Capítulo 3 Presentación.
Capítulo 3.
Presentación.
Mansión Montenegro
La reunión organizada por Valentina en la mansión Montenegro es sobria, casi tensa. De las cinco candidatas que seleccionó entre sus amistades más cercanas, solo han asistido tres; la oscura reputación de Ricardo ha ahuyentado a las familias que priorizan cuidar su imagen. Solo quedan aquellas que necesitan alianzas económicas urgentes o las mujeres interesadas en la fortuna del heredero.
Valentina Montenegro ha entrevistado a las jóvenes en citas pausadas, esperando en realidad la llegada de su objetivo oculto: la hija de los Aponte. La conoce desde hace tiempo, está al tanto de su historia y, tras haber conversado con ella en varias ocasiones, admira su humildad, su trato cercano y su perceptible inteligencia. A pesar de su preferencia, Valentina citó a otras damas no por indecisión, sino para disimular la desesperación por casar a su hijo y evaluar fríamente quién posee el carácter necesario para soportar la presión de ser la esposa de Ricardo.
Cuando Lucero Aponte entra al salón, el ambiente cambia. No es la más llamativa, pero posee una elegancia silenciosa y un porte impecable. Valentina ya anticipaba que Arturo Aponte, en su ambición por salvarse de la crisis financiera mediante una alianza comercial, enviaría a Lucero, la hija que siempre quedaba en segundo plano pero que aportaba brillantez a las reuniones de negocios en lugar de a su consentida hermana. Arturo jamás expondría a su niña mimada a un hombre con el historial de Ricardo, por lo que decidió arriesgar a Lucero. Al verla allí, Valentina sonríe internamente; sus teorías se confirman y el tablero se mueve exactamente como lo planeó.
—Lucero, bienvenida.
—Buenas tardes, señora Montenegro. Es un gusto volver a verla.
—El gusto es mío, querida. Acompáñame.
Valentina la guía hacia el jardín, donde se instalan en una mesa dispuesta para el té.
—Cuéntame, Lucero, ¿qué edad tienes? —pregunta Valentina, notando cómo la joven mantiene las manos entrelazadas con firmeza sobre el regazo.
—Veintitrés años, señora Montenegro.
—Por favor, llámame Valentina —pide con una sonrisa suave— Lucero, sé que tu madre falleció y que vives con tu padre, tu madrastra y tu hermana, pero me gustaría que me cuentes más de ti.
—Entiendo… —dice Lucero sin bajar la mirada—. Como ya sabe, mi madre falleció de cáncer cuando yo tenía diez años. Desde entonces, quedé bajo la tutela de mi padre. No sé qué más decirle; desde que tengo dieciséis años lo ayudo con las finanzas de la empresa, intentando incorporarme al legado familiar.
—¿Estudias o tienes alguna carrera?
—No, actualmente no, señora.
En su mente, el recuerdo de su padre negándole la oportunidad de ir a la universidad arde con fuerza. Sabe que la relegaban porque su capacidad para la administración superaba con creces a la de Zoraida.
—Cuéntame de tus sueños, de tus metas y aspiraciones —Valentina la enfoca fijamente —¿Por qué decidir casarte con mi hijo?
Lucero duda. Obligada a ocultar su verdadero propósito y sus planes, evita hablar de sus deseos reprimidos de estudiar una carrera y explorar Harvard.
—Mis sueños y metas… es una pregunta nueva para mí —confiesa con una honestidad punzante—. Actualmente soy el refuerzo en la administración de mi padre. Considero que ese es uno de mis propósitos: llegar a liderar sus empresas. En cuanto a por qué casarme con su hijo… debo ser honesta, llevo mi vida preparándome para ser esposa. Sin embargo, la conexión de mi padre con su familia me ha brindado esta oportunidad y estoy dispuesta a tomarla.
Valentina se sorprende de sus palabras.
—¿Qué piensas de la reputación que precede a mi hijo? Eso… ¿te asusta?
Lucero siente que el aire le falta por un segundo, pero no parpadea.
—Considero que no puedo juzgar un libro por su portada. No conozco a su hijo y entiendo que la prensa puede ser exagerada. No estoy aquí para juzgar sus acciones pasadas; estoy aquí porque deseo conocerlo. Genuinamente me siento intrigada por él. Pese a los beneficios que este acuerdo ofrece a mi familia, estoy segura de que podremos llevarnos bien si ambos ponemos de nuestra parte.
Miente con una elegancia que duele, pero lo hace porque es su única salida. Si un matrimonio con un extraño la libera de las imposiciones de los Aponte, si este acuerdo le permite alejarse de ellos, se convertirá en la esposa perfecta. Aunque este enlace la someta a la desdicha, nada puede ser peor que seguir viviendo bajo el yugo de su familia opresora.
Valentina ve en ella una educación impecable y una sencillez genuina. Pero, sobre todo, detecta una determinación feroz. Parece tener la fuerza necesaria para no dejarse pisotear.
—Lucero, me gustaría que conozcas a mi hijo personalmente. ¿Qué te parece si arreglo un almuerzo mañana para ustedes? ¿Te gustaría?
Lucero asiente, sintiendo que el nudo en su estómago se aprieta un poco más.
—Sería un placer, Valentina. Le agradezco mucho la oportunidad.
Mientras abandona la mansión, Lucero sabe que no hay marcha atrás. Mañana se enfrentará al hombre al que todos llaman “la deshonra”, pero para ella, Ricardo Montenegro es la llave de su celda. Hará lo necesario para que él la apruebe.
El eco de los tacones de Lucero Aponte se desvanece por el pasillo principal. Valentina permanece sentada en su sillón, con la mirada fija en el ventanal. Sabe que no está sola.
Desde la biblioteca contigua, Ricardo Montenegro camina con una parsimonia que denota control, aunque la tensión en sus hombros dice lo contrario. Se ha mantenido oculto, observando cada gesto y escuchando cada inflexión de voz de las mujeres que su madre ha desfilado ante él.
—¿Y bien? —pregunta Valentina sin girarse, con la voz suave—¿Qué te parecieron? ¿Alguna logró atravesar esa coraza que te has construido?
Ricardo se detiene a pocos pasos de ella. Sus ojos oscuros y profundos reflejan una mezcla de fastidio y resignación.
—Son todas iguales, mamá —dice con voz ronca— O son niñas mimadas que buscan la aprobación de sus padres, o son buitres que ya están calculando el límite de mis tarjetas de crédito.
—Lucero no me pareció un buitre —interviene Valentina, volteando finalmente para encarar a su hijo.
Ricardo guarda silencio un momento. Reconoce que Lucero ha despertado su interés. Sus palabras no fueron los halagos vacíos de las demás; había estructura en su discurso, una inteligencia administrativa que no esperaba encontrar y una forma de expresarse que denotaba una confianza feroz, casi desesperada. Sin embargo, su cinismo gana la batalla.
—Lucero Aponte es solo una jugadora más experimentada —sentencia él—. Se nota que hay demasiado esfuerzo en su perfección. Sin duda es una cazafortunas como el resto, solo que más elegante.
Aun así, esa fachada de sumisión le hace creer que, después de la boda, ella no interferirá con su libertad. Ricardo se acerca a su madre y le deposita un beso tierno en la frente.
—Organiza ese almuerzo con la que consideres tu elegida. Iré.
—Maravilloso, mi niño. Sé que te va a encantar.
Ricardo se retira sintiendo una presión extraña en el pecho. No es arrepentimiento, es la conciencia de que está a punto de encadenarse a una extraña, acción que va contra sus ideas, sus deseos y su imagen actual.
