Capítulo 4

Al encontrar a Angelina instalada en su cama como si fuera la dueña de la casa, Leonica revivió la humillación de su noche de bodas.

—¡Tú! ¿Cómo has entrado aquí? —espetó, fulminándola con la mirada.

Angelina no respondió. Se limitó a mirarla con descarada provocación.

Un segundo después, la puerta del baño se abrió y Gabriel apareció con una toalla alrededor de la cintura y el cabello mojado pegado al rostro.

El corazón de Leonica se hizo añicos. La traición y el dolor se reflejaron en sus ojos, sobre todo cuando Gabriel reparó en ella y su expresión se llenó de desprecio.

—Gabriel, ¿qué hace ella aquí? —exigió, cerrando los puños.

Angelina corrió a refugiarse contra el pecho desnudo de Gabriel, fingiendo ser una criatura asustada. Él no la apartó. Por el contrario, le rodeó los hombros con un brazo.

—¿Estás bien? —le preguntó con ternura.

La escena hirió y enfureció a Leonica a partes iguales. Hundió las uñas en las palmas para no dejar que la rabia se desbordara.

—Gabriel —repitió con el rostro crispado—. Te he preguntado qué hace aquí esta mujer.

—No es asunto tuyo, Leonica —respondió él. Su expresión se volvió glacial en cuanto dejó de mirar a Angelina.

Otra vez aquellas palabras. ¿Acaso no sabía decirle nada más? Leonica comenzaba a sentirse como una estúpida. Su madre tenía razón: ¿por qué perder el tiempo con un hombre sin corazón?

—Tienes razón —dijo con una sonrisa cargada de ironía—. No me interesa saber qué estaban haciendo. Pero esta es mi casa y no quiero verla aquí. Que se vaya ahora mismo.

—¿Y si me niego? —replicó Gabriel—. Si no sabes tratar a mi invitada como es debido, puedes irte a casa de tus padres y pasar allí la noche.

—¿Qué?

¿Su propio esposo pretendía echarla de su hogar por otra mujer? ¿Por la misma mujer que le había roto el corazón y lo había abandonado tres años atrás?

Leonica se quedó sin habla.

—Me has oído —insistió él, sosteniéndole la mirada en abierto desafío—. ¿Qué estás esperando?

—No.

La respuesta sorprendió tanto a Gabriel como a Angelina.

—¿Por qué tendría que marcharme? —Leonica dio un paso hacia él sin bajar la mirada—. Esta es mi casa, no la suya. Tengo derecho a echar a cualquier extraña.

La firmeza de su expresión desconcertó a Gabriel. Leonica siempre había sido dócil y obediente. Rara vez lo contradecía.

—La casa no es solo tuya. También me pertenece y tengo derecho a invitar a quien quiera —replicó él con la mandíbula tensa.

Leonica reconoció aquella señal de su ira, pero ya no le importaba.

—Qué conveniente que ahora recuerdes que es nuestra casa. ¿O debo refrescarte la memoria? Está únicamente a mi nombre.

Era cierto. La propiedad había sido un regalo de bodas de la abuela. A Gabriel nunca le había importado que la anciana la registrara solo a nombre de Leonica. Ahora, sin embargo, la seguridad con que ella lo enfrentaba avivó todavía más su cólera.

—Angelina no se irá a ninguna parte. ¡Me da igual lo que tú quieras!

La desfachatez de sus palabras y la manera en que abrazaba a Angelina como si fuera su verdadera esposa acabaron con la paciencia de Leonica.

—Gabriel Bryce, ¿cómo puedes ser tan descarado? ¿No te preocupa decepcionar a tu abuela...?

No alcanzó a terminar.

Furioso, Gabriel levantó la mano y le propinó una bofetada en la mejilla izquierda.

El golpe resonó entre las paredes del dormitorio. Angelina y Leonica se quedaron inmóviles, sorprendidas.

En tres años de matrimonio, Leonica jamás había imaginado que Gabriel levantaría la mano contra ella.

Con la mejilla ardiendo, se llevó una mano al rostro y miró a su esposo con los ojos muy abiertos. Él la observaba con una furia despiadada.

—¿Cómo te atreves a mencionar a mi abuela? ¡No tienes ningún derecho! —escupió.

Dio un paso hacia ella y le clavó el índice en el hombro, obligándola a retroceder.

—Grábatelo bien, Leonica Romero. Si no hubiera sido por el último deseo de mi abuela, preferiría morir antes que relacionarme con alguien como tú, y mucho menos tenerte por esposa.

La frialdad de sus palabras y el odio de sus ojos fueron como un cubo de agua helada. Leonica despertó por fin a la realidad que llevaba tres años negándose a aceptar.

Ella amaba a Gabriel.

Gabriel jamás la había amado a ella.

Sin amor, ¿cómo podría darle a su bebé una familia cálida y feliz? El hijo que Gabriel realmente deseaba era uno concebido con Angelina.

El pecho de Leonica se volvió insoportablemente pesado. Un nudo le cerró la garganta y los ojos comenzaron a escocerle.

Las lágrimas estaban a punto de caer, pero se obligó a contenerlas.

Si Gabriel no tenía corazón, ella no le mostraría debilidad. Mucho menos delante de la mujer que había provocado aquella pelea y ahora contemplaba la escena en silencio.

Leonica se mordió el labio, parpadeó hasta apartar las lágrimas y alzó el rostro. Ya no tenía sentido fingir docilidad.

Sus padres tenían razón. No quedaba nada en aquel matrimonio que mereciera ser salvado. Pero, antes de ponerle fin, no pensaba facilitarles las cosas.

—No me pongas a prueba, Gabriel Bryce —lo advirtió con una serenidad desconocida—. Yo, Leonica Bryce, todavía soy tu esposa.

La forma en que lo miraba lo dejó desconcertado.

Antes de que pudiera responder, Leonica añadió:

—Si de verdad quieres el divorcio, saca ahora mismo a esa mujer de mi casa.

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