Capítulo 3 Encuentro

En opinión de Angy, las cosas no podían ser peores.

Tenía veintiún años, una deuda universitaria que amenazaba con dejarla fuera del siguiente semestre, un departamento tan diminuto que podía alcanzar el refrigerador estando sentada en el comedor y al mismo tiempo levantarse para prepararse un huevo. Sin mencionar el empleo que ocultaba hasta de sus vecinos.

Cada tarde repetía el mismo ritual antes de salir a su jornada laboral: pantalones anchos para esconder las medias de red; sudadera cerrada hasta el cuello cuya única finalidad era ocultar la blusa blanca de colegiala que llevaba debajo y tenis oscuros. El uniforme doblado debajo del abrigo siempre que el clima se lo permitía.

No era exactamente vergüenza de trabajar. Angy podía soportar casi cualquier empleo mientras le permitiera cubrir sus gastos personales. En realidad, lo que odiaba con el alma era sentirse observada. Las vecinas del edificio parecían poseer un radar especial para detectar desgracias ajenas, y ella no estaba dispuesta a regalarles una nueva historia que comentar mientras barrían los pasillos.

Aquel día consiguió bajar las escaleras sin encontrarse con nadie. Una pequeña victoria.

A las siete de la noche ya estaba frente a la barra del club, con la falda negra de tul apenas cubriéndole los muslos y un moño oscuro apretado a su cuello.

Luces violetas y azules bañaban el lugar. Sobre la pasarela circular del centro, dos bailarinas se movían entre destellos de neón mientras los clientes levantaban sus vasos, billetes y voces.

Angy cargó la charola que Nick terminó de preparar y comenzó su accidentado recorrido de regreso a la mesa que correspondía.

No pensaba permanecer ahí para siempre; se repetía cada noche. Mientras caminaba entre hombres ebrios y mesas pegajosas, y se abstraía en las imágenes de otra vida con una obsesión casi ridícula.

No soñaba solo con dinero y estatus. Soñaba con entrar a una sala y que las decisiones importantes dependieran de ella. Ser el centro de atención de una corporación importante, en la que su voz tuviera un peso real.

Había comenzado a estudiar administración porque quería dirigir una empresa algún día. No sabía cuál. Tampoco le importaba demasiado todavía. Solo sabía que quería construir algo por su cuenta. Algo que la hiciera sentir orgullosa de sí misma.

Tenía una libreta escondida dentro del cajón de su escritorio en donde apuntaba ideas de negocios, presupuestos imaginarios y hasta diagramas de departamentos que aún no existían. Cuando el gerente del streapclub se equivocaba con el inventario, Angy hacía cuentas mentales y se preguntaba cuánto dinero estaba perdiendo por semana, pero no decía nada. No después de que él mismo le dijera que era una entrometida e hiciera menos sus conocimientos administrativos. Cuando algún proveedor retrasaba un pedido, imaginaba cómo resolvería ella el problema e inventaba nuevos métodos de logística que incrementarían los rendimientos del local.

Todo aquello lo hacía a modo de entrenamiento, porque estaba convencida de que algún día tendría una oficina enorme. Tendría en sus manos los informes contables, los balances, las nóminas, todo a su disposición y todo suyo por completo. Se sentía con la capacidad de hacerse cargo, solo que el problema era llegar hasta ahí.

El trabajo apenas alcanzaba para costear la matrícula, la renta y la comida. El semestre estaba próximo a concluir y aún le faltaba una cantidad considerable para la reinscripción.

—Recuerda que hoy vamos al Caliente —gritó Giselle al pasar a su lado.

Angy sonrió.

—Solo dejo esto y nos vamos.

Necesitaba esa salida. Había pasado las últimas semanas entre clases, exámenes y turnos nocturnos. Su cabeza comenzaba a sentirse embotada, como un bote de basura repleto hasta el tope.

Llegó a la mesa nueve y acomodó las bebidas.

—Aquí tienen, caballeros.

Recogió los vasos vacíos y cuando se dio la vuelta para retirarse, una mano se cerró sobre su trasero sin mesura alguna.

