Capítulo 3 3

―Eso no suena como un cumplido.

Sandro inclinó la cabeza.

―No lo era.

―Qué encantador.

―Era una razón.

―Peor.

Me puse la mochila al hombro.

―Buenas noches.

―¿Vas a pensarlo?

―No.

―Eso fue demasiado rápido.

―Pienso rápido.

―Mientes rápido.

Resoplé y salí de Faro Cero antes de regalarle otra respuesta.

El problema fue que, camino a casa, seguí pensando en lo que había dicho.

No quería una compañera que lo siguiera.

Quería una que supiera frenarlo.

Y precisamente por eso me molestaba.

Al día siguiente llevé el programa de mi proyecto a la universidad.

Cássian Roldán lo leyó sentado sobre mi mesa de trabajo.

―Artes aéreas.

―No pongas esa cara.

―Estoy decidiendo si felicitarte o pedir un seguro.

―Todavía no acepté competir.

―Pero ya investigaste materiales para agarres desmontables.

Cerré la carpeta.

―Eso se llama previsión.

―Eso se llama enamorarte de una idea.

―De una idea.

―He dicho exactamente eso.

Lo miré.

Cássian sonrió.

―¿El compañero está bueno?

―¿Qué tiene que ver?

―Mucho, según mi experiencia académica.

―Tu experiencia académica consiste en enamorarte de cualquiera que use gafas.

―Tengo criterios.

―Tienes un fetiche óptico.

Se rio.

―Entonces sí está bueno.

―Es irritante.

―No pregunté eso.

―Y no pienso contestar.

Cássian levantó ambas manos.

―Respuesta obtenida.

Le quité mi carpeta.

―Voy a presentar la propuesta técnica. Nada más.

―Claro.

Consideré golpearlo con una regla.

Esa tarde regresé a Faro Cero.

Iriazo estaba revisando arneses.

―Quiero hacer una prueba.

Levantó una ceja.

―¿Competición?

―Prueba.

―Entendido.

Sandro apareció detrás de una tela.

―¿Escuché bien?

―No te emociones.

―Estoy intentando.

―Fallas.

Se acercó.

Llevaba una camiseta gris pegada por el sudor y el cabello todavía húmedo de entrenamiento.

―¿Qué quieres probar? ―preguntó.

―Una secuencia completa.

Su sonrisa desapareció.

―¿Completa?

―Básica.

―Y si no me gusta, no vuelves a insistir durante una semana.

―Tres días.

―Cinco.

―Cuatro.

―Hecho.

Extendió la mano.

Lo miré.

―No voy a estrecharla.

―¿Por qué?

―Porque cada vez que te doy la mano terminas intentando convertirlo en algo simbólico.

Sandro guardó la mano.

―Me conoces demasiado rápido.

―Ese es otro problema.

Iriazo eligió una secuencia de dúo a baja altura.

Nada de caídas ni giros bruscos.

Solo apoyos, contrapesos y una figura final donde yo subiría sobre los muslos de Sandro mientras él estabilizaba mi cintura.

Sencillo sobre papel.

―Empiezo detrás de ti ―dijo Sandro.

―Avísame antes de tocar.

―Siempre.

Se colocó a mi espalda.

―Manos en cintura.

―Sí.

Sus palmas se apoyaron sobre mí.

Respiré.

―¿Bien?

―Sí.

―Dímelo si cambia.

―No necesito un cuestionario cada treinta segundos.

―Perfecto. Cada cuarenta.

Me reí.

―Idiota.

―Con consentimiento.

Iriazo dio la señal.

Avanzamos.

Yo giré.

Sandro recibió mi antebrazo.

Después cruzamos posiciones y tuve que dejar caer parte de mi peso hacia él.

Funcionó.

En el tercero, mi pie resbaló.

Sandro reaccionó antes que yo.

Una mano sostuvo mi espalda.

La otra quedó debajo de mi muslo.

Mi cuerpo terminó pegado al suyo.

Demasiado.

―Te tengo.

―Ya lo noté.

Su cara estaba a centímetros.

―¿Estás bien?

―Sí.

No me soltó todavía.

―Sandro.

―Estoy comprobando que apoyes bien el pie.

―Mi pie está bien.

Sus ojos bajaron un segundo hacia mi boca.

―Tu respiración no.

Me separé.

―Repetimos.

Sandro parpadeó.

―¿Esperabas flores? ―pregunté.

―Después de cómo me miraste, al menos una disculpa.

Iriazo tosió desde lejos.

―Puedo escucharlos.

Me tapé la cara mientras Sandro reía.

―Cállate.

―Valió la pena.

Repetimos la secuencia cuatro veces.

En la quinta llegamos a la figura final.

Sandro flexionó las piernas.

―Apoya un pie aquí.

Señaló su muslo.

―Eso parece inestable.

―Yo soy la estructura.

