Capítulo 4 Pactó.

Capítulo 4.

El acuerdo.

Al día siguiente

El restaurante

Lucero llega quince minutos antes. Es una costumbre arraigada por el miedo; en su casa, llegar tarde siempre ha significado un castigo severo. Hoy luce un vestido de seda en tono marfil que se ajusta a su figura con una elegancia casta pero poderosa. Su cabello oscuro cae en ondas perfectas sobre sus hombros y su maquillaje apenas realza sus rasgos naturales.

Consulta su celular con constancia. Cada minuto de retraso de Ricardo es un golpe a su ya frágil seguridad. ¿Y si él decidió no ir? ¿Y si su padre se entera de que falló?

A lo lejos, oculto tras una columna cerca de la entrada, Ricardo la observa. Lleva varios minutos ahí, en silencio, analizándola. Nota la tensión en sus dedos al sujetar el teléfono, la forma en que su mirada recorre el lugar con una mezcla de ansiedad y nerviosismo. Se ve terriblemente hermosa, y eso lo irrita.

Finalmente, decide hacer su entrada. Camina con paso firme, luciendo un traje gris plomo hecho a medida.

—Disculpa la demora, se me hizo tarde —miente al llegar a la mesa, con una sonrisa de lado que no alcanza a reflejarse en sus ojos.

Lucero se levanta por instinto, con el corazón martilleando contra sus costillas.

—No se preocupe, señor Montenegro. Me alegra que esté aquí. Es un placer conocerlo, soy Lucero Aponte.

Ricardo toma su mano y la estrecha con firmeza, recorriéndola con la mirada sin el menor disimulo.

—Es un placer, Lucero. Tu servidor, Ricardo Montenegro. Debo admitir que mi madre tiene buen gusto —dice él, bajando el tono de voz de una manera peligrosamente magnética—. Las fotos no le hacen justicia.

Lucero se sonroja. Es el comportamiento típico de un casanova; sin duda, su reputación lo precede. Sin embargo, el halago, aunque cargado de coqueteo, no se siente ofensivo.

—Muchas gracias. Usted también es diferente en persona.

Lucero siente un leve interés, una chispa de atracción hacia este hombre que, a pesar de su mala fama, posee un carisma que llena el espacio. Pero la ilusión dura poco. En cuanto el mesero se retira tras tomar la orden de las bebidas, la expresión de Ricardo cambia drásticamente. Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en la mesa y rompiendo la burbuja de cortesía.

—Vamos a saltarnos el protocolo, ¿te parece? —Su voz ahora es fría, ejecutiva—. Ambos sabemos por qué estamos aquí y quiero ser muy claro contigo. Mi familia quiere que siente cabeza para salvar las acciones y el apellido; la tuya… bueno, tu padre parece muy interesado en los beneficios de esta unión.

Lucero se tensa, pero sostiene la mirada.

—¿Y entonces? ¿A qué quiere llegar?

—Quiero que tú y yo hagamos un trato, Lucero.

—¿Un trato? ¿De qué tipo?

—He preparado un acuerdo para ti… —Ricardo expone el asunto colocando varios documentos sobre la mesa.

Lucero toma los papeles, desconcertada y con las manos temblorosas.

—Quiero un matrimonio por contrato —suelta él sin anestesia—. Deseo que, tras casarnos, ambos mantengamos nuestra libertad emocional. Esto es un intercambio. Tú, con tu imagen de esposa ejemplar y tu impecable currículum de hija perfecta, me ayudarás a limpiar mi reputación ante la prensa. A cambio, estoy dispuesto a darte lo que quieras.

Lucero siente que el aire se vuelve denso. Ricardo saca un talonario de cheques de su bolsillo interior y lo desliza por la madera.

—Te propongo un año de farsa ante el público. Doce meses de posar para las fotos, asistir a cenas y fingir que somos la pareja del siglo. A discreción, cada uno podrá seguir con su vida por su lado. Sé que tus intenciones en un matrimonio no son por amor y que buscas el beneficio económico, así que podemos llegar a un buen arreglo. Ponle los ceros que quieras a ese cheque y será tuyo; solo necesito que seas mi esposa ante los medios durante un año. Sin amor, sin ataduras y, sobre todo, sin interferencias en mi vida privada.

Lucero baja la vista hacia el papel. Ve el monto inicial que Ricardo ha sugerido como base y se queda en shock. Es una cifra astronómica, más dinero del que ha visto en toda su vida. Con eso, ella podría irse lejos, cambiar de nombre si fuera necesario e iniciar de nuevo. Si el precio de su libertad es un contrato matrimonial, está dispuesta a pagarlo.

—¿Ando y su madre? Ella claramente desea que tengamos un matrimonio real.

—Mi madre fue la de la idea, yo solo le hago unos ajustes al proceso. Mis padres me otorgan un año de matrimonio con la mujer que ellos elijan, que en este caso eres tú, y si no funciona en un año, nos divorciaremos. ¿No te lo dijo? —Lucero niega con la cabeza—. Claro que no. Es evidente que ella tiene mucha fe en que vas a poder “arreglarme”, pero te aclaro que no soy un juguete al que puedas reparar. Mis intenciones son claras: esto es lo que puedo ofrecerte. Un matrimonio arreglado, sin apego de ningún tipo, una fachada. No estoy interesado en ninguna relación amorosa, solo quiero calmar las aguas y que me dejen en paz. Si aceptas, tienes que ser consciente de mis condiciones, así como de los beneficios que obtendrás si me ayudas. Entonces, ¿qué dices?

La tentación es un grito en su interior. Ya no se trata solo de escapar de su padre; se trata de tener los medios para que él nunca vuelva a encontrarla. Ricardo le ofrece más que la independencia de su familia: le ofrece la oportunidad de empezar lejos de todos y cumplir sus sueños. Aunque siempre asumió que terminaría siendo la esposa de alguien, este giro drástico cambia las reglas del juego por completo.

—Acepto la cifra —dice ella, levantando la vista. Sus ojos oscuros brillan con una determinación que sorprende a Ricardo—. No quiero agregarle nada más, pero a cambio, exijo algo más que dinero. Quiero mi espacio, mi privacidad. No vas a obligarme a…

—¿A la intimidad? Hecho. No tenía ninguna intención de tocarte.

—Perfecto. Y el día del divorcio, ni una sola pregunta, ni un rastro de mí en tu vida. El día que se cumpla el año, desaparezco y tú te aseguras de que nadie me busque.

Ricardo arquea una ceja, intrigado por la frialdad de la petición.

—De acuerdo, es un hecho. Después de que todo termine, no volveremos a vernos. Firma… y mantengamos este acuerdo entre nosotros. No quiero que mi familia haga un drama por esto.

—Sin duda, quedará entre nosotros —responde Lucero, estampando su firma en el documento. Sin más protocolos, se levanta y le tiende la mano—Me alegra hacer negocios con usted, joven Montenegro.

Se estrechan las manos sobre la mesa. El contacto de su piel fría con la de él, cálida y áspera, sella el destino de ambos.

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