Capítulo 7

Leonica estaba sentada en la cama, inmóvil, con la mirada perdida en el vacío.

Las marcas que Gabriel había dejado sobre su piel seguían frescas. Sin embargo, en lugar de despertar en ella la excitación de otras veces, solo le producían escalofríos y náuseas.

Lo odiaba.

Lo odiaba con una intensidad nueva y creciente.

Él había exigido el divorcio. Había llevado a su amante a la casa que compartían sin importarle la opinión de su esposa. Había afirmado que prefería morir antes que seguir casado con ella.

Entonces, ¿cómo demonios había podido hacerle aquello la noche anterior?

Para proteger al bebé, Leonica había renunciado a su orgullo y le había suplicado que se detuviera. A Gabriel solo le habían importado sus propios deseos. Después, se había levantado antes de que ella despertara, como si no hubiera pasado nada.

¿Qué creía que era? ¿Una prostituta gratuita a su entera disposición?

Gabriel Bryce no tenía corazón.

Leonica no supo cuánto tiempo permaneció en aquella posición hasta que sonó el timbre.

Pensó en ignorarlo, pero la persona que esperaba al otro lado insistió una y otra vez hasta irritarla.

—¿Quién será? —murmuró.

Se vistió y bajó a abrir. Al otro lado de la puerta encontró un rostro conocido: Daniel, el abogado de Gabriel.

—Buenas tardes, señora Bryce —la saludó el joven con educación.

Leonica comprendió de inmediato el motivo de su visita.

Como para confirmar sus sospechas, Daniel abrió el maletín de cuero marrón, sacó un legajo de documentos y se lo tendió.

—He venido a entregarle los papeles del divorcio.

El corazón de Leonica pareció detenerse. El mundo se desdibujó a su alrededor y sus propias emociones amenazaron con asfixiarla.

Necesitó unos instantes para dominar aquellos sentimientos absurdos. Finalmente, tomó los documentos y forzó una sonrisa.

—Gracias, Daniel.

—De nada, señora Bryce. Hay... hay algo más.

Leonica sintió otra puñalada en el pecho cuando reconoció la píldora que descansaba en la palma del abogado.

Un anticonceptivo oral.

—El señor Bryce me pidió que se la entregara —explicó Daniel con incomodidad—. Dijo que...

—Entiendo.

Leonica lo interrumpió, tomó la píldora y se la metió en la boca.

—Ahora puede quedarse tranquilo. Ya puede marcharse.

La frialdad de su voz y la dureza de su mirada dejaron claro que no debía quedarse.

—Que tenga un buen día, señora Bryce.

Daniel se tocó el ala del sombrero a modo de despedida, bajó los escalones y se dirigió al coche estacionado junto a la carretera.

En cuanto desapareció de su vista, Leonica cerró la puerta, corrió al interior y se sacó de la garganta la píldora que todavía no había tragado. Tosió con fuerza mientras las lágrimas le recorrían el rostro y su corazón roto clamaba de dolor.

¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿Cómo se le había ocurrido esperar que Gabriel cambiara de opinión después de la noche anterior?

Él jamás la había querido. La consideraba poco más que una prostituta a la que no tenía que pagar. ¿Por qué iba a desear un hijo con una mujer a la que veía de ese modo?

Si podía ser tan cruel, ella ya no tenía por qué seguir dudando.

Leonica se quitó lentamente el anillo de bodas y lo dejó sobre la mesa. Después se obligó a serenarse y firmó los documentos.

«Gabriel Bryce, más te vale no arrepentirte de lo que has hecho».


Gabriel estaba sentado en su despacho con el ceño fruncido. Intentaba concentrarse en el trabajo, pero las imágenes de Leonica durante la noche anterior se interponían una y otra vez.

¿Acaso aquella mujer lo había hechizado?

Tomó el vaso de whisky que descansaba sobre el escritorio y bebió un trago. Ni siquiera la suave música clásica de la radio, que por lo general lograba serenarlo, surtía efecto aquel día.

