Capítulo 6 Conmoción [primera parte]
Se escabulleron por una de las salidas laterales del club, lejos de los destellos de neón y de la música que hacía vibrar las paredes del recinto.
El aire nocturno golpeó las piernas desnudas de Angy cuando apenas pusieron un pie fuera. No estaba borracha, pero quizás habría preferido estarlo. Así podría culpar al alcohol por haberse marchado así con un hombre al que acababa de conocer. Pero apenas había bebido. Su cabeza estaba perfectamente despejada, aunque su cuerpo era otra historia.
Desde que había visto a Nicolás en medio de la multitud, una especie de corriente cálida parecía haberse instalado debajo de su piel. No sabía explicar qué había en él que la atraía con semejante intensidad. Era guapo, desde luego. Ridículamente guapo. Pero aquello no bastaba. Había conocido hombres atractivos antes. No. Nicolás le provocaba algo diferente. Una especie de familiaridad, como si lo conociera desde antes. Y eso era absurdo, porque, de haberlo conocido anteriormente, difícilmente habría permitido que se le escapara con vida.
Sonrió por lo bajo y continuó caminando a su lado hasta el callejón contiguo al club. La música llegaba amortiguada desde el interior, convertida en un pulso grave y repetitivo.
—¿Dónde está tu auto? —preguntó Angy.
—Cerca.
Ella se detuvo.
—¿Siempre respondes así?
Nicolás también se detuvo.
—¿Así cómo?
—Tan seco. ¿Quieres hacerte el misterioso?
Una mueca de duda apareció en sus labios, misma que él camufló bastante bien con una sonrisa suave.
—¿Está funcionando?
Angy se mordió el labio inferior.
—Un poco —dijo y continuó caminando, pasándolo de largo.
Escuchó sus pasos acercarse por detrás.
—¿Y tú siempre te marchas con hombres que acabas de conocer?
Ella volvió el rostro, indignada.
—No siempre.
—¿Entonces debería sentirme especial? —su voz era un desafío, irresistible.
—Definitivamente no.
Nicolás soltó una breve carcajada.
Angy llegó hasta una pared de ladrillo y apoyó ambas manos sobre ella antes de darse la vuelta. Él ya estaba frente a ella. Demasiado. El contacto con sus ojos hizo que el corazón le diera un vuelco.
—¿Te arrepentiste? —preguntó Nicolás.
—Todavía no.
—Todavía —afirmó él, sin saber si sentirse feliz o decepcionado por su respuesta.
—No te emociones.
El licántropo, seguro de sí, apoyó una mano junto a su cabeza y se aproximó a ella sin dejar de mirarla a los ojos.
—Demasiado tarde.
La otra mano descendió hasta su cintura, en la que se posó como si siempre lo hubiese hecho. Como si ella le perteneciera.
Angy contuvo la respiración cuando él la atrajo hacia sí. El calor de su cuerpo atravesó la tela del vestido.
Ella elevó ambas manos hasta su nuca y hundió los dedos entre aquellos cabellos oscuros que había imaginado tocar desde que lo vio a lo lejos.
Nicolás inclinó el rostro y Angy, emocionada, esperó el beso. Pese a sus dudas, pese a su extraña actitud, deseaba fundir sus labios con los suyos.
Cerró los ojos esperando aquel contacto, pero el beso nunca llegó. Los labios de Nicolás descendieron hacia su cuello, tan certeros que era como si él conociera cada punto débil de su anatomía.
Exhaló un suspiro al sentir aquel estremecimiento que le recorrió la espalda, seguido de otro y otro. Más lento. Su piel se erizaba con el contacto de los labios cálidos de Nicolás.
Entonces, el licántropo aspiró con fuerza junto a su piel.
Angy sonrió con un débil jadeo.
—Otra vez —dijo ella.
Él no respondió.
—Me estás oliendo de nuevo.
No hubo respuesta. Nicolás volvió a respirar profundamente. Angy abrió los ojos. Algo había cambiado. El cuerpo que hacía un instante sentía relajado contra el suyo, ahora se había endurecido.
—¿Nicolás?
Él se apartó un poco y la observó fijamente. Ya no había diversión en su mirada, ni siquiera deseo. Solo una atención extraña, casi hostil.
Aquellos ojos le parecieron fríos por un instante.
—¿Qué pasa?
Nicolás volvió a acercarse a su cuello, pero ya no intentó besarla. Estaba olfateándola. Su piel, su cabello, el aire que la rodeaba.
Angy frunció ceño, confundida.
—Empiezas a ponerme nerviosa.
El aroma era más intenso directamente sobre su piel.
Nicolás podía distinguir cada nota con absoluta claridad. Su humanidad, su salud, la compatibilidad tan extraordinaria que tenían y, debajo de todo aquello... estaba eso...