La acción fue más rápida que el mismo pensamiento, y Angy, furiosa, golpeó la cabeza del hombre con la charola metálica.

—¡No me toques, idiota!

El sujeto soltó una maldición. Su acompañante se levantó de inmediato, molesto.

—¿Qué demonios te pasa, estúpida?

Angy retrocedió cuando lo vio cerrar el puño y elevó de nuevo la charola, dispuesta a asestarle un golpe también a él.

—¿Algún problema?

La voz de Jhonny se escuchó detrás de ella. Angy sonrió sin darse la vuelta y cerró los ojos con un suspiro de alivio.

El guardia de seguridad se colocó entre ambos. Era un hombre grande, de hombros anchos y brazos capaces de partir el cuello de cualquiera.

—Estos dos parecieron olvidar que las meseras no son streapers y que tienen prohibido tocarnos.

Jhonny dirigió el café de sus ojos hacia los hombres.

—¡Fuera de aquí! —ordenó, aunque sin gritar. Su voz era suficientemente potente como para asustar sin tener que elevarla del todo.

—¡Esa loca me golpeó!

—Entonces considéralo una suave advertencia.

—¡¿Cómo que una advertencia?! Te estoy diciendo que me golpeó la muy maldita.

Jhonny se apostó frente a él, eliminando las distancias, amenazante.

—Una advertencia de ella, porque yo no soy de advertir. ¿Prefieres que lo solucionemos a mi manera?

Los dos protestaron, pero al ver la determinación y evidente fuerza física de Jhonny, terminaron caminando hacia la salida, escoltados por él.

Angy contempló su retirada con cierto orgullo en la mirada.

—Es un encanto —suspiró.

—Te escuché —respondió él a la distancia.

Ella soltó una carcajada, lamentando para sus adentros que Jhonny no estuviera disponible para conquistar. Su esposa era muy afortunada.

Quince minutos después ya estaba cambiándose.

Se quitó el uniforme como si este hubiese estado quitándole partes de su alma y se puso un vestido rojo que llevaba guardado en su casillero durante casi dos semanas. Se soltó el cabello castaño, cambió las medias de red por unas claras y se puso unas zapatillas negras.

Al salir, sonrió cuando vio a Giselle, montada en su viejo descapotable.

—Por fin.

—Si mañana no puedo levantarme para ir a clases, será culpa tuya.

—Acepto toda la responsabilidad. Pero apresúrate, que la noche se nos acaba y yo aún no estoy ebria.

—Como si aceptar la responsabilidad hiciera alguna diferencia —bromeó ella y se acomodó en el asiento junto a la rubia.

—No servirá, pero suena muy maduro. ¿A que sí?

El Caliente estaba aún más lleno que el club en el que trabajaban y Angy agradeció el anonimato. Ahí nadie sabía que casi una hora antes había estado llevando tragos a viejos morbosos con un uniforme ridículo. Ahí era simplemente otra chica un jueves por la noche, entre luces, alcohol y música.

Tomaron un par de tragos y, cuando por fin se sintieron listas para bailar, corrieron a la pista tomadas de la mano.

Mientras se movía junto a la rubia, pensó que por primera vez en muchos días se sentía relajada. La universidad dejó de ser el tema central de su cerebro. Adiós al pago de la renta o ni qué decir de las vecinas chismosas.

En esos instantes era una más entre un mar de gente. Vibrando con la música y con el rumor del vodka que comenzaba a calentarle el organismo.

Tras un par de canciones, Giselle desapareció durante un rato. De alguna manera había encontrado la forma de encandilar a un hombre moreno que había estado bailando cerca de ellas. Se retiró un momento hacia la barra para tomarse un respiro y pidió una botella de agua.

Giselle volvió antes de que concluyera la siguiente canción.

—¡Idiota!

Angy levantó las cejas.

—Vaya, eso fue rápido.

—Ni siquiera fue —resopló Giselle y le arrebató la botella de agua para darle un buen trago—. Intenté besarlo.

—¿Y?

—Me dijo que solo quería bailar.

Angy soltó una carcajada.

—No te rías, tonta —sonrió su amiga, intentando recuperarse del rechazo.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Pues fracasas.

