Capítulo 7 Bienvenida tortuosa.
Nota de autor.
¡BIENVENIDA! SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ, ES PORQUE TE ESTA GUSTANDO MI HISTORIA, POR LO QUE QUIERO HACERTE UNA INVITACIÓN, PARA LEER EL LIBRO DE LOS PADRES DEL PROTAGONISTA MASCULINO, EN LA APPS DE BUENOVELA, SE LLAMA: MATRIMONIO POR BENEFICIO.
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¡Ahora sí! ¡Vamos por más! ¡Siempre juntas hasta el final!
Capítulo 7.
Bienvenida tortuosa.
Siete horas después.
Aeropuerto de la Ciudad de México.
Lucero llega a las siete de la mañana. Su maleta pesa, pero su corazón pesa todavía más. Camina hacia el área de llegadas con la expectativa de ver a Ricardo o, al menos, a un chofer con un cartel que lleve su nombre. Pasa una hora. Sesenta minutos de ser observada por extraños, de sentir el frío de la mañana calar en sus huesos. Ricardo no aparece.
Harta de la humillación, sale a la acera y detiene un taxi.
—¿Me lleva al pueblo, por favor?
—Sí, suba.
Lucero sube al taxi e intenta marcar el número de Ricardo, pero la llamada va directo al buzón de voz. Asustada y avergonzada por lo temprano que es, teme incomodar a la familia Montenegro, por lo que intenta mantener la calma durante el trayecto. El conductor no deja de mirarla por el retrovisor; su expresión inquieta y la insistencia con la que marca a su celular lo ponen en alerta.
—¿A qué parte del pueblo quiere que la lleve, señorita? —pregunta el conductor.
—A la Hacienda Montenegro, en las afueras —responde ella, agotada.
El hombre se tensa al escuchar el apellido. Mira de reojo por el espejo y escupe una maldición por la ventana.
—¿Montenegro? ¿Ese imbécil que me buscó pelea en el bar y me hizo cargar con los gastos de los daños? Ni loco. Bájese de mi auto. No llevo a nadie que tenga que ver con esa calaña.
—¡Pero por favor, no puede hacerme esto! —suplica Lucero.
—He dicho que se baje. ¡Ahora! Hasta aquí la llevo, señorita; no quiero ser grosero, bájese.
El taxista la deja en medio de una zona residencial desconocida para ella, cerca de un campus extenso. Lucero camina por la acera arrastrando su equipaje, sin más opción que seguir intentando comunicarse con él.
Hacienda Montenegro
La realidad en la hacienda es un auténtico caos. Ricardo yace completamente desnudo, boca abajo en su cama y sumergido en un sueño pesado, rodeado de botellas vacías y un fuerte olor a alcohol que flota en la habitación. El sonido persistente de unos golpes en la puerta de madera interrumpe su letargo, seguido por los pasos apresurados de Martina, la nana que lo ha cuidado desde que era un niño.
—¡Ricardo! ¡Mi niño, despierta ya! —Martina lo mueve por los hombros con urgencia, con el rostro lleno de preocupación—¿Qué haces aquí? Tu esposa llegó al aeropuerto a las siete de la mañana. Ya es tardísimo, Ricardo, tienes que ir a buscarla.
—¡Demonios! ¿Qué hora es?
—Las nueve y media. Vamos, date prisa. Y ustedes, ¡fuera, fuera! Vamos, descaradas, dense prisa.
Al incorporarse, la resaca lo golpea con la fuerza de un mazo. Un dolor punzante detrás de los ojos le impide enfocar la vista y el mundo gira por un segundo. Se sujeta la cabeza con ambas manos, emitiendo un quejido ronco.
En mitad de la carretera.
El sol empieza a calentar y el barro de la lluvia nocturna ya mancha los zapatos de Lucero. De pronto, un auto deportivo de lujo frena de golpe a su lado. El motor ruge. El conductor baja la ventanilla; lleva gafas de sol oscuras, un enorme sombrero y una sudadera que disfraza su identidad.