La anomalía que había percibido dentro del club. Una firma que no pertenecía a Angy y, sin embargo, que formaba parte de ella y la hacía suya de una forma que no lograba comprender. Estaba equivocado. No se trataba específicamente del olor de Andrei. Pero había algo en ella que se lo recordaba. Conocía aquella sangre; había crecido rodeado de ella. La había olido durante toda su vida, pero no... no era igual. Solo... semejante.
Retrocedió un poco, mirándola fijamente a los ojos.
—¿Quién eres? —preguntó, pasando saliva e intentando controlarse porque, incluso pese a su contrariedad, la estaba deseando con locura.
—¿Otra vez?
—¿Quién eres?
La seriedad de su voz terminó por borrar la sonrisa tímida de la chica.
—Ya te lo dije.
Nicolás la sujetó del brazo.
—¿Quién te envió?
Angy abrió los ojos de par en par.
—¿Qué? ¡¿De qué estás hablando?! —vociferó, intentando deshacirse de su apretón.
—¿Conoces a Andrei?
—¿Quién? —El nombre no significaba nada para ella.
—¡¿Estuviste con Andrei?!
—¡No sé de qué demonios estás hablando! ¿Quién rayos es ese Andrei?
Nicolás observó hasta el más pequeño gesto de su rostro, sin alcanzar a identificar una muestra de mentira en su mirada. Era capaz de escuchar cómo se aceleraban sus latidos; percibía el cambio inmediato de su aroma, que pasó de la excitación al miedo.
Estaba confundido.
—Andrei —repitió, furioso con tan solo nombrarlo.
—No conozco a ningún Andrei —la voz de Angy estaba pincelada por una decepción oscura. Intentó una vez más liberar su brazo—. Me estás lastimando.
El licántropo bajó la mirada hacia sus propios dedos. Por un segundo pareció sorprendido.
La soltó, abrumado.
Angy se alejó de inmediato.
—¡¿Qué mierda te pasa?! —exclamó, sobándose el brazo adolorido. Nicolás no dijo nada—. Hace un segundo estabas besándome y ahora parece como si te hubiese sido infiel con alguien. Ni siquiera te conozco.
—Pero quieres...
Angy lo miró con incredulidad, ruborizada. Por dentro, tenía que admitir que así era.
—Muy gracioso.
Se alejó caminando, pensando si debía volver al club y asimilar las burlas de Giselle o pedir un taxi desde ahí.
—¿Quién es Andrei? —dijo al tiempo que se acercaba a la acera, decidida a que por esa noche no necesitaba más drama.
—Nadie. —La siguió él.
—Claro. Por eso casi me rompes el brazo preguntándome por él.
Nicolás apartó la mirada. No comprendía nada de lo que sucedía. Aquella mujer no conocía a su hermano, estaba casi seguro de ello. Sus ojos no podían ser tan falsos. Pero entonces, ¿por qué había algo en su aroma que se parecía al de él? ¿Por qué su fragancia llevaba algo suyo?
No impregnado sobre la piel, sino más como un rastro suave dejado por un contacto breve. Provenía de algo lejano o de algo muy cercano a ella. ¿Su interior?
Angy esperó en la esquina, con el celular en las manos. No estaba segura de si debía pedir un taxi, después de todo. Tampoco era como que lloviera en dinero. Miró de regreso al club, mordiéndose el labio. ¿Debería volver con Giselle?
—No te vayas —pidió él.
Ella movió la cabeza en negativa. En verdad quería quedarse, quería conocerlo. Descubrir qué era eso que la atraía tanto a él, pero después de lo acontecido, sería difícil volver a intentarlo.
—Creo que fue una pésima idea —dijo, mojándose los labios.
—¿Qué cosa?
—Venir contigo.
—Probablemente —dijo él, más para sí mismo que para ella.
Su respuesta terminó de irritarla.
—Perfecto —guardó el teléfono—. Volveré con mi amiga.
Nicolás estaba a punto de tomarla del brazo cuando algo atrajo su atención, de golpe. Echó una mirada hacia el callejón, por encima de la cabeza de la mujer. Su expresión cambió de modo abrupto.
—¿Y ahora qué? —cuestionó ella al notar su mirada de alarma.
Él no respondió. Un olor nuevo acababa de atravesar la noche. Un olor peculiar: a licántropo. Observó la oscuridad al final de la calle.
—Vete.
Angy soltó una risa incrédula.
—Eso es lo que estoy intentando.
—No —la interrumpió—. Corre.
Ella dejó de sonreír.
—¿Qué?
—Corre, Angy.
Había algo en el tono de su voz que elevó la adrenalina de Angy, o quizás fue su propio instinto que le decía a voz en grito que aquello no era una broma ni una alarma inútil. A lo lejos, comenzaron a escucharse pasos. Lentos, regulares. Nicolás se interpuso entre ella y la entrada del callejón.
Angy sintió un escalofrío. Las vibraciones del club parecían tan lejanas ahora.
—¿Qué está pasando?