—Lo siento —se detuvo observando el puchero de la rubia—. Es que nunca te rechazan.

—Pues gracias por recordármelo.

Giselle pidió otro vodka y esperó pacientemente a que se lo sirvieran mientras lanzaba miradas hacia la pista de baile.

El moreno ya bailaba con otra mujer.

—Mira eso.

—Quizás de verdad solo quería bailar.

—No necesito lógica ahora mismo, Angy, sino indignación solidaria.

Angy elevó las manos.

—Es un maldito desgraciado.

—Gracias.

Ambas lanzaron otra mirada al hombre. De pronto, la nueva chica se acercó a él y ambos se enfrascaron en un beso apasionado e intenso. Giselle le lanzó una mirada de indignación.

La morena no pudo evitar soltar una carcajada por lo absurda de la situación, contagiando a Giselle, quien recibió la bebida y se mojó un poco los labios con ella.

Permanecieron unos segundos observando el lugar como dos leonas en busca de su presa. Hasta que Angy lo vio. Estaba cerca de las mesas laterales, sin hacer nada en especial, ni siquiera parecía estar divirtiéndose.

Caminaba lentamente entre la multitud, mirando de un lado a otro con una expresión extrañamente concentrada. Fue suficiente. Angy dejó la botella sobre la barra sin poder despegar su mirada de él.

—Ese —dijo, embelesada.

Giselle siguió la dirección de su mirada.

—¿Cuál?

—El de negro.

Su amiga lo encontró de súbito.

—Madre mía.

—Te dije.

El desconocido era alto, de espalda ancha y cabello negro que rozaba sus mejillas. Había algo extraño en él. No podía decidir exactamente qué, pero era atrayente. Tal vez por la manera en que observaba a los demás, con un toque de altiveza. No parecía mirarlos, sino más bien evaluarlos de modo frío.

—Voy —anunció Giselle, decidida.

Angy la sujetó del brazo.

—Ni lo sueñes.

—¿Perdón?

—Yo lo vi primero.

Giselle giró hacia ella con una sonrisa lenta y triunfal.

—¿Quieres una competencia?

Angy entrecerró los ojos. Normalmente no habría aceptado. Nunca le había interesado disputar la atención de un hombre. Pero con Giselle podía permitirse ser otra persona por unas cuantas horas. Ambas habían convertido sus salidas en una especie de juego privado. Les gustaba fingir que eran como muchos de los hombres que antaño las habían lastimado. Los elegían como si fueran objetos diseñados para su absoluta diversión. Los sometían a sus encantos, haciéndoles creer que serían suyas por siempre, solo para dejarlos con el cuerpo encendido. Algunos tenían la suerte de probar su amor, pero no lo suficiente como para que alguna saliera herida. Nada serio. Nada peligroso.

Miró de nuevo al desconocido, que estaba llegando a la pista de baile con ese mismo aire misterioso.

—Está bien —dijo—. Pero la otra debe aceptar la decisión que él tome. ¡Y nada de trampas!

—De acuerdo. —Le estrechó la mano que Angy le ofreció—. Ni siquiera voy a necesitarlas.

—Odiosa —sonrió ella.

—Perdedora.

Caminaron hacia él de modo distraído, como si ninguna hubiese reparado en su presencia.

El desconocido las vio acercarse. Durante un instante, Angy estuvo segura de que su mirada se había clavado directamente en ella. No en Giselle. En ella. Y eso le provocó un pequeño vuelco en el estómago.

Se sintió ridícula en cuanto la sensación cedió. Ni siquiera lo conocía.

Una vez que llegaron hasta él, comenzaron a bailar a su alrededor, intentando atraer su atención.

Giselle fue la primera en acercarse, pero el hombre apenas le prestó atención.

Angy contuvo una sonrisa. Entonces sintió una mano que se posaba con suavidad sobre su cintura. Ella permitió que la atrajera hacia él, confirmando con ello su triunfo sobre Giselle, cuya competencia había durado apenas medio segundo.

Después elevó la mirada y, de súbito, se olvidó de todo. Dejó de prestar atención a su alrededor.

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