Capítulo 2 Escape

De súbito, un destello fugaz lo distrajo de sus pensamientos. Elevó la vista; un silencio sepulcral lo cubría todo, interrumpido por uno que otro goterón de agua que aterrizaba en el suelo.

—¡¿Quién anda ahí?! —exclamó, sin recibir respuesta.

Segundos después, la puerta de hierro se abrió de modo estrepitoso. A través de ella, una mata de cabello de fuego hizo que el corazón de Nicolás diera un vuelco. ¿Por qué tenía que ser precisamente ella?

Entró disparada en la celda, con el aliento a punto de escapársele.

—¡Es hora! —exclamó mientras se abría uno de los pesados candados que lo mantenían esclavizado. La llave era enorme y la mujer apenas si podía con ella.

—¿Por qué no lo hiciste antes? —cuestionó él, observándola mientras se dirigía al otro candado. Sus ojos se encendieron con la furia.

No habría querido decirle nada, pero necesitaba una respuesta.

—No podía —fue su única respuesta.

En cuanto se vio libre, Nicolás corrió hacia ella y la apresó entre sus brazos, rodeando su cuello con la mano derecha. Era posible que, al primer vistazo, su alma hubiese deseado ceder ante ella, pero al tenerla lo suficientemente cerca, el licántropo no pudo evitar que aquel aroma particular se le encajara en la nariz. Janice apestaba a Andrei. El aroma de su medio hermano estaba impregnado en su piel.

La pelirroja entrecerró los ojos e intentó mantener la calma.

—P-Por favor. Nicolás —dijo entrecortadamente.

El licántropo apretó aún más su cuello.

—Dime, ¿qué te detuvo?

—Tenemos que irnos... Ellos... vienen. Apenas pude con los guardias. Pronto... muy pronto tendremos a una comitiva buscándonos.

La mujer se armó de valor y apretó el brazo de Nicolás, acariciándolo.

El licántropo la liberó y se alejó de ella como si el contacto de sus dedos lo lacerara.

—Vamos —dijo ella—. Prometo contarte todo.

Afuera, los fuegos artificiales rompían con el silencio de la celda. Ambos se miraban y en sus ojos había un matiz intenso que mezclaba cientos de emociones, todas contradictorias entre sí. La pasión que brotaba entre ellos era tan hipnotizante como peligrosa.

Pero antes de que cualquiera intentara un movimiento, Janice rompió la tensión.

—Después, Nicolás.

El licántropo asintió. No era capaz de seguir reprochándole el tiempo en prisión. No porque no deseara hacerlo, sino porque la felicidad que lo embargaba al verla de nuevo era más poderosa que cualquier resentimiento y si deseaba mantener su orgullo intacto, lo mejor era no decir nada. No quería que sus emociones lo traicionaran y lo hicieran lanzarse a sus brazos.

Afuera brillaba un magnífico cielo nocturno. La luna se erguía hermosa sobre sus cabezas, pero no con la suficiente fuerza como para hacerlos transformarse de modo salvaje y sin voluntad.

A sus pies, se encontraban los dos guardias que Janice había tenido que asesinar para llegar a él.

Por un momento, la licántropa se dio permiso para mirarlo de arriba abajo. Verlo desnudo la transportaba inevitablemente a sus encuentros íntimos, tantas lunas atrás. Estaba segura de que él también estaba tan ansioso como ella por recuperar las noches perdidas y desquitar el deseo que los inundó durante la cruel distancia.

Sin embargo, no era momento para recuerdos. A lo lejos se escuchaban los gruñidos de animales salvajes que se estaban aproximando.

—Vamos —ordenó ella, adentrándose en el bosque oscuro adyacente a la pequeña cabaña que había servido de celda.

Las ramas de los árboles herían el delicado y magullado cuerpo de Nicolás, pero él era ya inmune al dolor.

—¿Sabes hacia dónde te diriges? —quiso saber al darse cuenta de que la chica parecía vagar sin un rumbo fijo a través del páramo boscoso. Entre caminos atropellados.

Muy cerca se escuchaban los pasos del grupo de licántropos que ya les seguían la pista. Al parecer, Andrei había enviado a los sabuesos, un grupo especializado de licántropos con habilidades de rastreo por encima de la media.

Janice corrió hasta toparse con un peligroso peñasco.

Observó con temor a su alrededor. No había forma de escapar de ahí. Abajo, las olas de un mar oscuro y embravecido parecían engullir las piedras filosas que de pronto se asomaban.

—¡Nicolás! —exclamó ella, mirándolo de súbito. El hombre lobo se aproximó a la orilla. Parecía haber un pequeño hueco libre de peligro y, con suerte, lo suficientemente hondo como para recibirlos sin sufrir daño. En seguida se dio cuenta de su plan.

—Ni lo pienses —fue su única respuesta.

—Entonces, ¿el chacal tiene miedo? —Nicolás la miró, gruñendo. No sabía qué le molestaba más. Si era el hecho de que se burlara de él o que lo llamara de esa manera, tal y como toda la manada.

Detrás de ellos, las fieras bestias se acercaban. La licántropa lo miró, enloquecida por el fulgor de sus hermosos ojos verdes. Suspiró hondo y se acercó a él, colocándose de puntitas para plantarle un beso en los labios.

Sin embargo, el primer impulso de Nicolás fue apartarla, indignado por el cinismo de quien alguna vez fue todo para él. Pero fue difícil. Nunca había imaginado que tendría que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para repeler el adictivo aroma de su pareja destinada, su mate... un aroma que lo enloquecía y que necesitaba a toda costa.

Con una fuerza avasallante, la apresó entre sus brazos y bebió de sus labios como un desesperado. Hasta ese momento no se había dado cuenta de la sed que lo había estado consumiendo lentamente y lo mucho que la había extrañado durante todo ese tiempo. Su odio hacia ella, hacia su cruel traición, lo había mantenido alejado incluso de su recuerdo, pero ahora que la tenía entre sus brazos, no podía simplemente fingir que no sentía nada, que no se moría de ganas de besarla, abrazarla y caer rendido ante sus encantos. Una vez más, como tantas veces antes, se sentía vencido por ella, por su belleza, por su corazón y por todo lo que, por mucho tiempo, ella representó en su vida.

Se dejó vencer por sus emociones y dejó que ella se acercara lo suficiente para quedar a un palmo de sus labios. Entonces lo besó y él lo permitió. Lo hizo porque también lo estaba necesitando. Porque durante todo su tiempo en prisión, no había hecho otra cosa más que pensar en ella y en lo mucho que la deseaba.

—Vive, cariño —susurró la pelirroja, alejándose un poco de él, como si la distancia, de pronto, le doliera—. Vive y vuelve más fuerte. Mata al maldito de Andrei.

De súbito, lo arrojó a la orilla, tomándolo por sorpresa. Pese a que hizo de todo por aferrarse a algo, cayó en las fauces negras del agua que lo arrastró sin piedad a sus entrañas. Y pese a la altura y al vértigo de la caída, pudo escuchar el sonido de gritos, aullidos y gruñidos.

Eran los rastreadores que, con toda seguridad, se habían encontrado con Janice. Solo con la imaginación podía llegar a intuir el terror que pudo haber sentido y el dolor de aquellos últimos momentos.

Chocó contra el agua embravecida que lo dejó inconsciente durante horas. El licántropo permaneció así, conducido por un destino tan negro como las aguas que lo transportaban muy lejos de ahí.

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