Capítulo 5 Confusión
Nicolás esperó hasta verla alejarse y entonces pudo respirar de nuevo. Despacio y profundo. El aroma volvió a inundarlo. Era cálido y dulce, tan humano. Pero debajo de las notas más vibrantes había otra cosa.
Cerró los ojos durante un instante. Había recorrido cientos de kilómetros buscando exactamente aquello que ahora tenía enfrente. O casi.
Durante seis meses vagó de ciudad en ciudad mientras los rastreadores de Andrei aparecían una y otra vez detrás de él. No importaba cuánto avanzara o lo mucho que se esforzara por ocultarse, siempre terminaban encontrándolo.
Los licántropos podían reconocer la firma olfativa de otro miembro de su especie entre cientos de aromas humanos. Sangre, sudor, miedo, placer, territorio. Cada individuo llevaba consigo una huella imposible de borrar.
Pero Nicolás había descubierto que podía alterarla. Tal vez no ocultarla por completo, pero alterarla al menos lo suficiente para pasar desapercibido por un tiempo.
El contacto íntimo prolongado con una humana podía impregnar su piel de su olor característico y, durante un par de días, interferir con su propia firma. Los rastreadores seguían percibiendo algo, pero la señal se deformaba lo justo para comprarle algo de tiempo.
Podían ser dos días, a veces tres, no más. Su último encuentro había ocurrido hacía demasiado tiempo. La mujer seguía viva, probablemente convencida de que aquel extraño de ojos verdes ya la había olvidado. Y no se equivocaba. Nicolás no recordaba ni siquiera su apellido, pero su aroma estaba desapareciendo. Necesitaba otra mujer.
El problema radicaba en que Nicolás se negaba a costarse indiscriminadamente con cualquiera que estuviese dispuesta al encuentro. No solo porque, tratándose de intimidad, él era demasiado selectivo y si bien le gustaba el sexo, eso no quería decir que , sino también por su sangre.
La posibilidad de engendrar un hijo era mínima, pero no inexistente, y él no estaba dispuesto a dejar descendencia en cualquier lado, llenando las ciudades de crías. Ya había suficientes bastardos en el mundo y él sabía perfectamente lo que significaba ser uno.
Así que llevaba semanas buscando una mujer cuya firma biológica no despertara alarma en sus sentidos, que fuera perfecta. Requería que cumpliera con una serie de requisitos tales como salud, fertilidad, ausencia de enfermedades hereditarias, compatibilidad.
Características que un humano jamás podría percibir, pero que para un licántropo resultaban tan evidentes como elegir entre el olor de una fruta podrida y una en perfecto estado.
Sabía que la tarea no iba a ser nada fácil, pero nunca imaginó que se encontraría con un mar de candidatas que no alcanzaban a cubrir todos los requisitos. Antaño había elegido parejas ocasionales únicamente por la química sexual y el atractivo físico, nunca con la finalidad de procrear. La búsqueda se hacía cada vez más exhaustiva y él no conseguía dar con la persona indicada, y de pronto, ahí estaba Angy.
El licántropo volvió la vista hacia la barra. Ahí estaba ella, hablando con su amiga. Su aroma era perfecto... quizás demasiado.
Desde que estaba al otro extremo del salón, él había sentido la compatibilidad entre ambos, pero aquello no era lo que lo inquietaba. Era esa otra nota. La había percibido en cuanto Angy se acercó. Pequeña. Enterrada bajo la serie de aromas que componían su anatomía, resonando con tal sutileza, que dudaba que otros licántropos pudieran percibirla con facilidad, en especial uno que todavía no hubiera conocido a su mate.
Pero Nicolás ya la había conocido.
Janice.
Él habría podido reconocerla con los ojos cerrados entre un mar de personas. Su cuerpo reaccionaba a ella antes incluso de verla. Era una certeza. Una llamada silenciosa, pero muy potente y que no admitía dudas.
Angy no provocaba eso en él. No era Janice. No era su mate, de eso estaba seguro. Pero había algo en ella. ¿Qué demonios era?
La miró de nuevo.
Angy levantó el rostro y se encontró con sus ojos a la distancia. Entonces sonrió. Nicolás sintió otra punzada extraña en el pecho.
Molesto, apartó la vista y se apartó un poco para quedar fuera de la pista de baile en la que otras mujeres intentaban llamar su atención.
Tal vez se trataba de compatibilidad y nada más. Su organismo estaba respondiendo a una mujer especialmente adecuada para reproducirse y, debido a que nunca había siquiera buscado algo similar, era totalmente comprensible que ahora fuera tan extraño para él encontrarla. Se trataba de una reacción animal, simple y conveniente para su especie y no ameritaba dar más vueltas en torno a ello. Y sin embargo... Inhalo otra vez. La nota seguía ahí, bañando sus fosas nasales como si fuera miel. Un aroma que su cuerpo parecía conocer y al que reaccionaba de modo intenso. Pero no es Janice, se dijo para sí, apretando las manos que aún recordaban la calidez de su cintura.
Angy comenzó a caminar de regreso a él. Nicolás entrecerró los ojos. La respuesta apareció apenas un instante antes de que ella llegara, como un recuerdo incompleto o una sensación. En esa respuesta había demasiado aglomerado... tanto que lo abrumó. Había un olor a sangre. Sí. Eso era. Una familiaridad extraña, como si su organismo reaccionara al aroma tal y como lo haría con un familiar. Lo cual era totalmente absurdo. Estaba plenamente convencido de que jamás había visto a esa chica en toda su vida.
Nicolás se quedó inmóvil cuando se colocó ante él, con una media sonrisa y las manos ocultas tras la espalda. Lucía hermosa, delicada y espontánea.
—Todo listo. ¿Nos vamos? —preguntó Angy.
Él la observó unos segundos y sonrió, ocultando la súbita incomodidad que acababa de atravesarlo.
—Claro.
Posó una mano en su espalda y la condujo hacia la salida en donde le ofreció su brazo. Mientras abandonaban el lugar, el licántropo no dejó de respirar su aroma en un intento de convencerse de que estaba equivocado.
Porque aquella nota escondida en la piel de Angy se parecía demasiado a algo que había olido desde niño. Algo que odiaba con todo su ser y que llevaba seis meses intentando dejar atrás.
La sangre de su medio hermano.
