Capítulo 4 4

―No necesito confiar en ti cuando estamos en el suelo.

Sandro sostuvo mi mirada.

―Eso sonó bastante definitivo.

―Lo es.

―Entonces mañana vuelves.

―Pasado.

―Tienes razón. Pasado vuelves.

―A entrenar.

―Nunca dije otra cosa.

Su sonrisa decía exactamente lo contrario.

Me fui antes de darle más material.

El problema fue que dos días pensé demasiado en aquella conversación.

Eso me irritó más que él.

Cuando regresé a Faro Cero, Sandro estaba sentado en el suelo estirando el hombro.

Me detuve.

―¿Te duele?

Él levantó la vista.

―Hola también.

―¿Te duele?

―Menos.

―Eso no responde.

―Sí, un poco.

Asentí.

―Gracias.

Sandro frunció el ceño.

―¿Por qué?

―Por contestar.

―Prometí hacerlo.

―No conviertas eso en una virtud heroica.

―Estoy intentando construir reputación.

―Empieza por no lesionarte.

―Exigente.

Dejó la banda elástica.

―¿Lista para la prueba?

―Depende.

―¿De qué?

―De que hoy no hagas ninguna estupidez.

―Eso reduce mucho mis opciones.

Iriazo apareció detrás.

―Hoy no habrá cargas altas.

―Gracias ―dije.

Sandro puso una mano sobre el pecho.

―La confianza que me tienen emociona.

―Te sobrevivirás.

―Eso espero.

La secuencia empezaba con un apoyo de espaldas.

Yo debía inclinarme mientras Sandro sostenía mis costillas y guiaba el giro.

No me gustó desde que lo explicó.

―Tus manos van aquí ―dije, señalando los laterales de mi torso.

―Sí.

―No más abajo.

―Entendido.

―Ni más arriba.

Sandro levantó las manos.

―Nerea, sé seguir instrucciones.

―Ayer ocultaste dolor.

―Eso fue distinto.

―No tanto.

Su expresión cambió.

―Tienes razón.

Otra vez.

Odiaba cuando me quitaba la pelea antes de empezarla.

―¿Seguimos?

Asentí.

Sandro se colocó detrás de mí.

Sus manos tocaron mis costillas.

El contacto fue firme.

Correcto.

―Respira ―murmuró.

―Otra vez no.

―Estás conteniendo el aire.

―Porque estás pegado a mi espalda.

Silencio.

Mala elección de palabras.

―Eso sí fue información útil ―dijo.

―No hagas nada con ella.

―Estoy intentando no hacerlo.

Iriazo dio la señal.

Me incliné.

Sandro recibió mi peso.

Después giré.

Su mano pasó de mis costillas a mi cintura.

Mi cuerpo terminó frente al suyo.

Muy cerca.

―¿Bien? ―preguntó.

―Sí.

―No pareces.

―Estoy concentrada.

―Pareces enfadada conmigo por existir.

―Eso también.

Sonrió.

―Me tranquiliza.

Repetimos.

Salió limpio.

A la tercera, mi rodilla rozó su cadera durante el giro.

Sandro dejó escapar aire.

Me quedé quieta.

―¿Te hice daño?

―No.

―¿Hombro?

―No.

―Entonces ¿qué?

Él me miró.

―No preguntes si no quieres la respuesta.

Mi cara ardió.

―Idiota.

―Te advertí.

Iriazo tosió desde el otro lado.

―Puedo volver dentro de diez minutos si necesitan resolver algo.

―¡No! ―dije.

Sandro se rio.

―Profesionalísimo.

―Cállate.

Durante el descanso fui por agua.

Cuando regresé, una chica estaba abrazando a Sandro.

No un saludo corto.

Un abrazo completo.

Ella tenía el cabello recogido, brazos fuertes y la comodidad de quien sabía exactamente dónde colocar las manos sobre él.

Me detuve.

Ridículo.

No era asunto mío.

Sandro me vio por encima del hombro de ella.

Sonrió.

Peor.

La chica se separó.

―¿Tú eres Nerea?

―Depende.

―De qué.

―De quién pregunta.

Se rio.

―Maela Corvis.

Extendió la mano.

―Entrené con Sandro dos años.

Perfecto.

Le estreché la mano.

―Nerea Baeza.

―La nueva pareja.

―No exactamente.

Sandro intervino.

―Estamos probando.

Maela lo miró.

―Qué romántico.

―No ―dije.

Ella sonrió.

―Hablaba del dúo.

Mi estómago quiso esconderse debajo de la colchoneta.

Sandro disfrutaba demasiado.

―Maela vuelve unas semanas ―explicó―. Está haciendo prácticas de fisioterapia.

―Qué útil.

―Muchísimo ―respondió ella―. Sobre todo con gente que insiste en entrenar lesionada.

Miró el hombro de Sandro.

Yo también.

Él resopló.

―Genial. Dos vigilantes.

―No soy tu vigilante ―dije.

Maela levantó una ceja.

―Claro.