—¿Quiere que la lleve, señorita? —pregunta el hombre con un acento fingido, distorsionando su voz natural.
Lucero, furiosa y asustada, ni siquiera se digna a mirarlo bien.
—¡Lárguese! No necesito a ningún aprovechado. ¡Siga su camino!
—¿Segura? Estas calles son peligrosas para una mujer sola con una maleta tan grande —insiste el hombre con una pizca de burla.
Lucero se detiene y lo encara, explotando por toda la rabia acumulada de los últimos días.
—¿Acaso no me escuchó, estúpido? ¡Que se largue a la mierda! No me fastidie y siga manejando antes de que llame a la policía.
Se produce un silencio sepulcral. El hombre en el auto suelta una carcajada seca, una que ella reconoce perfectamente. Se quita las gafas de sol, revelando sus profundos ojos azules.
—Como digas… Lucerito.
Lucero se queda petrificada.
—¡Joven Ricardo! —grita, dándose cuenta de su error.
Pero ya es tarde. Ricardo pisa el acelerador a fondo. Los neumáticos chirrían sobre el pavimento mojado, levantando una ola de lodo y agua estancada que impacta directamente contra el vestido marfil de Lucero.
—¡Ricardo! ¡Ah, imbécil! ¡Regresa aquí!
Mientras el auto deportivo se aleja a toda velocidad, dejando atrás la silueta furiosa de Lucero en mitad de la calle, Ricardo aprieta el volante con fuerza. La adrenalina del momento comienza a bajar. Se detiene un instante en el arcén; quiere retroceder, pero piensa en el dolor de cabeza que le retumba en los oídos y el orgullo le gana la batalla. Regresa solo a la hacienda, donde se topa con su nana en la entrada.
—¿Y bien? ¿Dónde está? —pregunta Martina, cruzándose de brazos.
—Se puso furiosa. Manda a buscarla con Florencia, que pase por ella de camino, no tengo paciencia para lídear con ella en este momento.—ordena él, bajándose del auto de mal humor.
—¿Ricardo, y si le pasa algo?
—Con esa boca tan sucia que tiene, te aseguro que ningún tipo querrá acercársele.
En el campo.
Completamente exhausta, Lucero se rinde. Se agacha junto a su pesada maleta a la orilla del camino, apoyando la frente sobre sus rodillas en un intento desesperado por contener las lágrimas de rabia. Se siente pequeña, desamparada y profundamente sola en un país que no es el suyo.
El sonido de un motor diésel, la obliga a levantar la vista. Un auto oscuro se detiene suavemente a unos pasos de ella. La portezuela se abre y Florencia baja de prisa, mostrando una expresión amable.
—¿La llevo, señorita? —pregunta Florencia con cortesía, extendiendo una mano hacia la maleta.
Lucero la observa, limpiándose el rostro con el dorso de la mano. La amabilidad en la voz de la mujer es el primer bálsamo que recibe en todo el día.
—Sí, por favor… —responde Lucero, poniéndose en pie con dificultad—Mire, voy a la Hacienda Montenegro. ¿Podría llevarme hasta allá?
Florencia sonríe con dulzura, abriendo la puerta del asiento trasero para ella.
—Sí, por supuesto. Suba, señorita.
Minutos después, Lucero llega a la entrada de la propiedad. Se baja frente a los grandes portones de hierro hecha un desastre: el cabello despeinado, el vestido manchado de tierra y una furia que podría incendiar la capital.
Ricardo está allí, apoyado en la columna de la entrada, sosteniendo una taza de café negro. Se ve impecable, como si no tuviera la menor gota de resaca en el cuerpo.
—Uumm —carraspea Lucero, plantándose frente a él con los brazos cruzados. Sus ojos echan chispas—Disculpa… ¿Olvidaste algo?
