Capítulo 7 El rugido del León de Italia
El estruendo fue ensordecedor.
Las pesadas puertas metálicas del almacén abandonado salieron volando de sus bisagras, estrellándose contra el suelo de concreto en medio de una nube de polvo y chispas.
Los secuestradores ni siquiera tuvieron tiempo de levantar sus armas.
Pocos minutos después, el rugido de tres camionetas blindadas negras rompió el silencio sepulcral del puerto viejo.
La entrada fue tomada en segundos por una docena de hombres con trajes oscuros impecables y rifles de asalto automáticos.
Los captores, que hasta hacía un momento se creían dueños del lugar, arrojaron sus armas y cayeron de rodillas con las manos sobre la cabeza.
Por el pasillo central, avanzaba un anciano de cabello cano impecable, traje italiano de tres piezas y un bastón con empuñadura de plata pura.
Don Matteo Bellucci se detuvo en seco al verme.
Yo estaba con el rostro pálido, el cabello revuelto y el pantalón empapado en esa sangre que amenazaba la vida de mi último milagro.
Por un instante, la compostura de hierro del gran mafioso de Europa se fracturó.
El dolor cruzó sus ojos grises antes de transformarse en una furia hirviente que hizo que los escoltas detrás de él dieran un paso atrás de puro instinto.
Los secuestradores temblaban en el suelo; sabían perfectamente quién era el hombre del bastón.
—Mírate... —dijo Don Matteo, acercándose a mí a paso firme.
Uno de sus hombres cortó mis sogas con una navaja. Mi abuelo me tomó el rostro con sus manos arrugadas pero firmes.
—Miren lo que le hicieron a la hija de mi Victoria.
—Abuelo... —susurré, sintiendo por primera vez en tres años un refugio verdadero.
A unos metros, Renata comenzó a jadear de terror al comprender que su falso secuestro se había convertido en una verdadera ratonera.
—¡Señor! ¡Por favor, sálveme a mí también! ¡Soy la hermana de Elena!
Don Matteo Bellucci ni siquiera giró la cabeza. La ignoró por completo, como si fuera una molesta rata arrastrándose en un basurero húmedo.
Para el León de Italia, la dinastía Montero Santamarina no era más que una plaga insignificante.
Uno de los secuestradores intentó arrastrarse hacia la salida trasera. Mi abuelo hizo un pequeño chasquido con los dedos de su mano izquierda.
Dos de sus ejecutores cayeron sobre el prófugo de inmediato.
El sonido de los huesos rompiéndose y los gritos de agonía resonaron con una crudeza brutal en el almacén, silenciando los lloriqueos de Renata.
—Destruiste tu vida y tu salud por un gusano, Elena —dijo Don Matteo, apretando la empuñadura de su bastón contra el suelo.
—Soportaste la humillación de esos muertos de hambre porque creíste que estabas sola. Pero el juego se acabó. Ahora déjame recordarte quién eres realmente.
Mi abuelo hizo una señal y su médico privado entró inmediatamente con un maletín.
Se arrodilló frente a mí para revisar mi vientre y detener el sangrado de mi pierna.
—Haz que la atiendan —ordenó el anciano a su asistente personal—. Que recojan sus cosas reales de la villa y preparen el jet privado.
Sus ojos se endurecieron.
—En dos horas, la familia Montero Santamarina y el apellido Santorini van a aprender lo que significa desatar una guerra con la casa matriz de Italia.
POV DANTE
El auto chirrió violentamente cuando frené en seco frente al almacén del puerto viejo.
Mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza salvaje.
Mis hombres habían rastreado la señal de la llamada de los secuestradores hasta este cuadrante.
Tenía la mente hecha un caos absoluto. ¿Renata? ¿Elena? El dilema me estaba carcomiendo las entrañas.
Se suponía que Elena era una mujer sencilla, una chica rural supuestamente indefensa.
En realidad era una mujer trepadora que había hecho imposible la vida de Renata.
Pero esa voz... la voz de ese anciano que se había filtrado por el altavoz de Elena maldiciendo mi apellido me había dejado helado.
Bellucci. El clan más sanguinario del norte de Italia.
Empujé la puerta del auto, saqué mi arma de la guantera y corrí hacia la entrada destruida del almacén.
Pero lo que vi al cruzar el umbral me hizo detener en seco, haciendo que mi pistola resbalara de mis dedos y se estrellara contra el suelo.
El almacén estaba rodeado por militares privados.
En el centro, los hombres que habían osado amenazar a mi empresa yacían desfigurados a golpes en el suelo, sollozando como niños.
Y en medio de todo ese despliegue de poder destructivo, estaba ella.
Elena.
Mi esposa amorosa y sumisa. La mujer que preparaba mi café por las mañanas y soportaba mis desplantes en silencio.
Estaba de pie, rodeada por médicos y guardaespaldas que la trataban con una reverencia casi divina.
A su lado, un anciano imponente con un bastón de plata la sostenía del hombro.
La miraba como a una reina.
Mi mente colapsó. Ella no era una bastarda muerta de hambre. Era la heredera directa de la casa matriz de la mafia italiana.
—¿E-Elena? —mi voz salió como un hilo roto en la inmensidad del almacén.
Al escucharme, todos los hombres de trajes oscuros llevaron sus manos a las fundas de sus armas en un movimiento sincronizado.
El aire se volvió letal. Elena giró el rostro despacio.
Sus ojos, antes llenos de devoción incondicional por mí, ahora eran dos témpanos de hielo gris.
No había rastro de la chica que lloraba en mi pecho y me amaba con locura.
Traté de dar un paso hacia ella, con el pánico arañándome la garganta al ver la mancha de sangre en su pantalón.
—Elena, por Dios... Estás herida. Déjame ayudarte, yo... yo vine a salvarte... —hablé desesperado, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
Renata, desde su columna, me vio y gritó histérica:
—¡Dante, mátalos! ¡Dante, sálvame a mí!
Elena miró a Renata y luego fijó sus ojos en mí.
Una sonrisa gélida, desprovista de cualquier rastro de humanidad, se dibujó en sus labios.
—No te gastes, Dante Santorini —dijo, usando mi primer nombre con un desprecio que me caló hasta los huesos.
—¿E-Elena? —balbuceé.
—Ya no tienes que fingir más. El matrimonio falso se terminó. Puedes quedarte con tu mansión, con tus mentiras y con tu querida Renata. Son tal para cual.
—¡No! ¡Elena, escúchame! —el pánico absoluto se apoderó de mi cuerpo.
Por primera vez en mi vida, sentí verdadero miedo.
Intenté avanzar, pero el anciano del bastón dio un paso al frente, bloqueándome el camino con una mirada que prometía la muerte.
No me importó.
—¡Elena, estás embarazada de mi hijo! ¡No puedes irte así!
Elena se detuvo justo antes de subir a la camioneta blindada de la mafia.
Se giró una última vez, acariciando su vientre con una elegancia que me destrozó el alma.
—Este bebé es un Bellucci, Dante. Y tú... tú solo eres el error más grande de mi vida.
—No… No, Elena.
Sentía una angustia aplastante en mi pecho al verla alejarse de mí. Sus palabras eran imposibles.
—Disfruta de tus últimas horas de libertad. Mi abuelo tiene una deuda que cobrarte.
La puerta de la camioneta se cerró con un golpe seco, dejándome de rodillas en el concreto, viendo cómo el imperio que creía controlar se desmoronaba en un segundo.
