Capítulo 5 Un atrevimiento.
—¡Papá! —exclamó Nico, ofendido.
—Es una pregunta válida —replicó Damián con frialdad—. El mundo está lleno de oportunistas, hijo. Mujeres que buscan un puerto seguro donde anclar sus... errores.
Mariana sintió las lágrimas picando en sus ojos.
—Me enamoré de su corazón, señor Rostov. Nico es noble. Es un hombre que no necesita lastimar a otros para sentirse poderoso.
Fue un golpe directo. Damián entrecerró los ojos. Por un segundo, Mariana pensó que la echaría de la casa. Pero en lugar de eso, la expresión de Damián cambió. La ira fría dio paso a algo más oscuro. Más caliente.
—Un hombre noble —repitió Damián, arrastrando las palabras—. Aburrido, dirían algunos. Seguro. Predecible.
—Leal —corrigió ella.
Nico sonrió, tomando la mano de Mariana sobre la mesa y besando sus nudillos.
—Es la mujer de mi vida, papá. De verdad lo siento. Estamos pensando en... bueno, quizás no ahora, pero en un futuro cercano... formalizar las cosas.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Formalizar?
—Sí. —Nico miró a Mariana con ojos brillantes—. Casarnos. Quiero que sea mi esposa.
El aire salió de la habitación. Mariana vio cómo la mandíbula de Damián se tensaba hasta que un músculo saltó en su mejilla. Sus ojos se oscurecieron, pasando del gris acero al negro tormenta.
—Casarse... —susurró Damián.
Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente suave.
—El matrimonio es un contrato sagrado, Nicolás. Exige exclusividad. Posesión total.
Fue entonces cuando sucedió.
Mariana sintió un peso caliente sobre su rodilla derecha. Se congeló, dejando de respirar. Bajo la pesada mesa de caoba, oculta por el mantel largo, la mano de Damián se había posado en su pierna.
No fue un accidente. No fue un roce casual. Fue una reivindicación. Su mano era grande, pesada, y el calor de su palma atravesó la tela fina de su vestido como un hierro al rojo vivo. Sus dedos se cerraron sobre su muslo con fuerza, clavándose en su carne en un gesto posesivo que la hizo jadear.
—¿Estás bien, amor? —preguntó Nico, notando su sobresalto.
Mariana miró a Damián con pánico absoluto. Él ni siquiera parpadeó. Sostenía su copa de vino con la mano izquierda, mientras la derecha, invisible para su hijo, comenzaba a moverse.
—El matrimonio no es para niñas que juegan a ser mujeres —dijo Damián, sin apartar la vista de Nico, mientras su pulgar trazaba círculos lentos y agonizantes sobre la cara interna del muslo de Mariana—. Requiere que te entregues por completo. En cuerpo y alma. ¿Estás seguro de que Mariana está lista para pertenecer a un solo hombre?
Mariana sintió que el mundo daba vueltas. La mano de Damián subió. Lenta. Deliberada. Sus dedos eran expertos. Eran los mismos dedos que horas antes la habían hecho gritar su nombre. Y su cuerpo, traicionero y estúpido, reaccionó.
Un escalofrío eléctrico le recorrió la columna, una mezcla nauseabunda de terror y deseo que la hizo apretar los muslos.
Pero Damián no se detuvo. Al sentir su resistencia, sonrió levemente y presionó más fuerte, separando sus piernas con una fuerza sutil, pero implacable. Sus dedos rozaron el borde de su ropa interior.
—Mariana es la persona más leal que conozco —dijo Nico, defendiéndola con pasión, ignorando que su padre estaba tocando a su novia a medio metro de distancia—. Ella nunca me mentiría.
Damián soltó una risa baja, vibrante.
—La lealtad es frágil, hijo —dijo, mientras sus dedos acariciaban la piel desnuda y sensible de la ingle de Mariana—. A veces, el instinto es más fuerte que la moral. ¿Verdad, Mariana?
—Nico es el único hombre en mi vida —dijo ella, con la voz temblorosa.
—¿Ah, sí? —La mano de Damián subió peligrosamente, rozando su centro—. Qué lástima. Porque a veces, uno prueba algo diferente y ya no quiere volver a lo... simple.
Ella estaba al borde del colapso. Tenía la boca seca, el corazón desbocado. Quería gritar, quería empujarlo, quería salir corriendo. Pero si se movía, si hacía una escena, Nico sabría todo. Damián la tenía atrapada. Él sabía que ella no diría nada. Y esa certeza le daba el poder para deslizar un dedo por debajo del encaje de su braga.
El placer y el horror estallaron en el vientre de Mariana. Fue demasiado. Su mano, que descansaba sobre la mesa, se sacudió por un espasmo involuntario y golpeó la copa de agua.
El cristal volcó. El agua helada se derramó sobre el mantel inmaculado y cayó sobre su regazo, empapando el vestido justo donde estaba la mano de Damián.
El estruendo del cristal rompiéndose contra el plato resonó como un disparo.
—¡Mariana! —gritó Nico, levantándose de un salto.
Debajo de la mesa, Damián retiró la mano con una lentitud exasperante, como si nada hubiera pasado. Mariana se puso de pie de golpe, tirando la silla hacia atrás. Estaba temblando de pies a cabeza, pálida como un fantasma.
—Lo siento... —balbuceó, con la voz rota—. Yo... soy muy torpe.
Nico corrió a su lado, intentando secarla con una servilleta.
—No te preocupes, bonita, es solo agua. ¿Te cortaste? Estás temblando...
—Tengo frío —mintió ella, abrazándose a sí misma para que Nico no viera cómo su cuerpo vibraba por el contacto de su padre.
Damián seguía sentado, impasible. Se llevó la copa de vino a los labios y bebió un sorbo largo, observando el caos con una satisfacción perversa. Sus ojos grises se encontraron con los de Mariana. No había arrepentimiento en ellos. Había una promesa: “Esto apenas empieza”.
—Parece que tu novia tiene los nervios de punta, Nicolás —dijo Damián con suavidad—. Deberías cuidarla mejor. O alguien más tendrá que encargarse de calmarla.
Mariana sintió que le faltaba el aire.
—Necesito ir al baño —susurró, desesperada, por escapar de ese comedor que se sentía como una jaula.
—Claro, amor. Al fondo del pasillo a la derecha —indicó Nico.
Mariana salió casi corriendo, dejando atrás a su novio preocupado y a su suegro, que sonreía con la boca manchada de vino, saboreando el miedo y el deseo que había dejado impresos en la piel de ella.
