Capítulo 7 Conmoción [segunda parte]
Una figura apareció bajo la luz amarillenta de una farola. Se trataba de un hombre joven. Vestía una chaqueta oscura y unos audífonos descansaban alrededor de su cuello. A simple vista no parecía especialmente amenazante. Hasta que sonrió y lanzó un pequeño aullido de triunfo.
—¡Seis meses! —exclamó. Nicolás apretó los puños—. Seis meses y finalmente logro encontrarte. ¿Sabes cuánto me pagarán por esto? ¡Maldición! ¡Sí que he tenido suerte, joder!
—Debes estar cansado de tanto buscarme.
—Tú eres el que lleva medio año corriendo, Nicolás.
Angy los miró alternadamente.
—¿Se conocen?
Nicolás ignoró su pregunta.
—¿Vienes solo?
—¿De verdad crees que sería tan estúpido?
—Sí.
El desconocido dejó escapar una risa.
—Sigues siendo el mismo bastardo arrogante.
Nicolás dio un paso hacia él.
—Y tú sigues siendo el perro de mi hermano.
Angy sintió que algo le congelaba el pecho. ¿Qué estaba pasando? El desconocido finalmente puso atención en la mujer e inclinó ligeramente la cabeza. Aspiró con tanta fuerza que tuvo que sacudirse para desprenderse de tantos aromas, entre los cuales el de ella se mantuvo en su sistema por más tiempo. Su sonrisa, de súbito, se desvaneció mientras la miraba con fijeza. Sus ojos se abrieron de par en par, aturdidos. Y tuvo que volver a aspirar para confirmar sus sospechas.
—¿Qué demonios...? —vociferó, entre molesto y confundido.
Nicolás se colocó inmediatamente frente a ella.
—Ni se te ocurra.
El licántropo lo miró. Después volvió la vista una vez más a Angy, por encima del hombro de Nicolás.
—¿Quién es?
—No te importa.
—Nicolás...
—Cierra la boca.
La reacción del recién llegado cambió de pronto. Había una auténtica curiosidad en su mirada.
—¿Tú también lo hueles?
Angy frunció el ceño.
—¿Oler qué? —Nicolás lanzó una mirada asesina al hombre que estaba a punto de decir algo, hasta que el licántropo lo cayó—. Ni se te ocurra abrir la boca.
El otro amplificó su sonrisa.
—Parece que sí que lo hueles. Vaya. Esto sí que va a gustarle a Andrei.
Algo animal vibró dentro del pecho de Nicolás, brotando a modo de un gruñido bajo y profundo. Angy dio un paso atrás.
—¿Nicolás...?
El hombre llevó una mano al interior de su chaqueta. Todo ocurrió demasiado rápido. Nicolás se abalanzó sobre él, lanzándolo contra la pared de ladrillo. Angy gritó sin que nadie pudiera escucharla. El estruendo del bar era demasiado ruidoso. Algo metálico cayó al suelo. Angy no tuvo tiempo de distinguirla mejor, pero parecía una hoja de metal.
El desconocido golpeó a Nicolás y logró apartarlo de encima. Entonces sucedió. Nicolás cayó sobre sus manos y un crujido atravesó el silencio del callejón.
Angy se quedó petrificada.
—¿Nicolás?
Otro chasquido. La espalda del hombre se arqueó de forma violenta, como si algo lo apretara con dolor. Los dedos comenzaron a deformarse contra el pavimento. Las uñas se convirtieron en garras como de cuervo y la tela del traje negro se tensó en torno a los hombros hasta desgarrarse.
La mujer retrocedió, confundida y aterrada.
—No... no puede ser... —murmuró sin poder desviar la vista del hombre al que momentos atrás había permitido que se acercase a su cuello y la besara.
Otro gruñido surgió de la garganta de Nicolás. La mandíbula comenzó a transformarse y los huesos se le movieron debajo de la piel. Los colmillos comenzaron a crecer y la piel cedió ante lo que fuera que estaba emergiendo.
Angy sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El hombre que había estado besándola desapareció ante sus ojos y en su lugar, quedaba esa monstruosidad peluda. Una bestia.
Pero entonces, el desconocido también cayó al suelo. Sus manos se deformaron y su cuerpo sufrió la misma metamorfosis que Nicolás.
La mujer abrió la boca y el grito salió por fin.
Comenzó a correr desesperada. Detrás de ella estallaron dos rugidos, potentes y aterradores, seguidos por el sonido de un impacto brutal. Bramidos y golpes que hablaban de una fiera batalla entre animales. Pero esos no eran animales. ¿Lo eran?
