Capítulo 3 De una en un millón.

Lo primero que sintió Mariana fue el dolor de cabeza. Un martillazo constante detrás de los ojos.

Lo segundo que sintió fue el brazo pesado y caliente que la rodeaba por la cintura.

Mariana abrió los ojos de golpe.

No estaba en su pequeño apartamento. Estaba en una habitación inmensa, con ventanales de piso a techo que mostraban la ciudad bajo la lluvia gris. Las sábanas eran de seda negra, y debajo de ella estaba desnuda.

Y el hombre que dormía a su lado no era Nico. El pánico la golpeó como un balde de agua helada.

Giró la cabeza lentamente, con el corazón en la garganta.

El hombre dormía boca abajo, con el rostro medio enterrado en la almohada. Tenía la espalda ancha, musculosa, marcada por una vieja cicatriz en el omóplato. El cabello oscuro y revuelto le caía sobre la frente.

Era mayor que ella, pero emanaba una masculinidad agresiva, incluso dormido.

Mariana se tapó la boca para ahogar un grito.

Los recuerdos de la noche anterior la golpearon en flashes borrosos y vergonzosos.

—¡No puede ser! ¡¿Qué hice?! —exclamó tratando de moverse mientras el dolor de cabeza se agudizaba.

Mariana sintió náuseas.

Se deslizó fuera de la cama con cuidado, temblando. Buscó su ropa esparcida por el suelo. Se vistió a toda velocidad, con las manos torpes, sin dejar de mirar al desconocido.

Si él despertaba... se moriría de vergüenza.

Agarró sus zapatos de tacón en la mano y corrió hacia la puerta.

Antes de salir, echó una última mirada.

El hombre se movió en sueños, murmurando algo en un idioma áspero, quizás ruso.

Mariana cerró la puerta y corrió hacia el ascensor, rogando no volver a ver a ese hombre nunca más en su vida.

Dos horas después.

Mariana estaba bajo la ducha, frotándose la piel hasta dejarla roja, intentando borrar el olor a sándalo y pecado que traía impregnado.

Lloraba en silencio.

Había traicionado a Nico. Aunque habían discutido, él no era malo. Era un muchacho   frágil y bueno.

—Fue un error. Fue el alcohol —se repetía—. Nunca se va a enterar. Ese hombre es un extraño. Fue cosa de una noche.

Salió de la ducha, se puso unos jeans y un suéter de cuello alto; necesitaba sentirse cubierta y se preparó un café cargado.

Su teléfono sonó. Era Nico.

Mariana dudó, pero contestó.

—¿Hola?

—¡Amor! —La voz de Nico sonaba angustiada—. ¿Ya no estás brava conmigo? Por favor, perdóname por lo de anoche. Tuve una crisis horrible, no podía respirar... te juro que intenté llegar, pero no pude. Dime que no es verdad lo que me dijiste anoche.

La culpa aplastó a Mariana. Mientras Nico estaba en una crisis, ella estaba en la cama de otro.

—Nico... yo... todo está bien. No te preocupes.

—Me siento terrible. Quiero compensarte. Mi papá regresó de su viaje de negocios y quiere conocerte hoy. Nos invitó a almorzar a la mansión.

Mariana sintió un nudo en el estómago. Lo último que quería era ir a un almuerzo familiar, pero no podía decirle que no. Se lo debía.

—Está bien, Nico. Vamos.

Mansión Rostov.

La casa era imponente. Un castillo moderno de piedra y cristal.

Nico la esperaba en la entrada, pálido y ojeroso. La abrazó con fuerza.

—Gracias por venir, bonita. Estaba aterrado de que me odiaras por dejarte sola.

Mariana forzó una sonrisa, tragándose su propia bilis.

—Nunca podría odiarte, Nico.

—Ven, mi papá está en el despacho. Dice que odia la impuntualidad, así que mejor entramos ya.

Nico la tomó de la mano. Su palma estaba húmeda.

Caminaron por un pasillo largo, decorado con obras de arte que parecían gritar dinero.

Llegaron a una puerta doble de caoba. Nico tocó dos veces.

—Adelante.

La voz.

Mariana se detuvo en seco.

Conocía esa voz. Grave. Rasposa. La voz que anoche le había susurrado cosas sucias al oído mientras le quitaba el vestido.

“No puede ser”, pensó. “Las probabilidades son de una en un millón”.

Nico abrió la puerta y tiró de ella suavemente.

—Papá, te presento a Mariana.

Entraron.

El despacho olía a cuero y... a sándalo. El mismo olor que tenía ella en la piel hace unas horas.

Detrás de un escritorio inmenso, un hombre se puso de pie.

Llevaba un traje gris impecable, pero su cabello oscuro todavía estaba un poco húmedo, como si acabara de ducharse.

Se giró hacia ellos.

Mariana sintió que el alma se le caía a los pies.

Eran esos ojos. Grises. Fríos como el hielo del Ártico.

El desconocido del hotel.

El hombre con el que se había acostado.

Damián Rostov.

Damián, que estaba sonriendo de forma protocolaria a su hijo, se congeló al ver a la chica.

Su mirada bajó a los labios de ella que él había mordido horas antes y luego a sus ojos aterrorizados.

El reconocimiento fue instantáneo. Y brutal.

—Mariana... —dijo Nico, ajeno a la bomba nuclear que acababa de estallar en la habitación—. Él es mi padre, Damián.

Damián no dijo nada por cinco segundos eternos.

Miró a su hijo, que sostenía la mano de la mujer que había gemido su nombre al amanecer.

Una sombra oscura cruzó el rostro del magnate. No era vergüenza. Era ira. Y una posesividad tóxica.

Damián rodeó el escritorio y caminó hacia ellos. Cada paso resonaba como un tambor de guerra.

Extendió la mano hacia Mariana.

Ella temblaba tanto que pensó que se desmayaría. Tuvo que soltar a Nico para estrechar la mano de su padre.

Al tocarse, la electricidad fue tan fuerte que casi dolió.

—Un placer, Mariana —dijo Damián. Su tono era suave, pero sus ojos le prometían el infierno—. Nicolás me ha hablado mucho de ti. Aunque... tengo la extraña sensación de que ya nos conocemos.

Mariana quiso retirar la mano, pero Damián la apretó un segundo más de lo necesario. Un apretón que decía: “Eres mía”.

—No... no lo creo, señor —susurró ella, al borde del llanto.

Damián sonrió. Una sonrisa de tiburón.

—Qué lástima. Porque suelo tener muy buena memoria para las caras... y para los errores.

Soltó su mano y miró a su hijo.

—Siéntense —ordenó, volviendo a ser el patriarca frío—. Tenemos mucho de qué hablar. Sobre todo, de lealtad.

Mariana se sentó en la silla, sintiendo que acababa de firmar su sentencia de muerte.

Se había acostado con el padre de su novio.

Y por la forma en que Damián la miraba, él no tenía ninguna intención de olvidarlo.

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