―No digas eso frente a una diseñadora.

―Confía un poco.

Puse el pie.

Sus manos tomaron mi cintura.

Subí.

De pronto quedé por encima de él, sostenida únicamente por su equilibrio y mis piernas.

―No me sueltes.

Sandro levantó la vista.

―No pienso hacerlo.

―No prometas.

―Esta vez sí.

La seguridad en su voz me desarmó.

Extendí los brazos.

Iriazo indicó:

―Tres segundos.

Uno.

Dos.

Sandro hizo una mueca.

Pequeña.

Pero la vi.

Tres.

Bajé inmediatamente.

―¿Qué pasó?

―Nada.

―Hiciste una cara.

―Tengo muchas.

―Esa fue de dolor.

―Nerea...

―¿Dónde?

―No pasó nada.

Me acerqué.

―Hombro.

Su silencio respondió.

―¿Te duele?

―Está cargado.

―Eso no es lo mismo que no doler.

―Entrené antes.

―¿Y pensabas sostenerme así?

―Puedo hacerlo.

―No pregunté eso.

Sandro apretó la mandíbula.

Ahí estaba.

La primera grieta.

―¿Te lesionaste?

―Hace años.

―¿Y está bien?

―Sí.

Demasiado rápido.

―Mientes fatal.

―Tú también.

―No cambies de tema.

Iriazo se acercó.

―¿Qué ocurre?

―Su hombro.

Sandro me miró.

―No necesitabas anunciarlo.

―Si afecta una figura conmigo, sí.

Iriazo observó su postura.

―¿Otra vez?

―Solo carga.

―Hielo después.

―Sí.

No me gustó el “otra vez”.

Nada.

Terminamos sin repetir la figura.

Sandro se sentó junto a la pared con una bolsa fría sobre el hombro.

Me acerqué.

―Estás enfadado.

―No.

―Tu mandíbula discrepa.

―No me gusta que hablen de mí como si no estuviera.

―Entonces contesta cuando te pregunto.

Me miró.

―No estás compitiendo conmigo todavía.

―Precisamente.

―¿Qué significa eso?

―Que si pretendes convencerme, necesito saber qué estoy aceptando.

Su expresión se endureció.

―Mi hombro no es tu problema.

―Mientras me sostengas, sí.

Silencio.

Sandro apartó la bolsa de hielo.

―Tuviste una clase ayer y ya quieres revisar mi historial médico.

―No quiero tu historial. Quiero saber si vas a soltarme.

―No.

―¿Cómo puedes asegurarlo?

―Porque sé lo que puedo hacer.

―Eso dicen todos antes de equivocarse.

La frase salió con más fuerza de la necesaria.

Sandro me estudió.

―Esto no es solo por el entrenamiento.

―No psicoanalices.

―No lo hago.

―Entonces no preguntes.

Se levantó.

Quedamos frente a frente.

―Está bien.

Otra vez.

Ese retroceso inmediato.

Me irritó porque me hacía querer explicar cosas que no pensaba explicar.

―Mi madre se ha casado tres veces.

Sandro no dijo nada.

―Cada vez juraba que había encontrado algo definitivo. Cada vez yo tenía que aprender una casa nueva, una rutina nueva, una versión nueva de nosotros.

Su expresión cambió.

―Nerea...

―No te lo cuento para que me tengas lástima.

―No iba a hacerlo.

―Bien.

―¿Por eso odias las promesas?

Lo miré.

―Odio que la gente prometa lo que no puede controlar.

Sandro bajó la vista hacia su hombro.

Lo entendió.

―Entonces no te prometo que nunca voy a fallar.

―Eso ya mejora.

―Pero sí te prometo decirte cuando algo no esté bien.

―Acabas de ocultarlo.

―Y tú acabas de pillarme.

―No es un buen comienzo.

―Puedo mejorar.

―Eso está por verse.

Sonrió apenas.

―¿Significa que vas a darme tiempo para demostrarlo?

Maldición.

Había caído.

―Significa que voy a hacer otra prueba.

―¿Mañana?

―Pasado.

―¿Competición?

―Prueba.

―Claro.

―No digas claro.

―Lo siento.

Recogí mi mochila.

Antes de irme, miré su hombro.

―Ponte hielo veinte minutos.

―Sí, doctora.

―Diseñadora.

―Mucho más aterrador.

Di dos pasos.

―Nerea.

Me giré.

Sandro seguía contra la pared.

―¿Qué?

―Cuando dijiste que no querías que te soltara, no estabas hablando solo de la figura, ¿verdad?

Mi cuerpo se tensó.

―No conviertas todo en coqueteo.

―No estoy coqueteando.

―Entonces ¿qué haces?

Su mirada se sostuvo en la mía.

―Intentando averiguar por qué me importa tanto que algún día confíes en mí incluso cuando los dos estemos con los pies en el suelo.

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