No miró atrás. Escuchó cristales rompiéndose y golpes secos contra las paredes.
Corrió lo más rápido que le permitieron sus piernas. Una zapatilla se desprendió de su pie sin que le pudiera importar menos. La segunda cayó algunos metros después.
Siguió andando descalza, preguntándose por qué demonios no se había metido de regreso al club. No lo entendía. Solo sabía que aquellos dos seres no eran humanos y que lo que sus ojos acababan de ver era como para volverse loca.
Atravesó una calle y después otra y otra. Su mente intentaba encontrar una explicación a lo que acababa de suceder.
¿Drogas? ¿Alucinaciones? ¿Un disfraz? Las teorías iban de lo extremadamente lógico a lo absurdo. Pero nada podía explicar lo sucedido. ¿Cómo explicar que el rostro de Nicolás había dejado de ser humano?
Dobló en una esquina y sintió un fuerte dolor en el tobillo derecho. Había dado un mal paso y se le había torcido, pero no importaba. Continuó hasta encontrar la entrada oscura de un pequeño negocio cerrado. Un par de jardineras de cemento flanqueaban la puerta de vidrio. Angy se escondió detrás de una de ellas, dejándose caer. Estaba temblando de pies a cabeza, respirando con ansiedad y desesperación.
—No, esto no puede estar pasando —se dijo mientras se abrazaba con fuerza —. No existen. No existen.
Intentó respirar con normalidad, pero le pareció imposible. El aire se detenía antes de llegarle a los pulmones.
—Los hombres lobo... los monstruos... no existen. —La frase misma era absurda.
Hombres lobo. Criaturas nocturnas que aparecían en terribles producciones hollywoodenses. No podían ser otra cosa que cuentos y leyendas inventados. Y sin embargo... Nicolás, con esos ojos. Sus dientes. Las manos que se convirtieron en garras delante de ella y la absurda convicción de que estaba ante una bestia.
Angy cerró los ojos, pero seguía viéndolo en sus pensamientos. Buscó desesperadamente dentro del bolso. Mi teléfono, se dijo para sí misma. No estaba. Volvió a buscar; lanzó todo al suelo. No estaba.
—No... —recordó haberlo tenido en la mano justo antes de que apareciera el desconocido. Debía haberlo dejado caer en el callejón, durante la transformación de esos dos—. Mierda.
Sintió que las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Estaba sola, descalza, sin teléfono, con el tobillo latiéndole de dolor y muerta de frío y terror. Mientras que a unas cuantas calles de distancia, dos criaturas que no debían existir, peleaban sin razón.
Intentó pensar. Debía encontrar gente en alguna parte. Una avenida, un policía. Pero incluso si lograba encontrar a alguien vagando por la ciudad a mitad de la noche, ¿qué demonios iba a decirles? ¿Que el hombre con el que iba a acostarse súbitamente se había convertido en una bestia delante de ella?
Una media sonrisa nerviosa escapó de sus labios y se convirtió en un sollozo que no pudo contener. La mujer se cubrió la boca, intentando controlarse. Tenía que estar callada, tranquila... No estaba segura de que alguno de los dos no quisiera buscarla y hacerle daño.
Se detuvo un segundo, en silencio. Le pareció haber escuchado algo a lo lejos. Muy lejos. Un roce... después otro. Al tiempo que se aproximaba un poco más, Angy percibía mejor el sonido de pasos lentos e irregulares.
Se encogió detrás de la jardinera. Los pasos parecían acercarse justo a ella. Apretó ambas manos contra su boca. No quería moverse, ni respirar, ni siquiera quería seguir existiendo.
De pronto, algo atravesó la calle. Era una enorme sombra que apareció sobre la pared del negocio y se quedó ahí, olfateando el lugar.
Angy sintió que el corazón se le detuvo cuando la sombra avanzó con lentitud. Sentía que la cara le ardía de tanto esfuerzo que hacía por cubrirse los labios y no lanzar el grito desesperado que pugnaba por salir de su interior. Pasaron un par de segundos cuando la sombra desapareció. El lugar se quedó en silencio nuevamente, interrumpido por momentos por el viento frío que lanzaba los envoltorios de basura regados por el suelo.
Pasó un segundo. Dos. Tres. Cuatro. Algo respiró al otro lado de la jardinera.
Angy cerró los ojos con tanta fuerza que comenzó a ver manchas rojizas detrás de los párpados. Sabía que no estaba sola, pero no podía hacer nada. ¿Qué podría hacer ante semejante situación? Estaba segura de que ni siquiera correr sería una solución.
Entonces escuchó su nombre. Suave, ronroneante.
