Capítulo 2 Capítulo 2

Amber

Empacar mis cosas me tomó apenas media hora, porque no quería demasiados recordatorios de casa.

Saqué mi ropa de entrenamiento, algunos cambios de ropa normal, mis botas de repuesto y el colgante de lobo que había pertenecido a mi abuela, y terminé antes de que Jolene acabara de llorar en el umbral de la puerta.

—No tienes que irte —dijo por tercera vez, y yo cerré la maleta para sonreírle.

—Sí, tengo que hacerlo —dije, atrayéndola a un abrazo.

—Escríbeme todas las semanas. Y si alguien te lastima, le voy a patear…

Le revolví el cabello.

—Te escribiré todas las semanas, lo prometo.

—Vuelve y conviértete en guerrera —dijo, con la voz un poco temblorosa—. Y luego enséñame todo.

—Ese es el plan.

Mamá estaba apoyada en el marco de la puerta, con los ojos brillantes por lágrimas que no terminaban de caer.

—La academia es peligrosa, Amber. Hay herederos alfa allí, entrenados desde que nacieron por los mejores luchadores de todo el reino, y tú vas a entrar sin rango y sin protección…

—Y estaré bien —dije.

Estaba segura de que se pondría a llorar en cualquier segundo, pero entonces soltó una risita pequeña y triste.

—Hablas igual que tu padre —dijo—. Cuando era joven.

Me abrazó, me pidió que comiera y durmiera a mis horas, pero papá ni siquiera se molestó en venir a despedirme, tal como me esperaba.

Tres horas después, me dejaron afuera de la academia y yo arrastraba mi maleta hacia las rejas.

La academia era alta e imponente, hecha de muros de piedra y madera, en medio de un campus extenso metido en el bosque. Me dirigía hacia la entrada, maravillándome con la arquitectura, cuando escuché una voz.

—¿Nombre de la manada? —preguntó un guardia de seguridad cuando intenté entrar, bloqueándome el paso.

—Soy huérfana —dije, y él entrecerró los ojos apenas un segundo antes de señalar hacia el extremo izquierdo.

—Solo los miembros oficiales de una manada pueden entrar por la puerta principal. Tú entras por la puerta trasera.

Antes de que pudiera preguntar algo más, me cerró la reja en la cara. Resoplando, rodeé el lugar y llegué a la puerta trasera, que era más bien un hueco en el muro, lo bastante ancho como para que solo pasaran dos personas lado a lado, cerrado por una reja vieja, oxidada y chirriante.

El camino hacia adentro era de grava, con maleza abriéndose paso entre el lodo.

Los humanos no valían nada aquí, me di cuenta, y yo iba a tener que fingir ser una durante un año. Esa parte era fácil, de todos modos, porque todavía no había despertado a mi loba.

Esa también era, en parte, la razón por la que papá no creía en mí.

Resoplé, preparándome para levantar la maleta y aventarla por la reja cuando algo salió volando junto a mí.

Me agaché justo a tiempo y me giré para ver que era un zapato, y alcé la vista para ver quién me había atacado.

Pero noté que un joven sostenía a un hombre de mediana edad por el cuello de la camisa, armando un alboroto. Era evidente que ya lo había golpeado al menos una vez, porque el labio del hombre estaba partido y él le sujetaba la muñeca al joven con ambas manos en un intento inútil por liberarse.

No pude evitar observarlo mientras se reunía una pequeña multitud. Era alto y de hombros anchos; los músculos de sus brazos se marcaban bajo las mangas arremangadas. Tenía el cabello oscuro echado hacia atrás y la furia grabada en el rostro.

Probablemente era de mi edad, o quizá un año mayor, y aun así tenía a un funcionario adulto de la academia colgando en el aire, sostenido por el cuello de la camisa.

—¿Quiere repetir eso, señor Clarke? —preguntó el joven mientras lo levantaba aún más.

Los pies del señor Clarke colgaban en el aire.

—Suélteme —alcanzó a decir el hombre, atragantándose—, o haré que lo pongan en la lista negra…

Se me abrieron los ojos ante esa amenaza. Que te vetaran en la Academia Silvercrest era como quedar vetado de todas las instituciones del reino.

Creí que el joven retrocedería, pero en cambio soltó una risa hueca.

—Adelante. —La expresión del joven no se inmutó—. Escríbalo. Me dará curiosidad ver cómo le explica las hojas de puntuación al Consejo Alfa.

Un jadeo colectivo recorrió a la multitud de espectadores, incluyéndome. El Consejo Alfa estaba compuesto por los cuatro alfas gobernantes, que actuaban como jurado para los crímenes más atroces. Nadie invocaba al consejo con tanta ligereza.

—P-Pero el protocolo establece que… —balbuceó el administrador, mientras el joven lo bajaba hasta dejarlo a la altura de sus ojos.

—Establece que a todo estudiante capaz y elegible se le conceda el ingreso a la academia, sin importar su afiliación, siempre que obtenga más de cien puntos según el artículo 4B del estatuto de la manada. ¿Tengo razón o no?

El hombre asintió con la cabeza.

—Sí, pero…

—¿Y cuánto saqué yo? —exigió de nuevo el joven, apretando el agarre.

¿Había una prueba de ingreso para élites de la que yo no sabía?

Mientras tanto, otros cuatro estudiantes por fin reunieron el valor para detenerlo, pero él no se movió ni un centímetro pese a sus esfuerzos.

Pensé que debía ayudar al miembro del personal y, sin perder tiempo, agarré un zapato para lanzárselo al joven. Le dio en el hombro, pero el tipo no reaccionó.

—Q-Quinientos veintisiete puntos.

—¿Y qué significa eso? —gruñó el joven, y el hombre de mediana edad por fin respondió—. E-Está bien, tú… e-entraste…

En cuanto lo dijo, el joven soltó a su cautivo, que se desplomó en el suelo hecho un montón.

¿Cómo podía un estudiante agredir a un miembro del personal a plena luz del día? ¿Quién era ese tipo?

No dejaba de mirarlo con una mezcla de curiosidad y admiración cuando, de pronto, decidió volverse a mirar el zapato y luego, lentamente, hacia la dirección de donde había venido; es decir, hacia mí.

Me quedé helada cuando nuestras miradas se encontraron, y él la sostuvo durante unos segundos que se sintieron más largos que siglos. La intensidad de sus ojos casi me robó el aliento.

Su rostro parecía haber sido esculpido por la propia Diosa Luna: pómulos angulosos, una mandíbula bien definida y labios carnosos. Pero lo más impactante eran sus ojos, de un tono plateado que yo jamás había visto.

Uno de los cuatro jóvenes que intentaban sujetarlo aprovechó su distracción momentánea como oportunidad para atacarlo.

Pero el puño del atacante nunca llegó a conectar con su hombro, porque en un instante su mano salió disparada hacia atrás, agarró la camisa del agresor, lo jaló hacia un lado y luego lo arrojó contra el pilar cercano, sin romper el contacto visual conmigo.

Se me erizó la piel al ver al joven agacharse, recoger el zapato y entregárselo al miembro del personal, que seguía aterrorizado, y luego alejarse, aunque no sin antes lanzarme una última mirada.

¡Mierda!

Me estremecí, con el corazón a punto de salírseme por la garganta, rezando para que después no me asesinara a sangre fría solo porque le había tirado un zapato.

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