Capítulo 6 6

―Si vas a seguir mirándome así, al menos cobra entrada.

Sandro apoyó un hombro en el marco de la puerta del taller improvisado.

―Estoy intentando entender qué haces.

―Eso sería más fácil si dejaras de respirar encima de mis planos.

―Estoy a medio metro.

―Para ti eso cuenta como distancia prudente.

―Estoy mejorando.

No respondí.

Había pasado la mañana ajustando el primer modelo del agarre modular. Iriazo me había autorizado a usar una mesa del almacén y, para mi desgracia, Sandro había decidido que aquello lo convertía en ayudante técnico.

No ayudaba.

Opinaba.

―Esa pieza está torcida ―dijo.

―No.

―Desde aquí sí.

―Desde ahí también estás equivocado.

―Qué ambiente laboral tan sano.

Le tendí una llave Allen.

―Sujeta esto.

―Por fin una responsabilidad.

―No te emociones.

Sandro obedeció mientras yo fijaba la placa de prueba.

Su mano quedó junto a la mía.

No pasó nada.

Hasta que moví los dedos y su pulgar rozó el lateral de mi muñeca.

Retiré la mano demasiado rápido.

Él levantó la vista.

―Eso fue accidental.

―Ya lo sé.

―Pareces enfadada con el accidente.

―Estoy concentrada.

―Claro.

Lo señalé con la llave.

―Una vez más y te expulso del proyecto.

―Ni siquiera estoy oficialmente dentro.

―Exacto. Será un despido eficiente.

Iriazo entró con una hoja impresa.

―Nerea.

Me giré.

―¿Qué pasó?

―Tu tutor respondió.

El estómago me dio un tirón.

Iriazo dejó el documento sobre la mesa.

“Proyecto aprobado de manera preliminar, sujeto a seguimiento técnico y registro de pruebas.”

Lo leí dos veces.

Sandro una.

―Eso suena bastante a que te quedas.

―Suena a que el proyecto sirve.

―También.

Iriazo cruzó los brazos.

―Hay otra parte.

Lo miré.

―No me gusta cómo dices eso.

―Para documentar cargas reales, necesitas una secuencia estable de dúo durante varias semanas.

Sandro sonrió.

―Qué tragedia.

―Cállate.

Iriazo siguió:

―No tienes que competir. Pero si entrenas la rutina de Altura Dos, el seguimiento queda cubierto y tendrás material suficiente para la memoria técnica.

Miré el papel.

Después a Sandro.

Él no dijo nada.

Eso fue peor.

―¿No vas a presionarme? ―pregunté.

―Me pediste que dejara de insistir cuando no hubieras decidido.

―Nunca dije eso.

―Lo entendí igual.

Iriazo se alejó hacia la sala principal.

―Tienen diez minutos. Luego empezamos.

Sandro se quedó frente a mí.

―Haz las preguntas.

―¿Qué preguntas?

―Las que llevas haciendo desde que él dijo Altura Dos.

Lo odié un poco por conocer ya esa parte de mí.

―Si acepto, quiero condiciones.

―Dime.

―Nada de ocultar dolor.

Su mandíbula se tensó apenas.

―Bien.

―Si Iriazo dice parar, paramos.

―Bien.

―Si yo digo parar porque noto algo raro mientras me sostienes, también.

Esta vez tardó un segundo.

―Bien.

―Y no conviertes cada entrenamiento en una guerra para demostrar que puedes más.

―Eso es ambiguo.

―Sandro.

―Está bien.

Respiré.

―Entonces acepto.

Su cara cambió de golpe.

No fue la sonrisa arrogante que esperaba.

Fue algo más limpio.

Más peligroso.

―¿En serio?

―No hagas que me arrepienta.

Sandro se acercó y abrió los brazos.

―¿Puedo?

La pregunta me tomó desprevenida.

Miré sus brazos.

Luego su cara.

―Un abrazo.

―He deducido esa parte.

―Estoy pidiendo permiso.