Algo escapaba a su control.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

Daniel entró con los documentos en la mano.

—Señor Bryce, he venido a devolverle esto.

Se acercó al escritorio y dejó allí los papeles del divorcio.

—¿Los ha firmado? —preguntó Gabriel, frunciendo aún más el ceño.

Daniel asintió.

Gabriel abrió los documentos a toda prisa. Allí estaba la elegante firma de Leonica, trazada con una atractiva caligrafía cursiva al pie de la primera página.

En aquel momento sintió que le arrancaban una parte del corazón.

Había esperado que ella se presentara en su despacho llorando y suplicándole después de recibir los papeles. O que, al regresar a casa, la encontrara deshecha en lágrimas, prometiendo cambiar y proclamando una vez más su amor con tal de salvar el matrimonio.

Pero Leonica había firmado sin montar una escena, de manera rápida y silenciosa.

No se parecía en nada a ella.

¿Cómo había podido aceptar el divorcio sin hacer el menor ruido?

Era exactamente lo que Gabriel deseaba. Entonces, ¿por qué no sentía el alivio y la felicidad que había esperado?


El Club Parrish era uno de los locales nocturnos más exclusivos de Nueva York. Contaba con una enorme sala VIP, el champán más caro y los mejores licores que el dinero podía comprar. Solo la élite tenía acceso.

Gabriel atravesó la multitud y se dirigió a su reservado. Al abrir la puerta, encontró a Lloyd Riley y Christian Andersen.

Los dos gozaban de tanta fama e influencia como él. Uno era un prestigioso médico y propietario de un hospital; el otro, un hotelero con más de cien establecimientos repartidos por todo el mundo. Gabriel, por su parte, era un poderoso magnate de los negocios.

Aunque sus personalidades eran muy distintas, los tres provenían de familias influyentes y formaban un equipo formidable. En la universidad los habían apodado la Trinidad Impía.

—¡Gabriel! —lo saludó Lloyd en cuanto lo vio entrar.

Christian se limitó a inclinar la cabeza.

—Que nos escribieras de repente llegó a preocuparnos —comentó mientras daba un sorbo a su copa—. ¿Qué ocurre?

—No tienes buena cara —añadió Lloyd, estudiándolo—. ¿Todo va bien?

—No pasa nada.

Gabriel ocupó el centro del sofá situado frente a ellos. De inmediato tomó un vaso, se sirvió whisky y lo vació de un trago.

Lloyd y Christian intercambiaron una mirada.

—Si bebes de esa manera, es evidente que sí pasa algo —señaló Christian.

Gabriel lo fulminó con la mirada, no porque sus palabras lo irritaran, sino porque tenía razón.

Desde que recibió los papeles firmados, una inquietud inexplicable le oprimía el pecho. Cuanto más intentaba apartar a Leonica de sus pensamientos, más presente la sentía y peor se encontraba.

—Creo que ya sé lo que sucede —dijo Christian al cabo de un rato, divertido.

Todos lo miraron.

—Gabriel Bryce está entrando en pánico —declaró como si fuera obvio.

—¿Por qué? —preguntó Lloyd, tan confundido como Gabriel.

—Por su esposa, naturalmente.

La expresión de Christian se volvió traviesa.

—¿Leonica? ¿Por qué iba Gabriel a preocuparse por ella? —preguntó Lloyd.

Gabriel tampoco lo entendía. Christian no podía saber nada del divorcio; la noticia era demasiado reciente.

—Ayer vi a Leonica cerca del área de ginecología —reveló Christian.

Gabriel se quedó inmóvil.

¿Qué hacía Leonica allí?

Una posibilidad lo golpeó con tal fuerza que sus ojos se entrecerraron.

La única razón por la que una mujer acudiría a ginecología era...

—No querrás decir que... —comenzó Lloyd, comprendiendo el horror silencioso de su amigo.

—Sí —confirmó Christian con un movimiento de cabeza—. Es posible que la encantadora esposa de Gabriel esté embarazada.

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