Capítulo 3 Capítulo: La otra mujer volvió

Cuando Isabella salió del baño, llevaba una bata blanca alrededor del cuerpo y el cabello todavía húmedo.

Sonrió al ver al hombre llegar.

Luke levantó la mirada.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

Había imaginado tantas veces volver a verla que, ahora que finalmente estaba frente a él, la realidad no se parecía en absoluto a sus fantasías.

Se suponía que debía sentirse feliz.

Después de todo, Isabella era la mujer que había amado desde adolescente.

La mujer con la que había planeado casarse.

La mujer que había desaparecido de su vida el día de su boda.

Y, sin embargo, algo dentro de él no estaba en paz.

—¿Lo hiciste? —preguntó Isabella mientras se acercaba.

Luke frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

—¿Hablaste con Hannah?

Él guardó silencio unos segundos.

—Sí.

Los ojos de Isabella brillaron.

—¿Le pediste el divorcio?

Luke asintió.

—Sí.

Isabella soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.

—Entonces todo terminó.

Luke no respondió.

Terminó. Esa palabra debería haberle producido alivio.

Pero, en lugar de eso, en su mente apareció el rostro de Hannah.

Sus ojos llenos de lágrimas.

La forma en que había intentado sonreír mientras le decía que entendía su decisión.

Y después… Aquel beso.

Luke cerró los ojos un instante.

Todavía podía sentir los labios de Hannah contra los suyos.

Había sido un beso breve, desesperado y doloroso.

Él había respondido durante unos segundos.

No porque la amara.

O eso era lo que se repetía.

Lo había hecho porque no soportó verla destruida.

Porque Hannah había sido su esposa durante seis meses y, aunque nunca le había prometido amor, ella siempre había estado ahí.

—¿Estás bien? —preguntó Isabella.

Luke abrió los ojos.

—Sí.

—Hannah estará bien.

Isabella se sentó frente a él.

—Es joven, es hermosa y tiene dinero. No tardará en encontrar otro hombre.

Luke la miró.

No supo por qué aquellas palabras le provocaron una sensación desagradable.

Otro hombre.

La imagen de Hannah sonriendo junto a alguien más apareció en su mente.

Imaginó a otro hombre tomándola de la mano.

Abrazándola.Besándola.

Sintió una molestia inexplicable en el pecho.

Apartó la mirada.

—Hannah es fuerte. Se recuperará.

Isabella sonrió.

—Eso espero.

Pero Luke no se sintió mejor.

¿Por qué le molestaba tanto imaginar a Hannah con otro hombre?

Sacudió la cabeza. No tenía sentido. Él había tomado una decisión.

Amaba a Isabella.

Y Hannah merecía la oportunidad de encontrar a alguien que pudiera amarla como ella siempre había querido.

—¿Cuándo podremos casarnos? —preguntó Isabella.

Luke la miró sorprendido.

—¿Casarnos?

—Sí.

Ella tomó su mano.

—Esperé demasiado para volver a ti. No quiero perder más tiempo.

Luke retiró lentamente la mano.

—Primero tengo que finalizar el divorcio. Además, Hannah no sabe que has vuelto, pero después.

—¿Y después?

—Después veremos.

La sonrisa de Isabella desapareció.

—Luke…

—Es demasiado pronto.

—Para mí no.

Isabella bajó la mirada.

—Después de todo lo que ocurrió, ¿no crees que ya perdimos suficiente tiempo?

Luke no respondió. Ella tenía razón en algo.

Habían perdido seis meses.

Seis meses en los que él había intentado comprender por qué Isabella lo había abandonado aquel día.

Seis meses en los que había intentado odiarla.

Y seis meses en los que había terminado casándose con Hannah.

Isabella se acercó un poco más.

—Quiero ser tu esposa, Luke.

Él la miró fijamente.

—Lo serás.

Aquella respuesta pareció tranquilizarla.

Pero Luke no vio la tensión que desapareció del rostro de Isabella.

Ni la forma en que llevó discretamente una mano hasta su vientre.

Ella no podía esperar demasiado. Todavía no.

Antes de que su cuerpo comenzara a cambiar, necesitaba convertirse en la esposa de Luke Hamilton.

Y para conseguirlo, tenía que asegurarse de que el divorcio de Hannah terminara cuanto antes.


Horas después, Luke llegó a la mansión Hamilton.

Apenas entró al salón, encontró a su madre esperándolo.

Sarahí estaba de pie junto al sofá.

Corina también estaba allí.

Por la expresión de ambas, Luke supo inmediatamente que aquella conversación no sería sencilla.

—Mamá…

—¿Es cierto? —lo interrumpió Sarahí.

Luke se quedó quieto.

—¿Qué cosa?

—Que le pediste el divorcio a Hannah.

Él apretó la mandíbula.

—Sí.

Sarahí cerró los ojos durante un instante.

Parecía realmente dolida.

—¿Cómo pudiste hacerle esto?

—Mamá, no quería seguir engañándola.

—¿Engañarla?

Sarahí soltó una risa amarga.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? Que Hannah nunca te pidió nada.

Luke guardó silencio.

—Ella llegó a esta familia queriéndote —continuó Sarahí—. Nunca te exigió que la amaras. Nunca te obligó a comportarte como un esposo enamorado. Soportó tus ausencias, tus silencios y cada vez que la hiciste sentir que estaba sola dentro de su propio matrimonio.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Sarahí lo miró directamente.

—Porque si lo supieras, habrías entendido que Hannah merecía algo mejor.

Luke bajó la mirada.

Las palabras de su madre le dolieron porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

—No puedo obligarme a amar a alguien.

—Nunca te pedí eso.

Sarahí respiró profundamente.

—Te estoy diciendo que no tenías derecho a mantenerla esperando mientras tú seguías viviendo en el pasado.

Luke levantó la mirada.

—Isabella regresó.

El rostro de Sarahí cambió.

—¿Qué dijiste?

—Isabella regresó.

Corina soltó una exclamación incrédula.

—¿La misma Isabella que te abandonó frente a todos el día de tu boda?

—Sí.

Sarahí lo miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—Y quieres volver con ella.

—La amo.

—Después de todo lo que hizo…

—Hay una razón.

Sarahí frunció el ceño.

—¿Qué razón puede justificar desaparecer el día de tu boda?

Luke permaneció callado durante unos segundos.

Aquella era la parte que todavía le dolía recordar.

—Isabella fue víctima de algo terrible.

Sarahí se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Luke respiró profundamente.

—Poco antes de nuestra boda, un hombre abusó de ella.

El silencio cayó sobre el salón.

Sarahí llevó una mano hasta su pecho.

—Dios mío…

—Ella quedó destruida —continuó Luke—. Sintió vergüenza. Miedo. Dolor. No sabía cómo enfrentarse a mí ni a nuestra familia. Por eso huyó.

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