Capítulo 4 Intimidada.

El comedor de la mansión Rostov no estaba diseñado para comer; estaba diseñado para intimidar.

Era una sala cavernosa, revestida de paneles de madera oscura que parecían absorber la luz del día.

Una lámpara de araña de cristal de Bohemia pendía sobre la mesa, una superficie de caoba pulida tan larga que podría haber servido como pista de aterrizaje.

En las paredes, retratos de antepasados rusos miraban hacia abajo con expresiones severas, como si juzgaran la valía de cualquiera que se atreviera a usar su platería.

Mariana se sentía minúscula. Y sucia. Se había duchado dos veces esa mañana, frotándose la piel hasta dejarla roja, pero aún podía sentir el rastro fantasma de las manos de Damián sobre su cuerpo.

El olor a sándalo y pecado seguía allí, incrustado en su memoria olfativa, burlándose de ella mientras se sentaba a la mesa frente al hombre con el que había traicionado al amor de su vida.

—El almuerzo está servido —anunció un mayordomo de uniforme impecable, rompiendo el silencio sepulcral.

Nico, sentado a su derecha, le apretó la mano por debajo del mantel de lino blanco. Su palma estaba sudorosa, pero su sonrisa era radiante, llena de esa inocencia ciega que a Mariana le partía el corazón en dos.

—Tranquila —le susurró él—. Papá impone al principio, pero ya verás que se llevarán bien. Él valora mucho la honestidad.

Mariana tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada histérica. Honestidad. Si Nico supiera la verdad, esa mesa ardería.

Damián Rostov presidía la cabecera. Se había quitado la chaqueta del traje, quedando en un chaleco gris que se ajustaba a su torso ancho y musculoso.

Se había arremangado la camisa hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes, cubiertos de vello claro y venas marcadas. Las mismas manos, que horas antes la habían sujetado contra el ventanal de un hotel, ahora cortaban un trozo de carne con una precisión quirúrgica y letal.

No la había mirado directamente desde que se sentaron. O eso parecía. Pero Mariana sentía su atención periférica clavada en ella como un láser. Era la calma del depredador que ya tiene a la presa en la trampa y no tiene prisa por devorarla.

—¿Vino, Mariana? —La voz de Damián rompió el aire. Era grave, vibrante, y resonó en el pecho de ella provocando un escalofrío involuntario.

Mariana dio un respingo. Damián sostenía una botella de tinto añejo, inclinándola hacia su copa.

—No, gracias —se apresuró a decir, tapando el cristal con la mano—. Yo... prefiero agua.

Damián detuvo el movimiento. Sus ojos grises, fríos como el invierno en Moscú, se alzaron para encontrarse con los de ella. Había una burla cruel bailando en sus pupilas.

—¿Agua? —repitió él, arqueando una ceja oscura—. Qué curioso. Tenía la impresión de que te gustaban los sabores más fuertes. Más... intensos.

El corazón de Mariana dio un vuelco doloroso.

—Casi no bebo alcohol, señor Rostov —pronunció con la voz temblorosa.

Damián sonrió. Fue una mueca lobuna, cargada de secretos.

—Vaya. Podría haber jurado que eras una mujer de whisky. Doble. Sin hielo. De esas que beben para olvidar... o para perderse.

Mariana sintió que la sangre huía de su rostro. Eran las mismas palabras que ella le había dicho en la barra del bar. Él estaba jugando con ella, desnudándola verbalmente frente a su hijo.

Nico soltó una risita nerviosa, ajeno a la tensión nuclear que electrificaba el ambiente.

—Te equivocas, papá. Mariana es supersana. Apenas prueba el alcohol. Es... es como un ángel.

Damián soltó una risa seca, sin humor, mientras se servía, vino a sí mismo. El líquido rojo oscuro cayó en la copa como sangre arterial.

—Un ángel —murmuró Damián, probando el vino—. Las apariencias engañan, Nicolás. A veces, los ángeles son los que mejor esconden sus demonios. O sus vicios.

—Ella no tiene vicios —defendió Nico, con adoración—. Es perfecta.

—Nadie es perfecto —sentenció Damián, clavando sus ojos en la boca de Mariana—. Todos tenemos un precio. O una debilidad. ¿Verdad, Mariana?

—Yo solo quiero hacer feliz a su hijo, señor —respondió ella, reuniendo un valor que no sentía.

Damián cortó otro pedazo de carne. El cuchillo chirrió contra la porcelana.

—Veremos —dijo—. El tiempo siempre saca la basura a flote.

El primer plato pasó en una tortura lenta. Cada vez que Mariana levantaba el tenedor, sentía la mirada de Damián recorriendo su escote, su cuello, sus labios. Era una violación silenciosa.

Él recordaba. Ella podía verlo en sus ojos: él estaba reproduciendo en su mente cada gemido, cada súplica de la noche anterior, superponiendo esas imágenes sucias sobre la estampa de niña buena que ella intentaba proyectar.

—Cuéntenme —dijo Damián de repente, limpiándose la boca con la servilleta de lino—. ¿Cómo se conocieron? Nicolás me dio la versión resumida, pero quiero los detalles. Me interesa saber cómo una mujer... con tu experiencia... se fijó en mi hijo.

El énfasis en tu experiencia fue sutil, pero Mariana lo sintió como una bofetada.

—Nos conocimos en la biblioteca de la universidad —se apresuró a contestar Nico, entusiasmado—. Se le cayeron unos libros y yo la ayudé. Fue como en las películas, papá. Amor a primera vista.

—¿Amor a primera vista? —Damián se reclinó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho poderoso—. Qué romántico. Y tú, Mariana... ¿Qué viste en él? ¿Su intelecto? ¿Su bondad? ¿O quizás te atrajo el apellido porque lo asociaste a una billetera ajustada?

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