Maldición.

Asentí.

Sandro me rodeó.

Nada teatral.

Nada fuerte.

Solo cálido.

Mi mejilla quedó cerca de su cuello y durante dos segundos recordé demasiado bien que aquel hombre tenía espalda, manos y una respiración que acababa de cambiar junto a mi oído.

Me aparté primero.

―Ya.

―Eso ha durado poquísimo.

―Era un abrazo administrativo.

―Peor que besar a Hacienda.

―No sabes besar a Hacienda.

―Tampoco pienso empezar.

Iriazo nos llamó.

La primera sesión oficial de rutina fue distinta.

Ya no estaba probando.

Había aceptado.

Eso convertía cada contacto en algo más difícil de fingir.

Sandro tomó mi cintura para una entrada lateral.

―Mano derecha aquí.

―Lo sé.

―Hoy estás tensa.

―Hoy eres oficialmente mi problema.

―Qué romántico.

Giré sobre su apoyo.

Su antebrazo pasó por debajo de mis muslos y terminé sentada brevemente sobre su cadera antes de transferir el peso.

No estaba preparada para eso.

―¿Quién diseñó esta transición? ―pregunté.

―Yo.

―Se nota.

―¿Por qué?

―Porque requiere una cantidad innecesaria de contacto.

Sandro bajó la voz.

―Podría ser peor.

―No quiero saber.

―Mentira.

Mi rodilla quedó entre sus piernas al bajar.

Nos congelamos.

El silencio duró demasiado.

Sus manos seguían en mi cintura.

Mi respiración también.

―Nerea ―dijo.

―No.

―No he dicho nada.

―Tu cara sí.

―Tu rodilla también.

Me aparté tan rápido que casi pisé una tela.

Sandro me sujetó del antebrazo.

―Cuidado.

―Estoy bien.

―No parecía.

―Tampoco interpretes eso.

Él soltó mi brazo.

―No lo haré.

Pero la forma en que me miró dijo que ambos sabíamos exactamente qué acababa de pasar.

La puerta se abrió.

―¿Interrumpo algo?

Cássian entró cargando una caja de muestras.

Cerré los ojos.

―¿Qué haces aquí?

―Traje los polímeros que pediste. Y hola para ti también.

Sandro miró la caja.

Luego a Cássian.

Luego a mí.

―¿Quién es?

―Cássian. Universidad.

Cássian extendió la mano.

―Compañero técnico de Nerea.

Sandro se la estrechó.

―Sandro. Compañero aéreo.

El tono de ambos fue educado.

Demasiado.

Cássian dejó la caja en la mesa.

―Si terminamos temprano, te invito algo. Tenemos que celebrar que aprobaron el proyecto.

―Podría ser.

Sandro se quedó inmóvil.

Cássian sonrió.

―Perfecto. Te escribo.

Esperó a que yo asintiera y salió.

Miré a Sandro.

―No.

―No he dicho nada.

―Otra vez tu cara.

―Estoy aprendiendo de ti.

Recogió la tela, pero la enrolló con demasiada fuerza.

―¿Te molesta?

―No.

―Mientes fatal.

Sandro levantó los ojos.

Esta vez no había broma.

―No me molesta que tengas amigos.

―Qué alivio.

―Me molesta descubrir que uno de ellos te mira como si ya supiera cosas de ti que yo todavía estoy intentando aprender.

―Eso suena a celos.

―Probablemente.

Me quedé quieta.

Sandro dio un paso hacia mí.

―Y antes de que te burles, sí, Nerea. Me acaba de molestar muchísimo que otro hombre te invite a salir justo después de que yo tuviera que recordarme que no podía besarte en mitad de una colchoneta.

El estómago me dio un vuelco.

Debí hacer una broma. Debí recordarle que apenas nos conocíamos. Debí elegir cualquiera de mis respuestas sensatas.

En lugar de eso, lo miré a la boca.

―¿Y quién te dijo que no podías?

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