Capítulo 6 El dilema del verdugo
El olor dulzón y químico del cloroformo fue lo último que registré antes de que la oscuridad me tragara.
No alcancé a cruzar el estacionamiento subterráneo. Dos hombres corpulentos salieron de las sombras y me bloquearon el paso.
—¡Atrápenla! ¡Vamos!
Antes de que pudiera gritar, un pañuelo húmedo presionó mi boca con violencia.
Mis piernas flaquearon y fui arrastrada hacia el interior de una furgoneta negra que desapareció de inmediato en el tráfico de la ciudad.
Cuando abrí los ojos, el dolor punzante en mi rodilla herida me devolvió la cordura de golpe.
—Recibiremos una gran suma —murmuró una voz masculina cerca de mí.
Me encontraba sentada en el suelo de concreto de un almacén abandonado, con las muñecas atadas firmemente a una columna de hierro a mis espaldas.
El aire era frío y olía a óxido y agua estancada.
En lugar de entrar en pánico, respiré hondo y mantuve la mirada fija en el suelo, evaluando los daños.
Mi vientre no dolía; la caída en la furgoneta no había sido tan brusca. Mi bebé seguía a salvo.
Una calma gélida, la misma que mi madre decía que heredé del linaje Bellucci, se apoderó de mis venas.
Esa misma mañana, mi abuelo había insistido en adelantar el vuelo de su jet privado.
«Siento un mal presentimiento en el pecho, bambina. Déjame enviar a mis hombres hoy mismo», me había dicho con su voz ronca.
Yo le había respondido con una sonrisa triste:
«Solo faltan tres días, abuelo. Estoy bien. Pero conociendo a Renata, sé que no se quedará quieta».
No me había equivocado.
Las víboras siempre mueren por su propio veneno, y Renata acababa de morder el anzuelo de mi indiferencia.
A unos metros de mí, atada a otra columna, Renata comenzó a removerse, fingiendo despertar.
En cuanto abrió los ojos, un grito ensordecedor y teatral llenó el almacén.
—¡Por favor, no me hagan daño! ¡Tengan piedad! —chilló, sacudiendo sus cadenas—. ¡Estoy embarazada! ¡Les pagaré lo que quieran!
Uno de los secuestradores, un tipo horrible con una cicatriz, caminó hacia ella y le propinó una bofetada limpia que la hizo callar.
Aunque Renata lloriqueaba con el rostro vuelto hacia el suelo, alcancé a notar el destello de satisfacción en sus ojos cuando el hombre sacó un teléfono celular de su bolsillo.
La función principal estaba por comenzar.
El secuestrador marcó un número y activó el altavoz. Al segundo tono, la voz tensa e impaciente de Dante Santorini retumbó en las paredes de concreto.
—¿Quién habla? Estoy en una reunión importante, vayan al grano.
—Señor Santorini —habló el captor con una voz distorsionada por un modulador—. Tenemos un pequeño problema. Su hermosa esposa, Elena, y su encantadora cuñada, Renata, están bajo nuestra custodia en este momento.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.
Pude imaginarlo poniéndose de pie en su oficina VIP, con el rostro desencajado.
—¿De qué demonios hablan? Esto es una broma de pésimo gusto —escupió Dante, tratando de sonar dominante—. Si tocan a mi esposa…
—¡Dante! ¡Dante, por favor, sálvame!
Renata soltó un alarido histérico que goteaba desesperación.
—¡Renata!
—¡Tienen armas! ¡Me duele mucho el vientre, Dante! ¡Recuerda lo que me dijo el doctor ayer, no puedo perder a mi bebé por nada en este mundo! ¡No nos dejes morir!
Renata no dijo textualmente que el bebé era de Dante, pero la implicación fue lo suficientemente clara y destructiva.
Ella quería dejar en evidencia, frente a los captores y frente a mí, que ella era la dueña absoluta de su lealtad.
—¡Renata! ¡Cálmate, voy a sacarte de ahí!
La voz de Dante se quebró por completo, revelando un pánico genuino que jamás había mostrado por mí.
—Escúchenme bien, malditos desgraciados. Les daré la cantidad de dinero que pidan. Millones, si quieren. Solo pongan una cifra.
El secuestrador soltó una carcajada seca y áspera, siguiendo el guion que la propia Renata le había pagado para ejecutar.
—El dinero no es solo el problema, Santorini. Así que vamos a jugar a un juego.
—¿Qué quieren?
—Tienes exactamente diez minutos para transferir diez millones y decirnos a cuál de las dos debemos soltar. A la otra... bueno, considera que pasará a mejor vida.
—¡Bastardos!
—¿A quién eliges, Santorini? ¿A tu esposa o a tu querida cuñada?
El silencio que siguió a esa pregunta fue la estocada final que mi moribundo matrimonio necesitaba.
Dante Santorini, el implacable CEO del imperio Santorini que siempre tenía una respuesta para todo, se quedó mudo.
Dudó. Sabía que yo era su esposa ante la ley, la mujer a la que le había jurado protección a su madre agonizante.
Pero Renata cargaba al hijo varón que él tanto anhelaba, la mujer por la que había montado toda esta farsa de tres años.
Al notar la vacilación de Dante, Renata se desesperó de verdad.
Su actuación histérica se transformó en una furia real al ver que él no la elegía de inmediato.
—¡Dante! ¡¿Qué carajos estás pensando?! —gritó, con las venas del cuello marcadas—. ¡Elige ya, maldita sea!
Yo no emití un solo sonido.
Permanecí oculta en las sombras de mi columna, mirando la escena con una indiferencia que descolocó al secuestrador.
No tenía intenciones de rogar por mi vida a un verdugo que ya me había sentenciado a abortar casi veinte veces en el pasado.
No tenía esperanza alguna de que Dante se decidiera por mí, y tampoco me importaba.
Fue en ese preciso instante de máxima tensión cuando el interior de mi propio bolso, arrojado a unos metros de mí en el suelo, comenzó a vibrar con insistencia.
El secuestrador frunció el ceño y caminó hacia el bolso. Metió la mano y sacó mi teléfono.
En la pantalla iluminada, un nombre brillaba en letras mayúsculas con un sello digital de alta seguridad: DON MATTEO BELLUCCI.
El captor miró el nombre y luego me miró a mí, desconcertado.
Dante, a través del altavoz del otro teléfono, pareció escuchar el eco del timbre y se percató de que algo andaba mal.
—¿Elena? ¿Elena, estás ahí? ¡Habla, maldita sea! —exclamó, con una urgencia repentina en la voz—. ¿Quién está llamando a tu teléfono?
El secuestrador, picado por la curiosidad de ver un nombre tan imponente, deslizó la pantalla de mi celular y activó el altavoz antes de acercarlo a mi rostro.
En cuanto la línea se abrió, la atmósfera del almacén abandonado cambió drásticamente.
Ya no se sentía rancia ni fría; se sentía peligrosa.
—¿Elena?
La voz de Don Matteo Bellucci no llegó con pánico, sino con una serenidad autoritaria que congeló la sangre de todos los presentes.
—Abuelo.
—Mi jet acaba de aterrizar de emergencia. Dime, bambina... ¿Tengo ya que empezar a colgar cabezas en las picas?
El secuestrador dio un paso atrás por instinto, dejando caer el teléfono al suelo.
Dante, al escuchar el nombre Bellucci y la amenaza implícita a través del altavoz secundario, soltó un jadeo ahogado en el receptor.
El juego de Renata acababa de salirse por completo de control.
El verdadero monstruo de la historia no estaba en ese almacén... acababa de aterrizar en la ciudad.
