Capítulo 4 Intensidad
El desconocido tenía unos ojos extraños. Verdes, quizás aceitunados. Demasiado atentos, demasiado intensos.
Algo dentro de ella respondió. No fue un reconocimiento exactamente, pero sí bastante similar como para inquietarla. Estaba segura de que nunca se habían visto y, sin embargo, se sentía extrañamente familiarizada con él. Como si lo hubiese conocido desde hacía mucho tiempo.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza y Angy sintió que su mano se cerraba un poco más alrededor de su cintura. No era delicado y tampoco lo necesitaba, por el contrario. Su presencia era tan arrolladora que ella se sintió extasiada tan solo de verlo.
Giselle, sorprendida por el resultado tan aplastante, observó la escena, derrotada.
—Traición —murmuró antes de alejarse.
Angy sonrió.
—Te veo en la barra.
Su amiga levantó el dedo medio y volvió a su bebida. El desconocido sonrió con sutileza, sin saber a ciencia cierta cómo sentirse ante semejante escena.
—¿Siempre haces apuestas sobre hombres?
Angy se sorprendió con su pregunta.
—¿Nos escuchaste?
—Fue bastante obvio.
Tenía una voz grave, ligeramente áspera, y olía delicioso.
—Solo algunas veces —bromeó ella, esperando que él se lo tomara con el mismo humor.
—¿Y qué es lo que ganas con ello?
—Depende.
—Ah, ¿sí? —Ella asintió—. ¿Y qué ganaste conmigo?
Angy sostuvo su mirada.
—Aún no lo sé.
La sonrisa de él cambió. Había algo profundamente peligroso en aquella expresión. Sus ojos brillaban con un matiz de misterio que, aunque le resultaba atractivo, también activaba todas sus alarmas de un modo visceral que ella no lograba comprender.
Sin embargo, no la hizo retroceder. Por el contrario. Colgó sus manos al cuello del hombre que la abrazó también, tal y como si fueran una pareja consolidada. Hasta que la cercanía comenzó a resultarle desconcertante, porque ese tipo no decía nada. Se limitaba a observarla de un modo que ella jamás había visto con anterioridad. Y no sabía de qué forma sentirse al respecto.
Desde luego, Angy estaba acostumbrada a hombres atractivos. Muchos acudían al club en el que trabajaba. Hombres que coqueteaban, presumían e insistían de formas cada vez más originales para llamar su atención. Pero aquello era diferente.
Pese a su silencio, ese desconocido parecía ocupar todo el espacio en el recinto. Tenía una presencia difícil de ignorar.
Cuando sus dedos recorrieron lentamente su cintura, Angy sintió un estremecimiento que le llegó hasta la nuca. Quiso atribuirlo al alcohol, aunque había bebido tan poco como para poder creerlo de verdad.
Él se inclinó. Su rostro quedó peligrosamente cerca de su cuello y ella sintió su aliento sobre la piel. Cálido. El desconocido inhaló con fuerza, como si quisiera meter en su nariz toda su esencia. Ella se apartó un poco.
—¿Me estás oliendo?
El hombre levantó la cabeza.
—¿Eso hice?
—¿Creo que sí? —respondió, inquieta. No podía soportar tenerlo tan cerca. Era demasiado irresistible.
—Tu perfume es delicioso.
Aquel comentario hizo que ella frunciera el ceño.
—No llevo perfume.
Algo atravesó la mirada de él, como una sombra. Fue tan rápido que Angy no supo de qué manera interpretarlo. Después volvió a dirigirle una media sonrisa.
—Entonces eres tú.
Ella sintió que le temblaban las piernas y que el calor subía hasta sus mejillas.
Maldito. Era demasiado.
—¿Cómo te llamas?
Él tardó en contestar, como si quisiera asegurarse de decir lo correcto.
—Nicolás.
—Yo soy Angy —sonrió ella.
—Angy.
La manera en la que dijo su nombre le produjo nuevamente esa extraña sensación. Familiar, pero de un modo extraño y torcido.
Le daba la impresión de que en cualquier momento lo recordaría.
Nicolás volvió a acercarse.
—¿Quieres salir de aquí?
Angy lo miró. Eso sí lo conocía. Había recibido aquella invitación cientos de veces y normalmente sabía cómo responder. Pero con él no. Con él se sentía caminando sobre arenas movedizas por lo mucho que provocaba en su interior.
—Vine con mi amiga, ella es la conductora designada —sonrió, intentando sonar casual.
—Puedo llevarte después.
—Pero... ni siquiera sé quién eres.
—Acabo de decirte mi nombre.
Angy sonrió.
—¡Eso no cuenta!
Nicolás la apresó nuevamente, aprovechando la cadencia de la música que se les metía entre los huesos.
—Bueno, entonces hazme las preguntas que quieras. Y conóceme.
—¿Aquí?
—Si lo prefieres, pero... —se acercó a su oído—. Las conversaciones se dan mejor sin tanto ruido.
Su sonrisa era pretenciosa, irritante, pero a ella le gustaba. Era una combinación terrible: guapo y pretencioso.
Buscó a Giselle con la mirada entre la multitud y la encontró junto a la barra. Su enojo parecía haber pasado y ahora charlaba alegremente con otro hombre, bebiendo y coqueteando. Devolvió la mirada a Nicolás, quien esperaba la respuesta a su invitación.
Algo le decía que no debía marcharse con él, que no era lo correcto. No sabía definir si se trataba de miedo o intuición. Quizás algo más velado. Como un ruido intermitente dentro de su cabeza que le pedía a gritos que ese hombre no era lo que aparentaba. Sin embargo, el deseo era mucho más poderoso. Y no solamente era sexual. Eso era lo que más la confundía. Tenía la necesidad, casi urgente, de conocerlo. De seguir hablando con él. Quería descubrir qué había detrás de aquella mirada tan cautivadora que parecía decir tanto con tan poco. Y comprender por qué su cuerpo se tensaba ante su presencia, repeliéndolo y, al mismo tiempo, anhelando acercarse más a él.
—Está bien —respondió. Nicolás esbozó una sonrisa y Angy levantó un dedo—. Pero primero quiero avisarle a mi amiga. Y le mando la ubicación de donde sea que vayamos.
La sonrisa de él vaciló apenas.
—Hazlo.
Angy se separó, sin desearlo, en realidad, y mientras caminaba hacia Giselle, no podía dejar de sentir la mirada de Nicolás clavada en su espalda. No quiso voltear a verlo, pero estaba segura de que no le quitaba los ojos de encima. Podía sentirlo. Una descarga eléctrica que hacía vibrar todo su cuerpo, dejando cosquilleos en su piel. No lograba definir si es que en esa apuesta realmente había sido la ganadora o no. Aún no lo sabría.
