Capítulo 7 7
―¿Y quién te dijo que no podías?
Sandro dejó de respirar.
No de forma metafórica.
Lo vi.
Su pecho se quedó quieto y sus dedos aflojaron la tela que sostenía.
―Nerea.
―¿Qué?
―No digas eso si no sabes lo que estás diciendo.
―Sé perfectamente lo que estoy diciendo.
―Ese es el problema.
Dio un paso.
Yo no retrocedí.
Mala decisión.
O excelente.
Todavía no había decidido.
―Hace treinta segundos estabas celoso ―dije.
―Sigo celoso.
―Cássian es mi amigo.
―Lo sé.
―Entonces es absurdo.
―También lo sé.
―Y aun así quieres besarme.
Sandro soltó una risa seca.
―No tienes idea.
El calor me subió por el cuello.
―Eso ha sonado excesivamente seguro.
―Porque llevo varios entrenamientos intentando no mirar tu boca cada vez que me insultas.
―Entonces tienes un problema de asociación.
―Grave.
Estábamos demasiado cerca.
Otra vez.
Pero esta vez no había una figura que culpar.
Ni una caída.
Ni una mano colocada por seguridad.
Solo nosotros dos plantados en mitad de Faro Cero, mirándonos como dos idiotas que habían llevado una discusión demasiado lejos.
Sandro levantó una mano.
Se detuvo antes de tocarme.
―¿Puedo?
Mi estómago se contrajo.
―¿Qué quieres hacer?
―Tocarte la cara.
―Eso es sospechosamente específico.
―Estoy intentando no improvisar contigo.
La respuesta me dejó sin una broma.
Asentí.
Sus dedos rozaron mi mandíbula.
Despacio.
Nada que ver con cómo me sostenía durante los entrenamientos.
Eso era peor.
Mucho peor.
Su pulgar pasó cerca de mi labio inferior.
―Todavía puedes decirme que pare.
―Lo sé.
―Nerea.
―No quiero que pares.
Sus ojos cambiaron.
Y entonces una voz atravesó la sala.
―¿Ya terminaron de medir la tensión superficial o necesito volver luego?
Me separé de golpe.
Iriazo estaba junto a la puerta con los brazos cruzados.
Sandro se pasó una mano por la cara.
―Dos minutos.
―Tienen uno. Después necesito la sala.
Me giré hacia la mesa para ordenar cualquier cosa que no necesitaba orden.
―Perfecto.
―No ha sido perfecto ―murmuró Sandro.
―No empieces.
―Tú preguntaste quién dijo que no podía besarte.
―Fue un momento de debilidad intelectual.
―Quiero otro.
Lo miré.
―Entrena.
―Autoritaria.
―Celoso.
―Mucho.
Eso me hizo sonreír antes de poder evitarlo.
La sesión continuó con una secuencia nueva.
Iriazo quería que trabajáramos una transición desde telas hacia un contrapeso de suelo, sin carga fuerte sobre el hombro derecho.
―Hoy Sandro no eleva el brazo derecho por encima de noventa grados ―dijo.
Asentí.
Sandro también.
―Y si duele, paras ―añadí.
―Sí.
―Sin hacerte el héroe.
―Sí.
―Sin negociar.
―Nerea.
―¿Qué?
―Estoy diciendo que sí.
Iriazo me señaló.
―Déjalo respirar.
―Él respira demasiado cerca.
Sandro se atragantó con una risa.
―Eso ya es otro asunto.
―Los dos, a trabajar.
Empezamos.
La primera parte salió bien.
En la segunda debía enganchar una pierna sobre la cadera de Sandro, inclinar el torso hacia atrás y dejar que él guiara el giro con la mano izquierda.
―Voy a sujetarte por el muslo ―avisó.
―Bien.
―Y cintura.
―Bien.
―Y voy a intentar no pensar en hace cinco minutos.
―Haz un esfuerzo extraordinario.
Su mano subió por mi muslo hasta encontrar el punto de apoyo.
La presión fue firme.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
―Estás tensa.
―No.
―Nerea.
―Tu mano está en mi muslo.
―Eso suele ocurrir cuando el ejercicio exige que mi mano esté en tu muslo.
―No hagas comentarios técnicos con esa voz.
―¿Qué voz?
―Esa.
Sonrió.
―No sabía que tenía una voz.
―Olvídalo.
Me incliné hacia atrás.
Sandro sostuvo mi peso.
Su mano de la cintura se movió apenas para estabilizarme.
Unos centímetros.
Suficientes.
―¿Bien? ―preguntó.
―Sí.
―¿Segura?
―Sandro.
―Necesito saberlo.
Abrí los ojos.
Estaba serio.
Asentí.
―Bien.
Me giró.
Al bajar, mi cuerpo rozó el suyo desde el pecho hasta las caderas.
Ninguno habló.
Iriazo fingió revisar un mosquetón con una concentración sospechosamente intensa.
―Otra vez ―dije.
Sandro me miró.
―¿La figura?
―Sí.
―Qué decepción.
―No abuses.
Repetimos.
Esta vez salió mejor.
A la tercera, Sandro tensó el hombro derecho.
Lo vi.
―Para.
―Estoy bien.
―Elevaste el hombro.
―Fue reflejo.
―Sandro.
Soltó el agarre inmediatamente.
―Paramos.
Me quedé quieta.
No discutió.
Eso debería haber sido normal.
Sin embargo, después de todo lo que sabía de él, que obedeciera antes de que Iriazo interviniera significaba algo.
Maela apareció diez minutos después.
―Me dijeron que alguien decidió tener sentido común.
Sandro señaló hacia mí.
―Ella dirige una dictadura.
―Funciona ―respondió Maela.
Lo hizo sentarse y revisó el hombro.
Yo recogí las telas.
―No hay lesión nueva ―dijo Maela―. Solo fatiga.
Sandro me miró.
―¿Ves?
―Veo que paramos a tiempo.
Maela sonrió.
―Exactamente.
Sandro resopló.
―Nunca gano aquí.
―Sobrevivir cuenta como victoria ―dije.
―Eso ha sonado casi cariñoso.
Le lancé una toalla.
Después del entrenamiento salí con mi mochila.
Sandro vino detrás.
―¿Vas con Cássian?
Me giré.
―¿Otra vez?
―Estoy preguntando.
―Sí. Vamos a revisar materiales y probablemente comer algo.
Su mandíbula volvió a tensarse.
―Perfecto.
―No digas perfecto cuando quieres decir otra cosa.
Se acercó.
―Bien. No me gusta.
―Eso ya lo sé.
―Pero no voy a decirte que no vayas.
―Qué generoso.
―No bromees. Estoy intentando hacerlo bien.
Eso me frenó.
―¿Hacer qué bien?
Sandro metió las manos en los bolsillos.
―Esto.
―No existe un “esto”.
―Hace quince minutos me dijiste que no querías que dejara de tocarte la cara.
―Eso no crea una relación.
―No he dicho relación.
―Entonces ¿qué quieres?
Su mirada bajó un segundo hacia mi boca.
―Saber si lo de antes fue curiosidad o si de verdad quieres besarme.
Tragué saliva.
―¿Importa?
―Muchísimo.
―¿Por qué?
Sandro dio un paso más.
No me tocó.
―Porque si fue curiosidad, puedo esperar a que se te pase.
―¿Y si no?
Esta vez no sonrió.
―Entonces dime cuándo puedo besarte y voy a necesitar bastante autocontrol para respetar la fecha.
