Capítulo 1 1
―Si me dices otra vez que me relaje, te juro que te pateo desde aquí arriba.
El chico situado debajo del aro levantó las manos.
―Técnicamente tendrías que soltarte primero.
―No me provoques.
―No te provoco. Estoy valorando posibilidades.
Apreté las rodillas alrededor del metal.
Cinco metros podían parecer pocos desde el suelo.
Desde arriba eran una decisión judicial.
―Nerea ―llamó el instructor―, baja una pierna.
―No.
―Necesito que la bajes.
―Mi pierna y yo hemos hablado. Se queda.
Una carcajada llegó desde abajo.
Lo fulminé con la mirada.
Cabello oscuro, camiseta sin mangas y la tranquilidad ofensiva de alguien que disfrutaba viendo a otras personas colgadas del techo.
―¿Tú quién eres? ―pregunté.
―El que va a atraparte si decides declarar la independencia de esa pierna.
―No necesito que me atrapes.
―Eso suele decir la gente justo antes de necesitarlo.
Odié su sonrisa inmediatamente.
Mi primer día en Faro Cero llevaba diecisiete minutos.
Ya estaba considerando cambiar de carrera.
Necesitaba seis créditos optativos para graduarme en diseño industrial. La universidad había ofrecido un convenio absurdo: artes aéreas, cuarenta horas, proyecto final sobre movimiento y estructuras.
Sonaba mejor en el formulario.
El instructor, Iriazo, volvió a hablar.
―Nerea, mírame. Vas a desenganchar la rodilla derecha y dejar que el peso pase a tus manos.
―Eso contradice mi interés por seguir viva.
―Estás a menos de dos metros.
Miré hacia abajo.
―Mentiroso.
El chico volvió a reír.
―Tiene buena percepción espacial.
―Sandro, deja de ayudar ―dijo Iriazo.
Sandro.
Nombre registrado para futuras denuncias.
Respiré y bajé la pierna.
El aro se movió.
Mi estómago también.
―No, no, no.
―Te tengo ―dijo Sandro.
―No me tienes.
―Todavía no.
Una mano se posó en mi cintura.
Otra sostuvo mi muslo cuando descendí demasiado rápido.
Mi cuerpo terminó contra el suyo.
El impacto fue pequeño.
La humillación, enorme.
―Ya puedes soltarme.
―Cuando pongas los dos pies en el suelo.
―Están en el suelo.
Miró hacia abajo.
―Confirmado.
Me soltó.
El calor de sus manos permaneció donde había estado.
Eso me molestó todavía más.
―No vuelvas a tocarme sin avisar.
La sonrisa desapareció.
―Tienes razón.
Esperaba una broma.
No llegó.
―¿Ya?
―Ya qué.
―¿No vas a discutir?
―Si dices que avise, aviso.
Aquello desorganizó mi enfado.
―Bien.
―Bien.
Iriazo aplaudió desde el centro de la sala.
―Cinco minutos de descanso.
Caminé hacia mi botella.
Sandro apareció a mi lado.
―Para ser tu primera clase, no estuvo mal.
―Casi muero.
―Caíste treinta centímetros.
―Con mucha intensidad.
―Eso sí.
Bebí agua.
―¿Siempre te ríes de principiantes?
―Solo de los que amenazan con patearme mientras están atrapados en un aro.
―Era una amenaza seria.
―Me siento advertido.
Miré su hombro descubierto.
Tenía una cicatriz blanca cerca de la clavícula.
Aparté la vista antes de que notara que estaba mirando.
Lo notó.
Claro.
―¿Quieres preguntar?
―No.
―Eso fue rápido.
―Sé controlar la curiosidad.
―Qué talento tan triste.
―¿Y tú no sabes controlar nada?
―Depende.
―¿De qué?
Sandro sonrió.
―De si vale la pena.
Suspiré.
―Eres insoportable.
―Llevamos nueve minutos hablando.
―Suficientes.
Después del descanso, Iriazo nos enseñó una caída básica sobre telas.
Cuando dijo “caída”, recogí mi mochila.
―¿Adónde vas? ―preguntó Sandro.
―A una actividad donde el vocabulario no incluya accidentes.
―Está ensayada.
―Los accidentes también.
Iriazo me señaló una colchoneta.
―Hoy solo practicarás desde un metro.
―Qué alivio. Mi funeral será económico.
Sandro se sentó en el suelo.
―Puedo hacerla primero.
―No necesito demostración.
―Yo sí necesito presumir.
Subió por las telas con una facilidad irritante.
En pocos segundos quedó suspendido.
Iriazo dio la señal.
Sandro soltó parte del amarre y cayó.
El tejido frenó su cuerpo antes del suelo.
