Capítulo 5 Basura insignificante y dilemas de sangre
El olor a humo todavía flotaba en el aire del patio trasero cuando el auto de Dante se detuvo en la entrada de la villa, pasadas las diez de la mañana.
Me encontraba sentada en el sofá de la sala, con una taza de té entre las manos.
Vestía un pantalón holgado que cubría el aparatoso vendaje que yo misma me había colocado en la pierna tras limpiar mis heridas de la caída.
Dante entró a la casa luciendo el traje arrugado y el rostro cansado de quien ha pasado la noche en vela en un hospital. Sin embargo, antes de mirarme, se detuvo junto al ventanal que daba al jardín.
Su ceño se frunció al notar el contenedor metálico tiznado de negro y los restos de ceniza.
—¿Qué estabas quemando allá afuera? —preguntó, girándose hacia mí con una mezcla de sospecha e irritación.
—Basura —respondí sin apartar los ojos de mi taza—. Cosas insignificantes que ya no tienen ningún valor.
Dante apretó los labios, visiblemente desconcertado por mi tono distante. Caminó hacia el sofá, deteniéndose a solo un par de pasos de mí.
Se cruzó de brazos, analizando mi rostro pálido.
—¿Qué tipo de basura, Elena? Huele a plástico quemado desde la entrada. Espero que no hayas perdido la cabeza y destruido algo importante solo por un berrinche.
—Nada que te deba importar, Dante. Solo limpiaba mi espacio.
Él dejó escapar un suspiro fastidiado, pero sus ojos bajaron repentinamente hacia mi tobillo expuesto, donde el borde de una gasa blanca sobresalía por debajo del dobladillo de mi pantalón.
Dio un paso rápido al frente.
—¿Qué te pasó en la pierna? —su voz adoptó esa capa de preocupación que ahora me resultaba repulsiva—. Estás herida. ¿Es por la caída de ayer?
—Es solo un rasguño sin importancia —dije, apartando mi pierna sutilmente para evitar que me tocara—. Ya me lo curé y me lo vendé sola. Estoy perfectamente.
Dante vaciló. Una chispa de culpa genuina cruzó sus ojos por una fracción de segundo.
Seguramente recordaba que me había dejado sangrando en el suelo de los Montero Santamarina para correr detrás de Renata.
Antes de que pudiera frenar su propio impulso, Dante se arrodilló frente a mí.
La frialdad de su semblante pareció desmoronarse por un instante.
—Déjame ver —pidió, extendiendo la mano hacia el dobladillo de mi pantalón con una torpeza inédita en él.
Sus dedos temblaron ligeramente al rozar la tela cerca de mi tobillo
—Elena, esto necesita que lo revise un médico de verdad. Pudiste haberte infectado... o algo peor.
—Dije que estoy bien —repetí, encogiéndome en el sofá para distanciarme.
Su mirada subió directo a la mía.
Había una tormenta contenida en sus ojos oscuros: pánico, remordimiento y una desesperación contenida que luchaba por no salir a la superficie.
Detrás de ese hombre controlador y distante, vi por un segundo al Dante que luchaba internamente contra los venenosos murmullos que Renata le había sembrado durante años.
Quería tocarme, quería sostener mi mano, pero la barrera invisible de sus propios malentendidos se lo impedía.
—No tienes idea de lo que siento al verte así —murmuró.
Su voz estaba ahogada en un hilo de vulnerabilidad que reprimió de inmediato, carraspeando.
—No, no lo sé —respondí con tono plano.
Dante suspiró.
—No debiste curarte tú sola. No tienes por qué pasar por esto...
Intentó acortar la distancia, extendiendo una mano hacia mi vientre.
—¿Y el bebé? —preguntó en un susurro tenso—. ¿El bebé está bien? ¿No le pasó nada en la caída?
Su pregunta me provocó una náusea helada.
Sabía que su preocupación no era por mi salud, sino por el "heredero" que él creía que yo estaba gestando para su retorcido plan.
Con suavidad pero con una firmeza absoluta, le aparté la mano de un golpe.
—El bebé está perfectamente —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. No tienes de qué preocuparte, señor Santorini. Mi hijo está a salvo.
Dante se quedó helado ante la frialdad de mis palabras y la forma en que lo llamé por su apellido.
El rechazo físico pareció golpearlo con la fuerza de un impacto real.
Se puso de pie bruscamente, apretando las manos en puños a sus costados mientras respiraba con dificultad.
—¿"Señor Santorini"? —repitió con amargura, pasando una mano por su cabello despeinado.
—¿Sí?
—Elena, ¿desde cuándo me hablas como si fuera un desconocido?
No respondí.
—Estás lastimada, y me estoy volviendo loco tratando de asegurarme de que tú y... de que ambos estén bien ¡Deja de empujarme!
Iba a seguir replicando, a exigir una explicación por mi actitud y a romper la muralla que yo había levantado entre los dos.
Pero el tono de su celular interrumpió tajantemente el ambiente.
Era un mensaje de Renata.
Al leerlo, la expresión de Dante cambió por completo a una de urgencia.
—Tengo que volver a la empresa, hay una emergencia con un inversionista —dijo, acomodándose la chaqueta con torpeza.
Echó una última mirada hacia mi pierna vendada, con los ojos cargados de una inquietud que no lograba ocultar del todo.
—Hablaremos de esto por la noche, Elena. Por favor... no te muevas de la casa. Llamaré a un médico para que venga a revisarte.
Nuevamente me quedé callada.
Lo vi marchar serena, sabiendo que el "inversionista" no era más que el fideicomiso de mi madre cerrándole el grifo financiero.
Lo que ni Dante ni yo imaginábamos en ese momento era que en la suite VIP del hospital, Renata no se estaba quedando de brazos cruzados.
Ella había notado la distracción de Dante esa mañana; había visto cómo él preguntaba repetidamente por mi estado de salud antes de salir de la clínica.
El miedo de perder el control sobre su marioneta millonaria la estaba carcomiendo.
—¿Preocupado por la bastarda? No lo voy a permitir —siseó Renata en la soledad de su habitación, marcando un número privado en su teléfono.
Solo bastaron dos pitidos.
—Escúchame bien. Quiero el trabajo para mañana en la tarde. Pero hay un cambio de planes: van a secuestrarme a mí también.
Al otro lado de la línea, la voz ronca de un mercenario contratado en el mercado negro escuchaba con atención.
—¿A las dos? —preguntó el hombre.
—Sí. Nos emboscarán cuando Elena salga de su cita médica. Nos llevarán al almacén del puerto viejo —ordenó Renata con una sonrisa desquiciada.
—Cuando llamen a Dante Santorini para pedir el rescate, le darán una sola opción: quieren el dinero pero solo para salvar a una de las dos.
—Entendido, señora Montero.
—Quiero ver si es capaz de elegir a su amante muerta de hambre antes que a su esposa legal y a su hijo varón.
Cortó la llamada, acariciando su vientre con devoción enfermiza.
Renata estaba jugando su última carta, segura de que Dante la elegiría a ella y destruiría psicológicamente a Elena para siempre.
No sabía que la humilde chica rural a la que planeaba encerrar en un almacén abandonado tenía a la mafia italiana Bellucci contando las horas para aterrizar y borrar a los Montero y a los Santorini del mapa.
