Capítulo 1 "Necesitas una esposa"
Alexander
—¡Papá! —chillaron Axel y Ava, mis mellizos de cuatro años y medio, al verme cruzar la puerta.
Me inqué en el suelo y abrí los brazos para recibirlos. Si había algo que agradecía a la vida, aparte de tenerlos a ellos, era poder llegar vivo a casa cada día para verlos sonreír.
Mi relación con Chloé Sabetta, una modelo exitosa europea, solo sirvió para demostrarme de lo que están dispuestas algunas mujeres por dinero. No llegué a enamorarme de ella, pero sí hubo un punto en el que deseé formalizar más nuestra relación. No quería tener hijos de forma apresurada, pero eso no fue problema para Chloé. Esa mujer estaba ahí por una razón, y embarazarse del empresario más famoso del momento era su prioridad.
—¡Papá, Ava se comió mi pony de gomita! —se quejó Axel, cruzándose de brazos mientras culpaba a su hermana.
Los tomé de la mano a ambos y fuimos juntos hasta la sala de estar. Me senté en el amplio sofá y los dos pequeños se acurrucaron encima de mí, uno sobre cada muslo.
—Princesa, ¿qué te he dicho de los juguetes de tu hermano? —le hablé serio, pero con voz suave.
—Es que no quería prestármelo —se excusó la pequeña, haciendo un puchero y pegando el rostro contra mi pecho.
Ambos tenían el cabello rubio, heredado de su madre, y los ojos azules por mi parte. Demás estaba decir que eran preciosos.
—¿Es eso cierto?
—¡Ella tiene una gata rosa de gomita que nunca me deja tocar, papá! —inquirió Axel, señalando a Ava.
—Escuchen, los hermanos no pelean, deben jugar juntos y compartir los juguetes, sino papá se pone triste y no tendrá ánimos de comprar más. Ahora estoy muy molesto y quería llevarlos al acuario, pero...
—¡Queremos ir, por favor! —suplicó la niña, seguida por su hermano.
—¡Sí, porfa! Prometemos que jugaremos juntos sin pelear, ¿verdad, Ava?
—¡Verdad!
—¿Están seguros de que pueden compartir los juguetes?
—¡Sí!
—Bien, entonces vamos a alistarnos.
Ordené a los niños cambiarse de ropa en compañía del ama de llaves y aproveché para buscar a mi padre, quien pasaba casi todo el día con mi madre en la habitación. El cáncer lo había atado a la oscuridad de esas cuatro paredes, y cuando la enfermedad no lo había alcanzado por completo; su mente ya lo había hecho primero.
—¿Puedo pasar? —cuestioné, asomándome por el espacio entreabierto de la puerta.
—Claro —dijo Fiora, mi madre. Estaba sentada en el borde de la cama acariciándole una mano a papá—. ¿Ya viste a los niños? Llevan toda la mañana peleando.
—Ya se perdonaron, iremos al acuario.
—Por eso se comportan así, los consientes en todo.
Mi madre rodó los ojos y se puso de pie para depositar un beso en mi mejilla.
—Haz que salga de estas cuatro paredes.
—Lo voy a intentar.
No se lo prometí, pero haría todo lo posible.
Fiora se marchó, dejándonos solos. Me situé al lado de la cama y lo observé con decepción. Jamás pensé que un exlíder de la mafia fuera a esconderse en un cuarto oscuro detrás de la cara de una enfermedad.
—Cuando recibí mi primer disparo me dijiste que un hijo de Carlo Gabini no sentía dolor; me obligaste a aguantar cada punto a sangre fría, ¿recuerdas?
Mi padre asintió, manteniendo el rostro neutro.
—Qué fácil se rinde un Boss.
—Eso nunca. No estoy mal, estoy aquí por una razón. Ya es hora de que tomes el mando.
—No puedo —espeté, negando con la cabeza mientras caminaba de un lado a otro por la habitación.
—No es cuestión de poder o no, es tu responsabilidad. Hoy sería Sandro quien nos representara, pero esas alimañas...
—No hablemos de él. Ya te dije que me haré cargo de acabar con los Martínez y con el cerdo que lo mató.