Mi corazón reaccionó como si hubiera sido yo.
Sandro quedó boca abajo.
―¿Ves?
―Veo problemas psicológicos.
―También.
Descendió sonriendo.
―Tu turno.
―Prefiero reprobar.
―Diseño industrial, ¿verdad?
Fruncí el ceño.
―¿Cómo sabes?
―Está escrito en tu ficha.
―No leas fichas ajenas.
―Estaba al lado de la mía.
―Convenientemente.
Iriazo me entregó las telas.
―No tienes que hacerlo hoy.
Eso debería haberme tranquilizado.
En cambio, miré a Sandro.
Él no se estaba riendo.
―¿Tú crees que puedo?
―Sí.
―Ni siquiera me conoces.
―No necesito conocerte para saber que llevas veinte minutos mirando cómo se hace y corrigiendo mentalmente cada movimiento.
Lo odié otra vez.
Porque tenía razón.
―Si me caigo...
Sandro se puso de pie.
―Te atrapo.
―No hagas promesas estúpidas.
Su expresión cambió.
―Entonces no es una promesa. Es mi trabajo mientras estés arriba.
Subí.
Un metro.
Nada más.
Aun así, mis manos sudaban.
Iriazo indicó el amarre.
Lo hice.
―Ahora inclínate.
―No.
Sandro se colocó frente a mí.
―Nerea.
―¿Qué?
―Mírame.
Lo hice.
Error.
Sus ojos eran demasiado tranquilos.
―No mires el suelo.
―Necesito saber dónde está.
―Va a seguir ahí.
―Muy gracioso.
―No era broma.
Solté una mano.
Luego la otra.
La tela sostuvo mi cintura.
Mi respiración se descontroló.
―Eso es ―dijo Sandro.
―No digas “eso es” como si estuviéramos en una película barata.
―¿Prefieres que recite instrucciones técnicas?
―Sí.
―Centro de gravedad estable. Nudo seguro. Colchoneta debajo. Instructor certificado. Chico guapo disponible para emergencias.
Me reí.
La tensión cedió.
―La última parte sobra.
―La evaluación estética es subjetiva.
Descendí.
Esta vez no necesité que me sostuviera.
Cuando mis pies tocaron el suelo, sonreí antes de evitarlo.
Sandro lo vio.
Y por alguna razón, que él pudiera leerme con facilidad me dejó más incómoda que la altura.
―Te gustó.
―Sobreviví.
―No es lo mismo.
―Para mí hoy sí.
Al terminar la clase, fui hasta recepción para preguntar cómo cambiar de horario.
No porque quisiera huir.
Eso me repetí.
La recepcionista revisó la computadora.
―Solo queda este grupo.
Perfecto.
―Entonces me quedo.
―Buena decisión ―dijo una voz detrás.
Me giré.
Sandro llevaba una sudadera abierta y el cabello húmedo.
―¿Escuchas conversaciones ajenas por deporte?
―No. Por cercanía.
―Eso tampoco mejora.
Iriazo apareció con una carpeta.
―Sandro, necesito hablar contigo.
―¿Pasó algo?
―Lena se lesionó ayer. No llegará a Altura Dos.
Sandro dejó de sonreír.
―¿Seguro?
―Rotura parcial. Se acabó la temporada.
No sabía quién era Lena ni qué era Altura Dos.
Hasta que Iriazo me miró.
Después miró a Sandro.
No me gustó.
―No ―dije.
Iriazo arqueó una ceja.
―Todavía no he hablado.
―Tu cara sí.
Sandro miró entre ambos.
―Es principiante.
―Lo sé.
―Lleva una clase.
―También lo sé.
Di un paso atrás.
―Me encanta que esta conversación confirme que todos conservan cierta razón.
Iriazo abrió la carpeta.
―Tenemos seis semanas antes del clasificatorio.
―No.
―Nerea...
―No sé qué están planeando, pero no.
Sandro me observó durante unos segundos.
Entonces sonrió lentamente.
―Yo digo que sí.
―Nadie te preguntó.
―Todavía.
―¿Sí a qué?
Iriazo suspiró.
Sandro se acercó lo suficiente para que tuviera que levantar la cabeza.
―A convertir a la mujer que acaba de amenazarme con una patada en mi compañera para una competición aérea.
Me reí.
Él no.
―Estás loco.
―Probablemente.
―No voy a competir contigo.
Sandro inclinó la cabeza.
―Eso dijiste antes de subirte.
―¿Y?
Su mirada cayó un segundo sobre mi boca y volvió a mis ojos.
―Y ya descubrí una cosa sobre ti, Nerea: cuando dices que no antes de intentarlo, casi siempre estás pensando en qué tendría que pasar para terminar diciendo que sí.
