Capítulo 42 Una prisión de cristal.

El sonido rítmico del monitor cardíaco era el único reloj que existía en esa habitación blanca. Bip... bip... bip. Cada pitido era un recordatorio de que Nicolás Rostov seguía vivo. Y cada silencio entre pitidos era el miedo a que dejara de estarlo.

Habían pasado tres días. Tres días de UCI, de tran...

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