—Alex, sin el mando no llegarás a ningún lado. Tienes que tomar el control, y no lo pienso discutir.
Cuando mi padre hablaba era imposible llevarle la contraria.
Yo tenía una empresa y una asociación que dirigir. Cada mes daba conferencias, cerraba tratos multimillonarios y proporcionaba avances y fondos para la CIA. No me creía apto para llevar tantas cosas al mismo tiempo. De vez en cuando, cuando mi padre me necesitaba para un trabajo, no lo pensaba dos veces para cumplir, pero liderar toda una organización de mafiosos ya era distinto.
—Es demasiado para mí, no me creo capaz.
—Fuiste capaz de aguantar la extracción de tres tiros a sangre fría. Por supuesto que podrás con esto.
—No es lo mismo. Yo no soy como mi hermano, por algo lo escogiste a él.
No lo decía con celos ni mucho menos con envidia. Siempre había agradecido que mi padre me permitiera vivir al límite del legado familiar sin involucrarme demasiado. Mi trabajo más importante allí era crear los planes perfectos e idear las estrategias de cada paso que daban los pertenecientes a su organización. Con eso estaba cómodo y así pensaba permanecer.
—Lo escogí porque Sandro tenía un espíritu de liderazgo fuerte como yo. No lo pensaba dos veces para asesinar a los traidores... Pero fue demasiado impulsivo, pocas veces seguía mis órdenes, quería trabajar por su cuenta y le faltaba lo que a ti te sobra: inteligencia. Si te daba ese cargo a ti, ¿quién elaboraría los planes, las emboscadas, los secuestros de familias enteras de nuestros enemigos?
—No tiene sentido. Me acabas de dar la razón. Ahora tampoco puedo ser el próximo líder, no podría con tres cosas a la vez.
—¿Sabes cómo conquisté todo esto? —me cuestionó con nostalgia mientras se perdía en sus pensamientos—. Gracias a la mujer que se volvió lo más importante de mi vida en mis peores momentos.
—¿Mamá? —pregunté, deteniéndome frente a la cama y cruzándome de brazos para escuchar atentamente.
—Sin ella no hubiese sido ni la mitad del hombre que soy ahora. Me conoció en este mundo y aun así se quedó. Es la única persona que se ocupaba de mis heridas; ni una bala de mi cuerpo fue extraída sin sus manos amorosas.
—No te puedo explicar lo cursi que te escuchas, papá.
—En mi casa me comporto como me da la gana, Alex, y si es para hablar de tu madre no tienes idea de lo que soy capaz de decir. Un Boss no vale nada si no respeta y ama a su madre y a su esposa. Recuerda eso siempre.
Las sabias palabras de mi padre me hicieron reflexionar. Jamás le había escuchado hablar de esa manera. En ese momento dejó de ser el hombre rudo que aparentaba frente a sus hombres y enemigos.
—Es hora de que encuentres a la mujer correcta para que te guíe.
—No necesito a ninguna mujer para eso. Bastante tuve con Chloé.
—Eso te pasó por imbécil. Si le hubieras hecho caso a tu madre cuando te dijo que era una cazafortunas...
—Si le hubiera hecho caso, mis hijos no habrían nacido, así que me alegro de haber embarazado a una interesada.
—Cierto... Alexander, no te estoy dando más opciones. Estoy muriendo y tienes que hacerte cargo. Busca una esposa y podrás no solo con tu empresa y la dinastía, sino también con el mundo entero.
Aquello me hizo reflexionar de una manera distinta. ¿Realmente era eso lo que necesitaba? Estaba a punto de cumplir treinta y dos años, tenía unos hijos preciosos, pero sentía un vacío que hasta el momento no había podido llenar. ¿Acaso mi felicidad estaba en una mujer? ¿Cómo volver a confiar después de lo que mi ex me había hecho? ¿Cómo tomarían mis hijos la presencia de una novia en casa?
Regresé al salón sin dejar de darle vueltas al tema y decidí dejar mis pensamientos para otro momento y concentrarme en mis hijos y en el anuncio que había hecho hacía una semana para encontrarles una niñera a tiempo completo.
