Capítulo 5 5

―No vuelvas a decir que quiero ser la única que puede tocarte así.

Sandro levantó una ceja.

―Buenos días.

―No cambies de tema.

―Son las ocho y media.

―Exacto. Demasiado temprano para tu ego.

Estábamos frente a Faro Cero y él sostenía dos cafés.

―Traje uno para ti.

―No sabes cómo lo tomo.

―Bruna sí.

Cerré los ojos.

―Voy a bloquearla.

―Dijo que amenazarías con hacerlo.

Tomé el vaso.

―Esto no significa que me caigas mejor.

―Me conformo con hidratar a mi futura compañera.

―No soy tu compañera.

―Entonces devuelve el café.

Bebí.

―No abuses de tu suerte.

Sandro sonrió.

Entramos.

Iriazo había colocado una mesa junto a las colchonetas.

Encima había planos, cintas, mosquetones y piezas de distintos materiales.

―¿Qué es esto? ―pregunté.

―Tu proyecto puede servirnos ―respondió―. Necesitamos revisar algunos agarres para la presentación de principiantes.

Sandro se acercó.

―¿Vas a diseñarlos?

―Tal vez.

―Eso significa sí en idioma Nerea.

―Significa tal vez en todos los idiomas.

Iriazo me entregó una pieza.

―Quiero algo modular, fácil de desmontar y que no obligue a modificar las estructuras.

La examiné.

―Esto distribuye mal la carga.

Sandro se apoyó junto a mí.

―¿Cuánto tardaste en verlo?

―Diez segundos.

―Aterrador.

―Por eso estudio esto.

―Recuérdame no construir muebles contigo.

―No construiría nada contigo.

―Todavía.

Lo miré.

―¿Quieres conservar las manos?

―Muchísimo.

Iriazo suspiró.

―Cinco minutos y ya me arrepiento de ponerlos juntos.

Pasé casi una hora tomando medidas.

Sandro se convirtió en mi modelo humano porque Iriazo necesitaba que probara alturas y distancias.

―Brazo arriba.

Lo levantó.

―Más.

―Tengo articulaciones.

―Qué descubrimiento.

Me acerqué con la cinta métrica.

―No te muevas.

―No pensaba.

―Tú siempre piensas en moverte.

―Eso ha sonado sospechoso.

―Cállate.

Medí desde su muñeca hasta el hombro.

Después desde la clavícula hasta la cadera.

Demasiado cerca.

Su camiseta estaba pegada al cuerpo.

Noté el movimiento de su respiración debajo de la cinta.

―¿Nerviosa? ―preguntó.

―No.

―Tus dedos están fríos.

―La sala está fría.

―Yo tengo calor.

―Ese es tu problema.

―Podrías ayudar.

Le clavé la mirada.

―Una palabra más y uso la cinta para estrangularte.

―Eso sería contacto físico voluntario.

Me reí a pesar mío.

Sandro bajó el brazo.

―Te ríes más conmigo.

―Eso no es estadística.

―Podemos empezar un registro.

―No.

―Uno.

―Sandro.

―Dos.

Le golpeé el pecho con la cinta.

―Tres.

―Idiota.

―Cuatro.

Tuve que apartarme porque ya estaba riendo demasiado.

Durante el descanso, Maela llegó con una bolsa de fisioterapia.

La vi antes que Sandro.

Mi estómago reaccionó primero.

Patético.

―Hombro ―ordenó ella.

Sandro hizo una mueca.

―Hola para ti también.

―Siéntate.

Él obedeció.

Yo fingí revisar mis planos.

Funcionó durante cuarenta segundos.

―Nerea ―dijo Maela.

Levanté la vista.

―¿Qué?

―Ven.

―¿Por qué?

―Quiero enseñarte algo.

Me acerqué con sospecha.

Maela puso dos dedos sobre la parte posterior del hombro de Sandro.

―Esta zona se carga cuando él compensa mal.

―No necesito saber eso.

―Si vas a trabajar en pareja con él, sí.

Sandro me miró.

―No está equivocada.

―Milagro.

Maela sonrió.

―Cuando notes que eleva este hombro, paras.

―¿Aunque diga que está bien?

―Especialmente entonces.

Sandro resopló.

―Me encanta esta alianza.

―Te mantendrá entero ―dije.

Su mirada cambió.

Solo un segundo.

―Eso sonó como si te importara.

―Me importa no caerme porque seas terco.

―Claro.

Maela se levantó.

―Voy por hielo.

Cuando se alejó, Sandro habló bajo.

―No estás celosa hoy.

―Nunca lo estuve.

―Hoy menos.

―Voy a irme.

―Eso sí parece confirmación.

―Eres agotador.

―Y tú sigues aquí.

No contesté.