No me gustó su cara.

Ni la de él.

Ni la mía.

Maela se quedó durante el siguiente entrenamiento.

Era buena.

Fue evidente en treinta segundos.

Cuando Sandro le pidió que demostrara una transición, ella subió sin esfuerzo y él sostuvo su cintura con absoluta naturalidad.

No sentí nada.

Absolutamente nada.

―Estás apretando la botella ―dijo Iriazo.

La solté.

―Está resbalosa.

―Claro.

Lo miré.

―¿Tú también?

―Yo no dije nada.

Peor.

Maela descendió.

Sandro se acercó.

―Tu turno.

―Que lo haga ella.

―La secuencia es tuya.

―Ella la hace mejor.

―Lleva años entrenando.

―Entonces sería más eficiente.

Sandro me observó con atención.

―¿Qué pasa?

―Nada.

―Nerea.

―No uses mi nombre como interrogatorio.

―Estás rara.

―Estoy cansada.

―Mentira.

―¿Siempre necesitas tener razón?

―No. Solo cuando la tengo.

Tomé las telas.

―Haz la figura.

Sandro no se movió.

―¿Estás celosa?

Casi me atraganté.

―¿Qué?

Maela soltó una carcajada desde atrás.

―Me voy a estirar lejos.

―No estoy celosa.

―Perfecto.

―No sonrías.

―No estoy sonriendo.

―Tu boca sí.

―Qué observadora.

Me acerqué.

―No me importa con quién entrenaste.

―Bien.

―Ni quién te abraza.

―Excelente.

―Ni quién sabe dónde ponerte las manos.

La sonrisa desapareció.

Maldición.

Sandro bajó la voz.

―Eso último sonó distinto.

―Olvídalo.

―No puedo.

―Problema tuyo.

Intenté pasar.

Él se apartó, pero habló antes.

―Maela nunca fue mi novia.

Me detuve.

―No pregunté.

―Ya lo sé.

―Entonces no necesitabas decirlo.

―Yo quería que lo supieras.

Me giré.

―¿Por qué?

Sandro me miró durante unos segundos.

―Porque me gusta demasiado cuando te importa algo que haces todo lo posible por fingir que no te importa.

―Eso es arrogante.

―Probablemente.

―Y no estoy celosa.

―Perfecto.

―Deja de decir perfecto.

―¿Prefieres que diga que me gustó?

―No.

―Entonces seguimos entrenando.

Lo odié.

La última figura necesitaba que yo apoyara ambas manos sobre sus hombros y subiera una pierna alrededor de su cintura antes de girar.

Miré su hombro derecho.

―No.

Sandro entendió enseguida.

―No duele.

―¿Seguro?

―Sí.

―Si cambia, paramos.

―Sí.

―Sin discutir.

―Sin discutir.

Me acerqué.

Puse las manos sobre él.

Sandro me sostuvo por la cintura.

―Lista.

―No.

―¿Quieres parar?

Lo miré.

―No he dicho eso.

Subí.

Mi pierna rodeó su cadera.

Quedamos pegados, cerca.

Su respiración cambió.

La mía también.

―Nerea.

―¿Qué?

―No me mires así.

―¿Así cómo?

―Como si estuvieras decidiendo si besarme o empujarme.

Mi pulso golpeó fuerte.

―Podrían ser ambas.

―Acepto el riesgo.

―No deberías.

―Tarde.

Iriazo dio la señal para bajar.

No lo hice.

Sandro tampoco.

―Esto no es parte de la figura ―murmuré.

―Lo sé.

―Entonces suéltame.

―Cuando me lo pidas.

Mis dedos se tensaron sobre sus hombros.

―Sandro.

―Sí.

―Bájame.

Lo hizo de inmediato.

Mis pies tocaron el suelo.

Pero su mano permaneció un segundo más en mi cintura.

Solo uno.

Después retrocedió.

―Gracias ―dije.

―De nada.

Recogí mi botella.

Maela ya se había ido.

No debería haberme aliviado.

Me alivió.

Sandro se sentó para vendarse el hombro.

―Mañana descanso.

Lo miré.

―¿Por mí?

―Por mí.

La respuesta me gustó.

Más de lo conveniente.

―Bien.

―¿Eso fue aprobación?

―No abuses.

Sonrió.

―¿Y pasado?

―Otra prueba.

―Sabía que dirías sí.

―No he dicho competición.

―Todavía.

Caminé hacia la salida.

―Nerea.

Me giré.

Sandro tenía la venda entre los dedos.

―¿Qué?

―Maela va a ayudarme con rehabilitación estas semanas.

―No tienes que explicarme nada.

―Quiero hacerlo.

―¿Por qué?

Se levantó.

―Porque antes dijiste que no te importaba quién sabía dónde ponerme las manos.

Tragué saliva.

―Y no me importa.

Sandro sonrió apenas.

―Entonces tendremos que averiguar por qué, cuando fue otra mujer quien lo hizo, me miraste como si quisieras ser tú la única que pudiera tocarme así.

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