Capítulo 1 El encierro
Lo peor de la prisión no era el hambre, ni siquiera la sed o las cadenas que se le encarnecían en las muñecas. Era que hacía tantos meses que Nicolás no veía la luna.
Sobre sus cabellos negros caían gotas de agua que se filtraban entre el techo de lámina. No sabía de dónde provenían, pero el hombre se vio forzado a dejar de lado su orgullo y sacar la lengua de modo desesperado con tal de mitigar, aunque fuera un poco, la terrible sed que lo consumía.
De vez en cuando aparecía uno de los guardias, ofreciéndole algo de agua y comida, pero hacía tantos días que no veía a ninguno de ellos.
Con todo, aún tenía la fuerza suficiente para soportar el peso de su cuerpo. Su naturaleza lobuna lo protegía de una muerte segura. Cada una de sus características de licántropo eran una ayuda significativa para soportar ese tiempo en cautiverio.
Sus pies apenas lograban tocar el suelo, y eso solo cuando él levantaba los brazos lo suficiente como para darles descanso a sus extremidades.
Se encontraba atado de manos, sujeto de un extremo al otro de la pútrida y minúscula celda, desnudo y herido.
La imitación de tejado se desmoronaba a pedazos y las piedras caían sobre él, al igual que la lluvia y el maldito y demencial sol veraniego. Pero no la luna. El sitio se encontraba ubicado de manera que no conocía los pálidos fulgores de su amada compañera nocturna. Sin duda, aquello tenía que formar parte de su castigo.
Eso solo incrementaba su rencor contra aquellos que lo habían condenado a un castigo inmerecido.
Sí, era un lobo solitario que se había tenido que hacer fuerte a punta de golpes y lágrimas, pero era inocente de todo por lo que se le acusaba.
Con suavidad y control, elevó su cuerpo a fin de que sus brazos continuaran ejercitándose. Subía y bajaba a un ritmo acompasado, esculpiendo los músculos. Le servía como incentivo tanto como una manera de mantenerse en forma para el momento en que pudiera escapar. Porque Nicolás aún no había perdido la esperanza. Tenía una convicción férrea y estaba plenamente convencido de que iba a salir de ahí. Escaparía. Y entonces, todos los que lo lastimaron tendrían mucho que pagar.
Dejó escapar un suspiro mientras intentaba mantener el peso de su cuerpo. La piel bronceada brillaba con el sudor que la cubría. Su cabellera caía a los lados de su rostro varonil, instalándose en los hombros desnudos. Sus seductores pectorales subían y bajaban de modo rítmico y el abdomen marcado se apretaba cada vez que ejercía fuerza sobre los brazos musculosos.
Aquella tarde entró un guardia. Se trataba de alguien nuevo.
Entró en silencio con un pequeño cuenco de metal en una mano y una hogaza de centeno en la otra. Se acercó al prisionero y le dio de beber con lentitud sin decir palabra alguna.
Mientras lo hacía, Nicolás notó cómo sus ojos se abrían de par en par al notar el miembro imponente en su entrepierna.
—¿Qué te sucede? —inquirió el prisionero con una voz ronca—. ¿Nunca habías visto una? ¿Acaso tú no tienes o es que piensas hacerme el favor?
El guardia lo miró, sorprendido. Nicolás lo había tomado desprevenido. Se limitó a acercar el pan a la boca del reo, mordiéndose los labios y mirando disimuladamente hacia otra parte.
Lo cierto es que Nicolás era atractivo, incluso pese al tiempo en cautiverio.
Cuando terminó de comer y el chico comenzó a caminar hacia la salida, este lo detuvo.
—¿Podrías decirme quién es el rey?
—¿Cómo? ¿No lo sabes? —preguntó déspota.
—¿Por qué demonios preguntaría si lo supiera? —cuestionó con una sonrisa. Pero él tenía una leve idea. Rumores habían llegado hasta sus oídos. Rumores de que la reina había presentado una enfermedad muy extraña que podría arrebatarle la vida. Su muerte era inminente, pero quería estar seguro de ello.
—Nuestro rey es el gran Andrei, y según dicen, pronto tendrá para ti su veredicto final. Cuentan que ansía tanto poner manos a la obra sobre ello. También dicen que te quiere muerto —respondió con una mirada de burla.
Nicolás entornó los ojos. Por supuesto que lo quería muerto. No le sorprendía. Sabía que en cuanto la madre de Andrei falleciera y él tomara finalmente el cargo de soberano de los liocántropos, lo primero que ordenaría sería su muerte.
—No podrá hacerlo —replicó el hombre lobo para sí.
—¿Y quién se lo va a impedir? ¿Tú? —El guardia sonrió por lo bajo y salió de la celda.
—¡Así es maldito desgraciado! —exclamó Nicolás, intentando liberarse de las pesadas cadenas que lo ataban, como si de pronto hubiese olvidado que ya lo había intentado cientos de veces sin ningún éxito.
A lo lejos aún podía escuchar las carcajadas del guardia que se atrevía a mofarse de él.
—Malnacido —se dijo para sí—. Si no estuviera encadenado, bien podría destrozarlo con una sola mano y ni siquiera se enteraría.
Todos conocían su mal temperamento y su facilidad para meterse en problemas, pero su mala fama no era una casualidad. Él se la había forjado a pulso, con cada rebeldía, accidentes y problemas en el que metía a toda la familia. Pero todo había sido el producto de los golpes y humillaciones sufridos durante la infancia. Después de comprender que no era alguien bienvenido dentro de la familia de su padre, dejó de intentarlo con todas sus fuerzas reivindicarse y ser parte de la manada. Su naturaleza se volvió subversiva y solitaria. Algo que provocó que lo marginaran aún más.
Aunque él siempre se dirigió con orgullo, pese a su condición de bastardo. Nunca bajó la cabeza ante nadie. Jamás le dio gusto a sus congéneres de verlo destruido. Y las golpizas diarias solo eran un refuerzo a su temperamento de por sí explosivo.
Al caer la noche, Nicolás escuchó desde su prisión las malditas festividades que se realizaban en la mansión de los D´Amis: la familia real. Era un secreto a voces que, mientras la familia real se daba ínfulas de pureza y alto poder de mando, lo que sucedía a puertas cerradas era algo muy diferente. El rey, el gran alfa Amedeirus, era un licántropo enamoradizo, débil ante el hechizo femenino. Le fascinaba conquistar a toda mujer que se le cruzaba sin importarle el honor de su esposa. Y no es que los licántropos no tuviesen fama de libertinos, hombres y mujeres. Pero era un requisito indispensable que, una vez que un miembro del clan encuentre a su mate, se convirtiera al instante en amante fiel. Y dado que el primogénito de Amedeirus era tan esperado por toda la manada, era impensable que hubiera dos o más posibles herederos. Sin mencionar que un bastardo sería siempre un paria para el clan.
Por esa razón, Nicolás lo odiaba como ningún otro. No era un secreto para nadie que su rencor hacia el antiguo rey licántropo lo había acompañado casi desde la cuna, por lo que a nadie le parecía descabellado suponer que ese licántropo marginado había sido el causante de su muerte.
Pero estaban equivocados.
