Capítulo 2 2
―No voy a competir contigo.
Sandro cruzó los brazos.
―Lo escuché la primera vez.
―Entonces deja de mirarme como si estuviera negociando.
―Porque estás negociando.
―Estoy rechazando.
―Con demasiadas preguntas para ser un rechazo.
Iriazo cerró la carpeta.
―Cinco minutos. Después seguimos con la clase.
―No hay nada que seguir ―dije.
Sandro caminó detrás de mí hasta los bancos.
―¿Quieres saber qué es Altura Dos?
―No.
―Es una competición regional de dúos aéreos.
―Acabas de explicármelo.
―Quieres saber más.
―Quiero saber por qué alguien con experiencia elegiría a una mujer que hace media hora amenazaba a un aro.
―Porque aprendes rápido.
Me senté.
―Eso no basta.
―Tienes fuerza.
―Tampoco.
―Memoria corporal.
―Una clase.
―Y miedo.
Levanté la cabeza.
―Qué argumento tan brillante.
Sandro se sentó frente a mí.
―El miedo bien usado te vuelve cuidadosa. Mi última compañera era buenísima, pero confiaba demasiado en que todo saldría bien.
―¿Y tú?
―Yo confío en que puede salir mal.
Eso no encajaba con el hombre que parecía dispuesto a saltar desde cualquier superficie.
―Entonces no eres tan idiota.
―Gracias. Lo guardaré cerca del corazón.
―No era un cumplido.
―Ya era hora de que llegaras a esa fase.
Me levanté.
―No existe ninguna fase.
―Claro.
Iriazo llamó al grupo y regresamos al centro.
Intenté concentrarme.
Fue difícil con Sandro a tres metros.
Peor cuando Iriazo dijo:
―Hoy trabajaremos apoyos básicos por parejas.
―No.
Iriazo me miró.
―Otra vez.
―No quiero entrenar con él.
Sandro levantó la mano.
―Yo sí.
―Nadie te preguntó.
―Tengo iniciativa.
―Tienes un problema.
Iriazo señaló a Sandro.
―Como él es apoyo avanzado, trabajarás con él. Sin figuras de competición. Solo seguridad.
Perfecto.
Sandro se colocó detrás de mí.
―Voy a tocar tu cintura.
―Gracias por avisar.
―Aprendo rápido también.
―No te emociones.
Sus manos se apoyaron a ambos lados de mi cintura.
El contacto era firme.
Cálido.
Demasiado consciente.
―Ahora carga peso hacia atrás ―indicó Iriazo.
―¿Sobre él?
―Sobre mí ―dijo Sandro.
―No me gusta.
―Eso ya lo sé.
―Me refiero a depender de alguien que conocí hoy.
―Entonces empieza con un veinte por ciento.
―¿Mediste eso?
―No. Quería sonar técnico para impresionarte.
Solté una risa.
―Fracasaste.
―Pero te reíste.
Incliné el cuerpo hacia atrás.
Sus manos se ajustaron.
El ejercicio era simple.
Yo lo convertía en un análisis estructural.
―Más ―dijo Sandro.
―No.
―Un poco.
―No.
―Cinco centímetros.
―Eres insistente.
―Tú eres pesada.
Me giré.
―¿Perdón?
Sandro abrió mucho los ojos.
―Físicamente. Por gravedad. Todos somos pesados.
―Excelente recuperación.
―Casi muero.
―Todavía podemos arreglarlo.
Volvimos a intentarlo.
Esta vez me dejé caer más.
Sandro sostuvo mi peso.
Su pecho quedó detrás de mi espalda.
―Respira.
―Estoy respirando.
―Como si estuvieras redactando una demanda.
―Es una respiración válida.
Su risa me rozó el oído.
Error.
Mi cuerpo reaccionó con un escalofrío que no tenía relación con la altura.
Me incorporé demasiado rápido.
―¿Qué pasó? ―preguntó.
―Nada.
―Te pusiste rígida.
―Estoy aprendiendo.
―Eso no fue por el ejercicio.
Lo miré.
―No interpretes mi cuerpo.
Su expresión se volvió seria.
―Tienes razón.
Otra vez.
Ni broma.
Ni discusión.
―¿Seguimos? ―preguntó.
Asentí.
Y esa pequeña obediencia me desarmó más de lo necesario.
Al terminar, Bruna me esperaba afuera con dos panes rellenos.
―Necesito saber por qué me escribiste “estoy rodeada de lunáticos”.
―Porque lo estoy.
―¿El guapo de la camiseta negra es uno?
Miré hacia la sala.
Sandro recogía telas.
―Especialmente ese.
Bruna lo observó.
―Entiendo tu sufrimiento.
―No estás ayudando.
―Estoy solidarizándome.
Le conté lo de la competición.
Bruna dejó de comer.
