.

—Espero que estés en tu habitación pensando en lo que hiciste y preparando una disculpa para mañana —continuó con su habitual tono condescendiente—. Iba a ir a verte, pero no puedo dejar a Renata sola en este estado.

—No te preocupes por mí, Dante —interrumpí. Mi voz no tembló—. Concéntrate en Renata... después de todo, es la única esposa que te queda.

Hubo un segundo de silencio.

Dante vaciló, desconcertado por mi falta de lágrimas o gritos.

—¿De qué demonios estás hablando? Elena, no empieces con tus...

Colgué antes de que terminara. Pero el teléfono volvió a sonar inmediatamente.

Esta vez era el número personal de Renata. Presioné el botón de grabación antes de contestar.

—¿Te duele mucho el fracaso, hermanita? —su voz goteaba veneno victorioso—. Te llamo desde la suite privada del hospital.

—¿Qué quieres?

—Dante está afuera comprándome cena y papá me ha trasladado al área VIP. Los tengo a los dos justo donde quiero, en la palma de mi mano.

Caminé despacio hacia el sofá y me dejé caer sobre el cojín.

—Te felicito, Renata —dije con la voz agotada—. Por fin conseguiste exactamente lo que querías.

Al otro lado de la línea, el silencio se volvió denso. Mi respuesta calmada no estaba en su libreto.

—¿Cómo que me felicitas? —cuestionó, súbitamente molesta—. ¿Por qué carajos no estás gritando o llorando? ¡Te acabo de quitar a tu marido y todo lo que te pertenece!

—Porque ya no me importa —respondí, estirando mi pierna herida sobre la mesa—. Puedes quedarte con la villa, con las acciones, con mi padre y con Dante. Quédate con todo el lote. Te lo regalo.

—¡Mientes! —chilló Renata—. ¡Te estás haciendo la fuerte porque sabes que nunca podrías ganarme! Eres una perdedora igual que tu madre muerta. Naciste para estar debajo de mí y de Lucrecia.

—¿Quieres algo más, Renata? —pregunté con tono helado—. Porque si solo me llamaste para presumir tus trofeos de plástico, me estás quitando el tiempo.

Un gruñido de rabia contenida resonó en el auricular.

—¡Eres una maldita zorra estúpida! —gritó Renata antes de colgar con brusquedad.

Bajé el teléfono con un suspiro de hartazgo.

Miré la pantalla. La grabación de dos minutos se había guardado correctamente y la envié de inmediato a la carpeta compartida con mi abogada.

Esa llamada sería la estocada final para demostrar la premeditación de la farsa de la caída.


A la medianoche, el timbre de mi celular rompió el silencio sepulcral de la villa. Era Dante otra vez.

Deslicé la pantalla sin una pizca de emoción.

—¿Sí? —respondí con voz gélida.

Al otro lado de la línea, la respiración de Dante se escuchaba agitada, cargada de una ira contenida.

—¿Se puede saber por qué carajos me colgaste hace unas horas, Elena? No estoy para tus niñerías.

—Se murió mi batería.

Dante chasqueó la lengua.

—Te llamo para avisarte que no podré ir a dormir a la villa esta noche. Me quedaré en el hospital.

—Está bien.

Mi indiferencia pareció irritarlo todavía más. Soltó un bufido fastidiado a través del auricular.

—Sé perfectamente que estás molesta, pero tu actitud arrogante es insufrible —escupió—. No tienes derecho a ponerte así cuando fuiste tú quien empujó a Renata por las escaleras.

Al ver que yo permanecía en absoluto silencio, el tono de su voz cambió drásticamente.

Pasó de la rabia a una superioridad condescendiente que me revolvió el estómago.

—Mira, voy a ser blando contigo porque sé que tienes las hormonas alteradas por el último tratamiento —dijo, como quien calma a una mascota—. Renata ha estado llorando toda la noche, sintiéndose culpable porque yo estoy aquí cuidándola en lugar de estar contigo en casa.

—¿En serio? —Mi tono era monótono.

—Me pidió expresamente que fuera a verte, ¿puedes creerlo? Está siendo sumamente considerada contigo a pesar de la salvajada que le hiciste.

Una sonrisa amarga y despiadada se dibujó en mis labios en la oscuridad de la habitación.

—Qué noble de su parte —respondí con sarcasmo—. Dile que descanse bien.

—Mañana hablaremos en serio, Elena. Buenas noches —sentenció Dante, dando por terminada la llamada.

Sostuve el teléfono frente a mí mientras la pantalla se oscurecía.

Acaricié mi vientre con suavidad, recordándome que tenía que resistir tres días más.

Solo tres días.

“Oh, Dante...”, pensé, sintiendo el hielo de los Bellucci congelar cada rincón de mi alma. “Me pregunto qué maldita cara pondrás cuando descubras cómo es en realidad tu querida y considerada esposa Renata”

Me preguntaba también qué haría al darse cuenta del monstruo en el que se había convertido por seguir sus mentiras.

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