Porque también era cierto.

Maela regresó con el hielo y me encontró mirándolo.

―Antes de que inventes una película, Sandro y yo nunca salimos.

Casi dejé caer el lápiz.

―No estaba inventando nada.

―Perfecto. Entonces no te molesta saberlo.

―No.

Sandro se tapó la cara.

―¿Podemos dejar de hablar de mi inexistente vida amorosa como si yo fuera mobiliario?

Maela le puso la bolsa fría sobre el hombro.

―Puedes quejarte cuando aprendas a cuidarte solo.

―Tengo veinticuatro años.

―Y la prudencia de una tostadora.

Me reí.

Sandro me señaló.

―No la animes.

―No necesita ayuda.

Maela volvió a mirarme.

―Fuimos pareja aérea, nada más. La confianza física aquí engaña mucho desde fuera.

Asentí.

―Entiendo.

Y, para mi desgracia, el alivio también se entendió demasiado bien en mi cara.

Por la tarde probamos una figura nueva.

Esta vez yo debía subir sobre la espalda de Sandro y pasar una pierna por encima de su hombro izquierdo.

―El derecho no ―dije.

―Lo sé.

―Si duele, paramos.

―Lo sé.

―Y me lo dices.

―Nerea.

―¿Qué?

―Sí.

Su respuesta fue más seria.

Asentí.

Empezamos.

Subí.

Sus manos sujetaron mis muslos.

Mi cuerpo quedó inclinado sobre él.

―¿Bien? ―preguntó.

―Sí.

―¿Segura?

―Sí.

―Estás respirando raro.

―Porque tu mano está demasiado arriba.

La bajó inmediatamente.

―¿Así?

―Sí.

―Perdón.

―No pasa nada.

Iriazo indicó el giro.

Sandro me ayudó a rotar.

Por un segundo quedé frente a él, suspendida, con mis piernas rodeando su cintura.

No estaba en el plan.

―Eso no era ―dije.

―Lo sé.

―¿Qué hiciste?

―Tu pie resbaló.

―¿Y ahora?

―Ahora te tengo.

Su voz bajó.

Mis manos estaban sobre sus hombros.

Su cara demasiado cerca.

―Bájame.

―En cuanto estés estable.

―Estoy estable.

―Tu pulso no.

―No puedes sentir mi pulso.

―Puedo sentir muchas cosas ahora mismo.

Mi cara ardió.

―Sandro.

Sonrió apenas.

―Ya te bajo.

Lo hizo despacio.

Mis pies tocaron la colchoneta.

Sus manos se quedaron en mi cintura un instante.

No pedí que las quitara.

Ese fue mi error.

O mi problema.

Después del entrenamiento, recogí mis planos.

Sandro apareció con mi botella.

―La olvidabas.

―Gracias.

―¿Te acompaño?

―No.

―Perfecto.

Caminó conmigo igualmente hasta la puerta.

―Eso no es acompañar.

―Voy en la misma dirección.

―Tu motocicleta está al otro lado.

―Qué observadora.

Me detuve.

―¿Por qué haces eso?

―¿Qué?

―Buscar razones para quedarte cerca.

Esta vez no sonrió.

―Porque me gusta estar cerca.

La respuesta fue demasiado sencilla.

―No me conoces.

―Estoy empezando.

―Eso no significa que vaya a competir contigo.

―No he hablado de la competición.

―Siempre estás hablando de eso.

―Hoy no.

Silencio.

Sandro metió las manos en los bolsillos.

―Hoy me gustó verte diseñar.

―¿Por qué?

―Porque cuando haces algo que entiendes, dejas de defenderte de todo.

La frase me molestó.

Tal vez porque acertó.

―No me defiendo de todo.

―De mí sí.

―Tú das motivos.

―Puede ser.

―Muchos.

―También puede ser.

Me acerqué un paso.

―¿Y aun así sigues?

―Sí.

―¿Por qué?

Sandro me miró con una calma que me dejó sin una respuesta preparada.

―Porque cada vez que crees que nadie está mirando, me das una versión de ti que no está intentando demostrar nada.

―Eso suena inventado.

―No lo es.

―Entonces dime qué versión viste hoy.

Su mirada bajó hacia mis manos.

―La que me corrigió el hombro antes de pensar si parecía celosa.

Tragué saliva.

―Eso fue seguridad.

―Claro.

―No tiene nada que ver contigo.

―Claro.

―Deja de decir claro.

Sandro sonrió.

―Entonces te digo otra cosa.

―¿Cuál?

Dio un paso hacia mí.

No me tocó.

―Puedes seguir diciendo que esto es solo entrenamiento, Nerea, pero hoy te preocupó más que yo estuviera bien que la posibilidad de que alguien notara cuánto te importa.

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