Capítulo 1 El diablo lleva esmoquin.
El salón de baile del Hotel Plaza brillaba tanto que a Mariana le dolían los ojos. O quizás era el precio de las lámparas de araña lo que la mareaba.
Se ajustó el tirante de su vestido azul oscuro, una imitación barata que había comprado en rebajas, y se escondió detrás de una columna de mármol. Se sentía como una intrusa en un planeta de diamantes y cirugías plásticas. Miró el reloj de su teléfono por décima vez. 22:15.
Habían pasado cuarenta y cinco minutos y su novio no había llegado.
"Lo siento mi amor no puedo ir" le había escrito él.
Ella no esperó más y lo llamó.
—¿Por qué no puedes venir? Te dije claramente antes de salir que me avisaras. Que no me hicieras venir si no ibas a estar presente.
—Lo siento Mariana, pero es que sabes bien que no me gustan las multitudes.
—Eso lo entiendo perfectamente, lo que no entiendo, es que te lo dije antes y me juraste que no había problema que viniera, ¿y ahora me dejas aquí varada, con un montón de desconocidos?
Se quedó esperando respuesta, pero él se mantuvo en silencio.
—¿Sabes? Creo que esta relación, no va a llegar a ningún lado, deberíamos dejarla hasta aquí.
Y con esas palabras cortó la llamada. Estaba molesta, porque ella había dejado compromisos a un lado para acompañarlo y él no tuvo la decencia de avisarle que no iría.
Se sintió indignada, molesta, decepcionada, abandonada, humillada entre tanta gente rica que la miraba por encima del hombro, y como cucaracha en baile de gallina.
Pidió un whisky. Luego otro. Nunca bebía, pero esa noche quería dejar de sentir. No sabía cuánto había bebido, solo que ya se sentía un poco mareada y entonces apareció Él.
Ese desconocido del esmoquin. Ojos grises. Una voz que prometía destruir sus problemas.
—¿Bebes para olvidar o para celebrar? —le preguntó él.
La voz sonó a su lado. Grave. Profunda. Una vibración masculina que le recorrió la columna vertebral antes de que pudiera siquiera girarse. Mariana miró al dueño de la voz. Y el aire se le quedó atascado en la garganta.
El hombre era... devastador. Alto, superando el metro noventa. Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que se ajustaba a unos hombros anchos y poderosos.
Tenía el cabello oscuro, peinado hacia atrás, con un descuido elegante, y una barba de tres días que le daba un aire peligroso, casi salvaje, en medio de tanta etiqueta. Pero fueron sus ojos los que la atraparon. Grises. Fríos como el acero, pero ardiendo con una inteligencia feroz.
El hombre notó su mirada. Se giró lentamente, apoyando un codo en la barra, invadiendo el espacio personal de Mariana con una naturalidad arrogante.
—Para no pensar —respondió ella.
—Entonces deja que yo piense por ti. Te invito otro whisky.
Ella asintió y él le pidió al Bartender las bebidas, luego dirigió su atención a ella.
—¿Y qué hace una mujer como tú, escondida detrás de una columna, en la boca del lobo?
—Esperaba a mi novio, pero al parecer ya no va a venir, me dejó embarcada sin explicaciones —respondió ella.
—Tu novio es un idiota —sentenció él con calma.
Mariana parpadeó, ofendida pero intrigada.
—No lo conoces.
—No necesito conocerlo. Si yo tuviera a una mujer con esos ojos, esperándome...
Bajó la mirada a los labios de ella, y Mariana sintió que las rodillas le fallaban.
El calor le subió por el cuello. Ese hombre era un depredador. Lo emanaba.
—Quizás él tiene una buena excusa —defendió ella, débilmente.
El desconocido dio un paso más cerca. Ahora podía olerlo. Sándalo, tabaco caro y una nota de peligro.
—Las excusas son para los hombres débiles, Mariana. Los hombres de verdad toman lo que quieren.
Él extendió la mano y, con un atrevimiento que la dejó helada, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Sus dedos rozaron la piel sensible de su cuello.
Fue como un chispazo eléctrico. Mariana dejó de respirar. Su cuerpo reaccionó con una traición absoluta: se inclinó hacia él. Estaban en medio de trescientas personas, pero se sentía como si estuvieran solos en una habitación oscura.
—¿Quién es usted? —susurró ella, temblando.
El hombre sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un lobo que ha encontrado un conejo interesante. Se inclinó hacia ella, sus labios rozando casi su oreja.
—Alguien que está pensando muy seriamente en robarte, ya que el idiota del novio tuyo no te cuida.
Sin dar ninguna explicación la tomó de la nuca y la besó
Sus labios fueron una declaración de guerra. No fue un beso de exploración, sino de conquista. Firme, decidido, experto. La boca de Mariana se abrió bajo la suya con un gemido ahogado que fue devorado por él.
El sabor a whisky y peligro la inundó, y el mundo la gala, Nico, su humillación, se desvaneció en una bruma irrelevante.
Él no se apresuró. Tomó su tiempo, saboreándola, midiendo cada una de sus respuestas. Una mano anclada en su nuca, la otra descendiendo por la curva de su espalda hasta posarse, con una firmeza posesiva, en la base de su columna.
La atrajo contra su cuerpo y Mariana sintió, a través de las finas capas de tela, la evidencia dura e innegable de su deseo. Un estremecimiento, húmedo y culpable, le recorrió el vientre.
Cuando finalmente separó sus labios, ambos jadeaban. Sus ojos grises, ahora oscuros como una tormenta, escrutaron su rostro, buscando y encontrando la rendición que ella aún no verbalizaba.
—No debería… —logró balbucear ella, pero sus manos, traicioneras, ya se aferraban a los impecables faldones de su esmoquin.
—Lo único que no deberías hacer es mentirte a ti misma —susurró él, su aliento caliente en sus labios hinchados. —¿Quieres que pare?
Esa pregunta, esa única concesión a su supuesta moralidad, fue lo que rompió el último dique. Porque no, no quería que parara. Quería olvidar. Quería arder. Quería que este desconocido, con sus ojos de lobo y sus manos que prometían dominio, borrara toda huella de otra persona.
En respuesta, Mariana se elevó sobre las puntas de sus pies y le mordió el labio inferior. Un gesto feroz, desafiante. Un "sí" salvaje.
Un gruñido gutural salió del pecho del hombre. La victoria brilló en su mirada.
—Bien —fue todo lo que dijo.
