Capítulo 2 La moneda de cambio.
Capítulo 2.
La moneda de Cambio.
Ricardo observa la fragilidad de su madre. La presión de la prensa difamándolo y el estado de sus padres, su familia incluso sus hermanos se preocupan por él, toda esta situación lo llena de un remordimiento profundo, no tiene intenciones de perjudicar a nadie, y menos que sus padres sufran las consecuencias, quiere vivir a su manera, sin que nadie se interponga. La presión y la culpa del caos en el que está lo consumen, enfoca a sus padres muy serio.
— Me propones un año de matrimonio arreglado para callar las malas lenguas y restaurar el orden familiar.
— Nuestra intención es que la conozcas, que le des una oportunidad…
— Estás pidiendo demasiado madre, sabes que no tengo intenciones de iniciar una relación actualmente con nadie.
— Lo sé, solo… quiero que la conozcas, es… una buena chica, si en un año no logran conciliar una relación real, entonces, podrán divorciarse.
Ricardo les da la espalda, tenso, incómodo, por varios minutos permanece rígido hasta que decide voltear a verlos.
— De acuerdo, un año de matrimonio. Después de eso no interferirán más en mis decisiones.— Valentina lo mira con una sonrisa tomando la mano de su esposo emocionada.— Dime madre, ¿Con quién quieres casarme? ¿A quien tienes en mente?
Mansión Aponte.
La mansión de los Aponte, situada en una zona exclusiva de la ciudad, es un monumento a la hipocresía. En su interior, el aire está cargado de un resentimiento que asfixia. Lucero Aponte, de veintitrés años, se encuentra en el despacho de su padre, sintiendo cómo el frío del suelo bajo sus pies descalzos le recorre la columna.
— No lo voy a repetir, Lucero —dice su padre, Arturo Aponte, mientras sirve un trago de whisky con una calma aterradora— Valentina Montenegro ha abierto una convocatoria para una alianza familiar. De alguna manera y forma tú estás entre las cinco candidatas que ella a elegido. Tú vas a ir, te vas a presentar y vas a conseguir que ese hombre te elija.
Lucero siente que el corazón se le sube a la garganta. La reputación de Ricardo Montenegro es un secreto a voces: un borracho, un mujeriego, un hombre que desprecia el compromiso y la decencia.
— Papá, por favor… —su voz tiembla, apenas un susurro— La invitación dice hija de Arturo Aponte, no dice mi nombre, por favor deja que vaya Zoraida. Ella es la que siempre disfruta de los eventos, ella es la que quiere una vida de lujos. Yo… yo solo quiero terminar mis estudios. Déjame inscribirme en la universidad, te prometo que trabajaré el doble en la empresa…
Arturo deja el vaso sobre el escritorio con un golpe seco. Se levanta, rodeando el mueble con una lentitud de depredador.
— ¿Zoraida? —ríe con desprecio—Tu hermana es una flor delicada, ella merece algo mejor, de su nivel. Tú, en cambio, has sido preparada para esto. Eres útil, Lucero. Está es tu oportunidad para devolverle a esta familia la liquidez que tus años en esta casa, para eso estás aquí.
— ¡No son deseos! Es mi vida —grita ella, la desesperación rompiendo su fachada de obediencia—No me vendas como si fuera un objeto. ¡No quiero casarme con un hombre promiscuo y despreciable, que no va respetarme!
El impacto de la bofetada es tan súbito que el mundo gira por un segundo. Lucero cae al suelo, el golpe contra la madera dura le roba el aliento. El sabor metálico de la sangre inunda su boca de inmediato.
— ¡Desagradecida! —ruge Arturo, cerniéndose sobre ella—Todo lo que he hecho por ti, dándote un techo, comida, un hogar, ¿y ahora eres incapaz de pagarme? Vas a ir ahí y vas hacer todo para casarte con ese hombre. Harás lo que sea necesario.
Lucero solloza, cubriéndose el rostro con las manos, temblando ante la sombra de su progenitor.
— Si no lo haces —continúa él, bajando la voz a un tono gélido— te juro que voy a encerrarte en un psiquiátrico, tal como hice con tu madre. Haré que te arrepientas de haber nacido. Vamos a ver si en el sótano cambias de opinión.
— ¡No, papá! ¡No, por favor! —suplica ella, gateando hacia atrás con el rostro empapado en lágrimas— El sótano no… por favor, no me encierres ahí abajo.
— ¡Demasiado tarde! —Arturo la toma del brazo con una fuerza que le dejará marcas moradas por días y la arrastra hacia el pasillo de servicio.
La arroja dentro de una habitación pequeña en los cimientos de la casa, un espacio sin ventanas que huele a humedad. El sonido de la cerradura al girar es el fin de su libertad. La oscuridad es absoluta, densa. Lucero se encoge en una esquina, abrazando sus rodillas. Siente que las paredes comienzan a cerrarse sobre ella; la claustrofobia le oprime los pulmones y el aire parece acabarse.
— ¡Sácame de aquí! ¡Papá, lo haré! ¡Lo haré, solo sácame! —grita, golpeando la madera de la puerta hasta que sus nudillos sangran. Pero nadie responde. El silencio de la casa es su único acompañante.
Al día siguiente, la puerta se abre con un chirrido metálico. La luz del pasillo ciega a Lucero, que ha pasado la noche en vela, tiritando de ansiedad. Sus ojos están hinchados y su espíritu parece haberse quebrado. Dos hombres de seguridad de su padre la sujetan por los brazos sin mirarla. Ella no se resiste.
La llevan arrastrando hasta su habitación de arriba, donde tres sirvientas ya esperan con un despliegue de vestidos, maquillaje y joyas. La orden de Arturo es clara: transformarla en una visión de perfección. Mientras las mujeres lavan su cabello y cubren con base de maquillaje el rastro de la bofetada en su mejilla, su padre entra en la habitación.
— Escúchame bien —dice, mirando su reflejo en el espejo, ignorando el rictus de dolor de su hija—Si logras ganarte el favor de los Montenegro, te devolveré el joyero de tu madre. Todas sus reliquias, lo único que te queda de ella. Si fallas, esas joyas serán vendidas. ¿Me escuchaste?
— Sí.
El dolor en el pecho de Lucero es insoportable. Anhela escapar, huir de esa jaula donde su padre y su madrastra la asfixian para beneficiar a Zoraida. Pero la promesa de recuperar lo poco que le queda de su madre es el único motivo que la obliga a mantenerse en pie.
— ¿Estás lista?— Pregunta Arturo serio.
— Sí, lo estoy.
— Vamos. Los Montenegro aguardan.
