Capítulo 2 Daemón.
Sin más preámbulos, tomó su mano y la condujo fuera del salón principal, ignorando por completo las miradas curiosas.
Caminaron por pasillos alfombrados, subieron en un ascensor privado revestido de espejos donde él la inmovilizó contra la pared, besándola de nuevo con una urgencia que le hizo ver estrellas.
Mariana solo atinaba a enredar los dedos en su cabello, deshaciendo su elegante peinado.
La suite era un reflejo de él: vasta, imponente, con una vista panorámica de la ciudad iluminada. Pero no tuvieron tiempo de admirarla.
La puerta apenas se cerró cuando él la giró y la apoyó contra ella. Sus manos, grandes y hábiles, encontraron el cierre de su vestido barato. Un tirón seco y la tela cedió, deslizándose por su cuerpo hasta formar un charco a sus pies.
El aire frío de la habitación rozó su piel desnuda, pero su calor era mayor. Él se detuvo un momento, solo para mirarla.
Su mirada gris recorrió cada centímetro de su cuerpo, desde los hombros temblorosos hasta los pechos, elevándose con su respiración agitada, la cintura estrecha, las caderas. Era una mirada que no solo veía, sino que reclamaba.
—Dios… —masculló, y en esa palabra hubo algo parecido a la veneración, un contraste brutal con la lujuria desatada.
Mariana, embriagada por el deseo y el valor que le daba el whisky, le alcanzó la corbata y tiró de ella, deshaciéndole el nudo.
Luego, los botones de la camisa. Sus dedos tropezaban, pero él la dejó hacer, una sonrisa sardónica en sus labios, hasta que su torso quedó al descubierto.
La respiración de Mariana se cortó. Era esculpido, poderoso, marcado por esa cicatriz antigua que sus dedos recorrieron por primera vez, sintiendo la piel áspera bajo sus yemas.
Ese contacto lo hizo estremecer. Capturó su mano y la llevó a sus labios, besando su palma con una intensidad que le quemó el alma.
—En la cama. Ahora —ordenó, su voz ronca por la necesidad.
No fue un ruego. Fue un comando. Y Mariana, que siempre había seguido las reglas, descubrió que anhelaba romperlas todas con él.
La llevó en brazos, sin esfuerzo, hasta el lecho de sábanas negras. No hubo más ternura. Lo que siguió fue un torbellino de sensaciones.
Sus manos y su boca estaban en todas partes: en la curva de su cuello, succionando una marca que sabría a pertenencia al día siguiente; en sus pechos, haciendo que se arqueara fuera de sí; descendiendo por su abdomen hasta el lugar donde todo su ser se anudaba en un deseo agonizante.
Cuando su boca la encontró allí, Mariana gritó, ahogando el sonido en el lujoso almohadón. Nunca… nunca había sentido algo así.
Una ola de placer puro y crudo la sacudió, construyéndose con una rapidez aterradora.
Él la sostuvo, la guio, la llevó al borde y la hizo saltar con una lengua implacable y dedos expertos. Su orgasmo fue violento, un terremoto que la partió en dos, dejándola temblorosa y vulnerable.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, él estaba sobre ella. Sus cuerpos, ahora desnudos por completo, se alinearon. Lo sintió, grande y duro, presionando contra su entrada. Sus ojos grises la atraparon, manteniendo su mirada.
—Mírame —gruñó, y era una orden, un hechizo. —Quiero ver en tus ojos el momento en que dejes de pensar en él.
Y entonces, empujó. Una invasión total, un dolor punzante que se transformó al instante en una plenitud abrumadora. Mariana gritó, enredando las piernas alrededor de sus caderas, clavando las uñas en su espalda.
Él comenzó a moverse con un ritmo implacable, cada embestida, una promesa y un castigo. Cada empuje la alejaba más de Nico, de su vida ordenada, de la mujer que creía ser.
Era áspero y dulce, tierno y salvaje. La cambiaba de posición con una fuerza bruta, tomándola por detrás mientras ella se apoyaba en las manos contra los ventanales, viendo su reflejo de pecado sobre la ciudad dormida.
Luego, de nuevo frente a frente, sus miradas enlazadas mientras el calor y la tensión se acumulaban en su interior como una tormenta.
—Di mi nombre —jadeó él contra su boca.
—¡No lo sé! —gimió ella, perdida.
Él sonrió, un destello feroz.
—Llámame.
—¡Daemon!
Esa fue la chispa. Su nombre en sus labios pareció desatar algo en él. Su ritmo se volvió caótico, profundo, posesivo.
Mariana sintió que el mundo estallaba en blanco cuando un segundo, más intenso orgasmo la arrasó. Él la siguió al instante, con un rugido ahogado que era pura animalidad, derramándose dentro de ella en oleadas ardientes.
El silencio que siguió fue roto solo por sus jadeos entrecortados. El peso de él sobre ella era un ancla a una realidad nueva y aterradora. Daemon rodó a un lado, llevándola consigo, manteniéndola abrazada contra su pecho sudoroso. Sin una palabra, arropó a ambos con las sábanas de seda.
Y ahí, en la oscuridad de una habitación desconocida, en los brazos de un extraño, Mariana se durmió con el sabor a pecado en la boca y el calor de la perdición, envolviendo su cuerpo.