―Hazlo.
―No.
―Tienes seis créditos pendientes.
―Eso no significa que deba convertirme en acróbata.
―Significa que deberías preguntar si puede servirte para el proyecto final.
Me quedé quieta.
―No.
―Esa cara significa que no se te había ocurrido.
―No pienso aceptar por créditos.
―Pregunta primero. Rechaza después con información.
Odiaba cuando alguien utilizaba lógica contra mí.
―Te odio.
―No más que al acróbata.
―A él lo conozco hace dos horas.
―Y ya pronunciaste su nombre cuatro veces.
―Porque es el problema.
―Claro.
Mi teléfono vibró.
Correo de la universidad.
Abrí el programa de la asignatura optativa.
“Proyecto final: análisis y diseño de un elemento aplicado al movimiento humano.”
Bruna leyó por encima de mi hombro.
―Qué coincidencia tan indecente.
―No significa nada.
―Podrías diseñar algo para la rutina.
―No existe ninguna rutina.
―Todavía.
Guardé el teléfono.
―Voy a preguntar.
―Sabía que dirías sí.
―Voy a preguntar.
―Primer síntoma.
Regresé a Faro Cero.
Sandro estaba solo, colgado de una tela a varios metros.
―¿Siempre haces eso cuando nadie te vigila?
Descendió.
―Creí que te habías ido.
―Volví.
―Eso suele gustarme en una mujer.
―No coquetees.
―Todavía no había empezado.
―Entonces mantenlo así.
Se limpió las manos.
―¿Qué quieres?
―Información.
―Temí que fuera una despedida definitiva.
―Puedo hacer ambas.
―Cruel.
Le mostré el programa.
―Necesito diseñar un elemento aplicado al movimiento humano.
Sandro leyó.
―Interesante.
―No sonrías.
―No estoy sonriendo.
―Ya conozco esa mentira.
―Podrías diseñar agarres, una pieza escénica, un sistema modular.
―Lo sé.
―Y probarlo aquí.
―Eso también lo sé.
―Entonces has vuelto porque necesitas saber si competir te permitiría documentarlo.
Me molestó que llegara tan rápido.
―Quizá.
―Sí.
―¿Sí qué?
―Iriazo puede firmar seguimiento técnico y Faro Cero tiene convenio con tu universidad.
―¿Cómo sabes eso?
―Una chica de arquitectura hizo algo parecido el semestre pasado.
Maldición.
―Eso no significa que aceptaré.
―No he dicho nada.
―Tu cara habla demasiado.
Sandro se acercó.
―¿Quieres probar una cosa?
―Depende.
―Una figura básica de dúo. Sin altura.
―No soy tu compañera.
―Precisamente. Si después sigues pensando que es imposible, dejo de insistir hoy.
―¿Hoy?
―Negocio con honestidad.
Debí irme.
En cambio, dejé la mochila.
―Una.
Sandro sonrió.
―Una.
Me llevó hasta la colchoneta.
―Ponte frente a mí.
―Eso ya lo hago.
―Ahora dame las manos.
―Esto parece sospechosamente romántico.
―Es porque tienes imaginación.
Le di las manos.
Sus dedos cerraron los míos.
―Voy a inclinarme hacia atrás. Tú haces lo mismo. El peso se equilibra.
―Si me sueltas...
―No te suelto.
―No prometas.
Sandro sostuvo mi mirada.
―Entonces compruébalo.
Nos inclinamos.
Su peso sostuvo el mío.
El mío sostuvo el suyo.
Por un segundo quedamos suspendidos en un equilibrio absurdo, mirándonos demasiado cerca.
―¿Ves? ―murmuró.
―Veo que funciona.
―No preguntaba por la figura.
Mi respiración cambió.
―No empieces.
―Nerea.
―¿Qué?
―Si fueras completamente indiferente, ya te habrías ido.
Solté sus manos y recuperé el equilibrio.
―Y si tú fueras tan seguro como finges, no necesitarías convencerme tanto.
Por primera vez, Sandro se quedó callado.
Sonreí.
―Buenas noches.
Tomé mi mochila.
―Nerea.
Me giré.
Su expresión ya no era juguetona.
―No te elegí porque seas fácil de convencer.
―Entonces ¿por qué?
Sandro dio un paso hacia mí.
Me sorprendió. Había esperado otro chiste, una provocación, cualquier cosa que me permitiera descartarlo. En cambio, estaba hablando en serio. Miré sus manos y después las telas detrás de él. Por primera vez, realmente no parecía un hombre buscando peligro por diversión. Parecía alguien que sabía exactamente cuánto podía costar un error.
―Porque cuando tienes miedo haces preguntas, calculas, protestas y aun así subes. Y necesito una compañera que no me siga ciegamente cuando yo sea el que esté a punto de cometer una estupidez.
