Capítulo 5 Boda...

Capítulo 5.

Boda.

Durante el resto de la comida hablan de detalles logísticos como si estuvieran planeando una obra. Al final, Ricardo mete la mano en su bolsillo y extrae una cajita de terciopelo rojo y la desliza hacia ella.

—Póntelo —dice, volviendo al trato formal—Dígale a su familia que ya puede reunirse con la mía para cerrar el compromiso.

Lucero abre la caja. Dentro, una gema de un azul profundo, rodeada de diamantes. Sin decir nada, se desliza el anillo en el dedo anular; le queda perfecto, casi irreal.

Horas más tarde, en la casa de los Aponte, Lucero entra en la sala donde su familia la espera con una mezcla de impaciencia y desdén. Su madrastra está sentada en el sofá principal, mientras su hermana, Zoraida, hojea una revista de modas. Su padre, Arturo, permanece de pie junto a la chimenea con los brazos cruzados.

—Ya está hecho —anuncia Lucero. Su voz es plana, vacía de emoción.

Extiende la mano izquierda. El anillo brilla llamando la atención de todos. El silencio que sigue es sepulcral. Zoraida se levanta, acercándose para examinar la joya, y su rostro se desfigura por la envidia.

—No puede ser… es enorme —murmura Zoraida, soltando una risa amarga— Ay no importa. De todos modos, serás la burla de todos. Ya te veré en la prensa, siendo la “esposa” de un hombre que te engañará en cada esquina.

—Si eso nos garantiza parte del dinero durante el matrimonio, entonces que salga donde quiera —exclama la madrastra, acercándose también para mirar la gema con un anhelo casi febril.

Lucero ignora los ataques. Su mirada está fija en su padre.

—Lo hice, papá. Ricardo aceptó. Ahora, cumple tu parte: devuélveme las piezas de mi madre.

Arturo la observa y, por un segundo, parece haber un rastro de sorpresa en sus ojos, pero desaparece de inmediato tras la codicia.

—No —afirma él, dando un paso al frente—. Aún no. Todavía no se casan. Cuando tengas los documentos firmados, cuando seas su esposa de forma oficial y el primer depósito de la alianza esté en mi cuenta, entonces ahí sí te daré tus reliquias.

Lucero aprieta el puño, sintiendo una rabia interna que le prude náuseas ante la audacia de su padre. Su familia celebra, ajena a la realidad. Ellos creen que han vendido a Lucero a un matrimonio de por vida que los mantendrá en la opulencia. No tienen idea de que ella ha firmado su propio acuerdo, uno que tiene fecha de caducidad. En un año, cuando el contrato con Ricardo expire y ella tenga su dinero, se marchará. No habrá rastro de ella ni para los Montenegro ni para los Aponte.

Dos días después, en la residencia Montenegro, el silencio en la habitación de invitados es denso, casi sólido. Ricardo Montenegro se observa en el espejo de cuerpo entero mientras ajusta el nudo de su corbata de seda oscura. El contraste es violento: hace cinco años vestía de un blanco impecable y albergaba una esperanza que hoy le parece patética; ahora, el traje es de un azul noche tan profundo que parece negro, un reflejo fiel de su escepticismo.

Sus ojos, marcados por una noche de poco sueño, analizan al hombre que le devuelve la mirada. Ya no es el joven de veinte años que temblaba de emoción; a sus veinticinco, Ricardo es una estructura de cinismo y deber. En el jardín, se ha montado una ceremonia íntima solo para la familia y los socios más cercanos. Ricardo siente una presión en el pecho, pero no es amor; no son nervios, es la asfixia de presenciar una ecsena que juro no volver a repetir.

Apenas unos metros más allá, en una habitación al final del pasillo, el ambiente es radicalmente distinto. Lucero Aponte está sentada frente al tocador, pero no ve su reflejo. Sus ojos están anegados en lágrimas que amenazan con arruinar el minucioso maquillaje que las estilistas le aplicaron hace una hora. El vestido de novia es una obra de arte: encaje francés, una silueta que realza su esbeltez y un velo de seda impecable.

—Mamá… —solloza en silencio, apretando los puños sobre la falda—. Si estuvieras aquí, nada de esto estaría pasando. Me habrías sacado de esta casa hace mucho tiempo.

El dolor por la ausencia de su madre es una herida abierta que supura ante la inminencia del compromiso. Se siente sola en un nido de víboras, a punto de ser entregada a un hombre que la ve como una transacción. Escucha pasos pesados en el pasillo y, presa del pánico, corre hacia la puerta.

—¡Lucero! ¡Abre la puerta! —La voz de Arturo, su padre, retumba desde el otro lado.

Lucero, temblando, gira la llave. Su padre entra, cerrando de un portazo. Sus ojos destilan una furia contenida. Sin mediar palabra, le tiende el brazo.

—Terminemos con esto.

La marcha nupcial comienza a sonar. En el jardín de la residencia, bajo un arco de rosas blancas, Ricardo espera. A su lado, sus padres, Valentina y Ricardo Sr., observan con una mezcla de alivio y esperanza.

Lucero aparece al final de la alfombra. Camina del brazo de su padre, quien luce una sonrisa cálida y protectora; una máscara perfecta de afecto paternal que hace que a Lucero le den ganas de gritar. Ella avanza mecánicamente, con la vista fija en el hombre que la espera. Ricardo, a pesar de su cinismo, no puede evitar que sus ojos se dilaten al verla. Lucero es una visión de belleza trágica; su palidez resalta sus facciones delicadas y su mirada, aunque vacía, posee una intensidad que lo atraviesa.

Llegan al altar. Arturo entrega la mano de su hija a Ricardo con un gesto solemne.

—Cuídala, Ricardo. Es mi tesoro más preciado —dice el hombre, fingiendo una emoción que hace que Lucero apriete los dientes.

Ricardo toma su mano. Está helada. Nota el nerviosismo en sus facciones y la inquietud en sus ojos, pero guarda silencio.

La ceremonia es breve e íntima, rodeada por los susurros de los pocos invitados. El juez de paz comienza con la lectura de los votos.

—Yo, Ricardo Montenegro, prometo cuidarte, protegerte y honrar este vínculo ante la ley y la sociedad —dice él, aunque cada palabra sale vacía y carente de seriedad.

—Yo, Lucero Aponte, prometo cumplir con mi deber, apoyarte en la adversidad y mantener la integridad de nuestra unión.

Llega el momento de la firma. Sobre una mesa lateral esperan dos documentos: el acta de matrimonio civil y el acuerdo prenupcial redactado por los abogados de los Montenegro. Tras estampar las firmas, el juez continúa.

—Por el poder que me otorga la ley, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Ricardo se gira hacia ella. Hay una tensión palpable entre ambos, una vibración de desconfianza y atracción involuntaria. Él se inclina y Lucero cierra los ojos, esperando un roce gélido; pero cuando sus labios se encuentran, la sensación es distinta. Al ser su primer beso, Lucero experimenta una inesperada descarga de electricidad. En ese mismo instante, una punzada de inquietud atraviesa su corazón ante lo que Ricardo la a hecho sentir.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo