Capítulo 1 Potro indomable.

Capítulo 1.

Potro indomable.

5 años atrás.

Mérida, Yucatán, México.

El calor de Mérida es una presencia sofocante, los invitados reunidos en la imponente catedral. El aroma a flores blancas se torna rancio bajo el sol del mediodía. Ricardo Montenegro ajusta el cuello de su traje por décima vez. A sus veinte años, posee una presencia que ya comienza a imponerse, un metro ochenta de estatura, hombros anchos y un rostro esculpido. Sus ojos azules, usualmente brillantes con una chispa de arrogancia juvenil, están fijos en la entrada, cargados de una vulnerabilidad que solo el primer amor verdadero puede provocar.

La música comienza. El órgano retumba en las paredes, pero la marcha nupcial suena a destiempo. Los minutos se estiran. El sudor perla la frente de Ricardo, deslizándose por su nariz respingada. El murmullo de los invitados crece, un siseo que llena el vacío.

Entonces, no es ella quien aparece. Es su dama de honor con un sobre arrugado entre las manos. Ricardo siente un frío súbito. Un mal presentimiento lo invade, se aproxima a la dama de honor quien lo ve temblorosa.

— ¿Dónde esta?— Pregunta él, con un dolor pulsante, que lo llena de inquietud.

— Lo siento Ricardo, solo me dio esto.

Ricardo toma la nota con impaciencia y la abre, quedando en shock.

“Ricardo, mi amor, sé que esta no es la mejor manera. Me dieron la beca en la universidad; no sabía cómo decírtelo, fue en el último momento. Estaba entre elegir quedarme contigo o perseguir mi sueño. Eso de formar una familia y crecer juntos… no es lo que realmente quiero ahora. Lo pedí porque tú lo querías y creía que juntos podríamos con todo. Pero irme a Inglaterra es la oportunidad de mi vida. Perdóname”.

El mundo se detiene. El papel se arruga bajo su puño. Siente un estallido en el pecho, una presión que amenaza con fracturarlo por completo. Sus sueños, sus planes, sus ilusiones han sido destruido por la mujer que creía era su destino.

— ¡Largo! —ruge Ricardo. Su voz, profunda y ahora rota, rebota en la cúpula—. ¡Que se vayan todos! ¡He dicho que se larguen!

Su madre, Valentina, se acerca con paso apresurado, intentando tomar su brazo.

— Ricardo, hijo, por favor, calma…

Él se zafa con una violencia contenida. Sus labios gruesos se aprietan en una línea pálida.

— Me abandonó, mamá. Se fue y ni siquiera tuvo la decencia de decírmelo en la cara. Me dejó aquí, como un idiota, por una maldita beca.

Sale de la iglesia a zancadas, arrancándose la flor del ojal. El joven de veinte años que creía en el compromiso, en haber seguido el camino de sus padres, el que pensaba haber encontrado el amor verdadero, su futuro, muere en ese atrio.

Presente. Ciudad de México.

La oscuridad del bar es su refugio. Ricardo Montenegro, ahora de veinticinco años, es una versión más afilada y cínica. Su cabello castaño oscuro está desordenado y su físico se adivina bajo una camisa de seda entreabierta. Es el último heredero, el “Casanova” que quema la fortuna en noches de exceso.

— ¿Otra ronda? —pregunta una mujer, pasando una mano por su hombro.

Ricardo la mira con desdén. Está ebrio, pero su porte sigue siendo imponente. Antes de responder, un hombre lo empuja por el pecho.

— ¡Tú eres el imbécil de las noticias! Por tu culpa las acciones cayeron.

Ricardo suelta una carcajada seca.

— Entonces deberías haber vendido antes, genio.

El hombre lanza un golpe torpe. Ricardo lo esquiva, pero sus hombres de seguridad aparecen de inmediato. Lo sujetan por los brazos mientras él intenta soltarse.

— ¡Suéltenme! ¡Apenas estoy empezando! —balbucea mientras es sacado a rastras del local.

Al día siguiente, los titulares son brutales:

“EL HEREDERO MENOS CONFIABLE”.

“Ricardo Montenegro protagoniza una nueva riña en estado de ebriedad. ¿Es esta la deshonra que hundirá la empresa familiar? Las acciones caen ante su conducta promiscua”.

CRÓNICA DE UNA CAÍDA.

“Fuentes aseguran que el patriarca de la familia ha colapsado tras el último escándalo de su hijo. El apellido Montenegro, antes sinónimo de éxito, hoy es sinónimo de caos”.

Ricardo despierta con el sonido de su teléfono. Es su padre, cuya respiración suena fatigada.

— Tienes que viajar a Estados Unidos mañana mismo. La presión social es insoportable y las acciones están en el suelo.

— Puedo manejarlo, papá…

— ¡No puedes! —interviene Valentina por la otra línea—. Tu padre está en crisis por su diabetes. Y mi corazón no resiste otro titular tuyo. Estamos en Chicago. Ven ahora.

Exhausto Ricardo cae de nuevo sobre la almohada, sintiendo el peso de las dos mujeres en su cama.

— Ya lo escucharon moritas, se nos acabo la fiesta, vístanse. Nos vemos en otra ocasión.

— Es una lastima, nos estábamos divirtiendo.

Horas después, Ricardo cruza la clínica en Chicago con el rostro tenso. Al entrar, encuentra a sus padres rodeados de monitores.

— No más, Ricardo —dice su padre—estas fuera de control, por eso, tu madre y yo hemos tomado una decisión. Hace años, tu bisabuelo, nos impuso a tu madre y a mi, un matrimonio por contrato de tres años. En vista de los acontecimientos y de que no piensas cambiar tu vida, nosotros haremos lo mismo contigo.

— ¿Que estás diciendo? No soy un niño para que me elijan y me exijan una esposa.

— No nos dejas otra opción, Ricardo, tu reputación y tu vida en exceso, va a terminar con toda la familia, ya tus hermanos y nosotros estamos recibiendo parte de las consecuencias, tenerte en la hacienda de esta manera, no es sustentable— Exclama Valentina.— estás terminando con tu vida y la de nosotros, así que tienes que elegir, o te amoldas y aceptas la propuesta de tú padre. O tendrás que irte sin nada de la hacienda, te olvidarás de nosotros para siempre.

— ¿Me estás amenazando, madre?

— No queremos ser duros contigo, pero necesitas entender que estás desperdiciando tu vida. Solo te pido un año de matrimonio.

— ¡Esto es absurdo!— Recalca Ricardo furioso.

— No es una petición —sentencia Ricardo padre.—Es la condición para salvar la empresa y mi salud. Un año de matrimonio, Ricardo. Si no funciona, se divorcian sanamente y no insistiremos más.

— Entonces elegiré una esposa, si no tengo más opción.

— No, tú no vas a elegir a nadie, yo lo haré.— Exclama Valentina.— Ya tenemos conocimiento de las mujeres que te gustan frecuentar, no quiero nada de eso para ti, elegiré una mujer adecuada, integra y responsable, que nadie conozca en Yucatán, alguien que nos represente.

— ¿Qué quieren probar? ¿Por qué un matrimonio?

— Porqué es la única forma de que recapacites. Un matrimonio callara a la prensa y las malas lenguas ante los socios, verán que eres un hombre responsable, y que podrás hacerte cargo de los negocios. Es la mejor formar de recuperar tu reputación, demostrar que has sentado cabeza, sabes cómo son la sociedad ante el compromiso, eso asegura estabilidad y el respeto que tú ya has perdido, piensa bien lo que te proponemos hijo, entiende que solo queremos lo mejor para ti.

Siguiente capítulo