Capítulo 40 Te obligaré a ser su antídoto.

Luego, con movimientos lentos y deliberados, la acomodó en el borde del lavabo. Se miraron. En los ojos grises de Damián ya no había tormenta, solo un mar en calma, profundo y sereno. Con una mano guiándose a sí mismo y la otra en la mejilla de Mariana, la unió a él.

Se introdujo en ella; la penetra...

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