Capítulo 1 CORRIENDO POR MI VIDA EN TACONES PRESTADOS.

El sonido de un bate de béisbol de aluminio arrastrándose contra el asfalto mojado tiene una acústica muy particular. Suena a fractura expuesta. Suena a facturas de hospital que no puedo pagar. Suena, literalmente, a que me quedan tres minutos de vida.

—¡Sal de ahí, pedazo de rata! ¡Sabemos que te metiste por este callejón!

Apreté las rodillas contra el pecho, enterrado hasta el cuello en un contenedor de basura detrás de un teatro clausurado. El olor a repollo podrido y cerveza rancia me golpeó la nariz, amenazando con sacarme el almuerzo inexistente de las últimas veinticuatro horas. Arriba de mi cabeza, una bolsa de plástico negro goteaba un líquido sospechoso directo sobre mi hombro. Mi respiración era un silbido irregular. Si me encontraban, me iban a romper las piernas. No era una metáfora. Marcos, el prestamista del barrio, me dejó muy claro que mi deuda por aquel estúpido negocio de purificadores de aire piratas había vencido ayer a la medianoche.

Los pasos pesados de los matones resonaron más cerca. Giré la cabeza lentamente dentro de mi pestilente escondite y vi mi única salvación: un maniquí de plástico descartado por la utilería del teatro. Llevaba puesto un vestido rojo de lentejuelas ridículamente ajustado y una peluca rubia que parecía un perro pekinés atropellado.

La supervivencia anula la dignidad. Agarré el brazo del maniquí y tiré. El plástico crujió. Le arranqué el vestido por la cabeza con la desesperación de un náufrago aferrándose a una tabla. Atrapé la peluca rubia justo antes de que cayera sobre un charco de grasa. Al fondo del contenedor, envueltos en papel periódico, encontré un par de zapatos de tacón de aguja negros, talla cuarenta y dos. Perfectos para un actor de teatro transformista. Perfectos para un idiota de un metro setenta y cinco que perdió sus zapatillas deportivas corriendo por tres cuadras de adoquines.

Asomé los ojos por el borde de metal oxidado. Los matones estaban revisando las cajas de cartón del otro extremo del callejón. Era ahora o nunca.

Salté fuera del contenedor. El impacto contra el suelo me sacudió los dientes. Me puse los tacones a la velocidad de la luz. El cuero sintético me apretó los dedos, cortando la circulación al instante. Corrí hacia la cerca de alambre de púas que separaba la parte trasera del teatro de la calle principal. Escalar una malla metálica con zapatos de aguja es un deporte extremo que nadie debería intentar. Enganché los dedos en los rombos de metal, apoyé la punta del zapato derecho y me impulsé hacia arriba.

Pasé la pierna sobre el borde. La tela de mi pantalón se rasgó. Caí al otro lado, aterrizando sobre el concreto húmedo.

Crack.

El sonido fue seco, agudo y definitivo. El tacón del zapato derecho se partió por la mitad. El tobillo se me dobló en un ángulo antinatural, enviando un latigazo de dolor blanco y ardiente directo hasta mi nuca. Caí de rodillas, mordiéndome el puño para ahogar el grito. El sabor a óxido de mi propia sangre me llenó la boca. La articulación palpitaba como un tambor. Jodida gravedad. Jodidos zapatos baratos.

—¡Escuché algo por ahí atrás! ¡Vamos! —rugió una voz grave desde el otro lado de la cerca.

Me puse de pie a trompicones, apoyando el peso en la pierna izquierda. Caminar con un tacón de doce centímetros en un pie y un muñón de plástico en el otro me daba el equilibrio de un marinero borracho en cubierta. Avancé cojeando por el pasadizo oscuro, tragándome el dolor de las punzadas en el tobillo. Solo tenía que llegar a la salida principal del callejón, doblar la esquina, meterme entre la multitud de la avenida y desaparecer.

Llegué al borde de la pared de ladrillos. Asomé la cabeza. El aire abandonó mis pulmones.

En la salida exacta, bloqueando la única ruta de escape hacia la luz de los postes de la calle, estaban dos hombres del tamaño de una nevera industrial. Uno golpeaba un tubo de plomo contra la palma de su mano. El otro encendía un cigarrillo, iluminando sus nudillos llenos de cicatrices. Me habían acorralado. Tenían cubierta la entrada y la salida.

Retrocedí pegando la espalda contra los ladrillos húmedos, respirando por la boca para no hacer ruido. Si salía corriendo como el chico de los recados que debía cinco mil dólares, me iban a cazar en tres segundos. Mi única ventaja era que esos gorilas estaban buscando a Lucas, un tipo delgado con una camiseta gris desteñida, jeans rotos y el cabello negro alborotado.

Miré el bulto de tela roja que apretaba en mi mano derecha. Miré la peluca rubia.

Tenía exactamente diez segundos antes de que los matones de atrás doblaran la esquina interior y me descubrieran. Desabroché el vestido de lentejuelas. Me lo pasé por la cabeza sin quitarme la camiseta ni los jeans, obligando a la tela elástica a estirarse sobre mi ropa. Las lentejuelas baratas me rasparon la piel del cuello. El cierre trasero amenazó con reventar por el grosor de mi ropa interior, pero logré subirlo hasta la mitad.

Agarré la peluca rubia, la sacudí para quitarle una envoltura de chicle pegada y me la encajé en la cabeza. Los mechones sintéticos me picaban en los ojos, oliendo intensamente a polvo y naftalina.

Faltaba la cara. Mis rasgos siempre habían sido un problema por ser demasiado finos, la burla constante de los niños en el orfanato. Hoy iban a salvarme la vida. Escupí sobre mis dedos índice y medio. Los froté contra la pared de ladrillo rojo y la ceniza de un barril de basura quemado. Me pasé la mezcla sucia por los pómulos para simular sombra, me manché los labios de polvo rojizo y bajé la cabeza para que el cabello falso ocultara mi mandíbula.

Los pasos resonaron justo detrás de mi pared. Se acabó el tiempo. Enderecé la espalda, tensé las pantorrillas, ignoré el tobillo a punto de explotar y salí caminando hacia los dos gorilas de la entrada, rezando a todos los santos para que la oscuridad del callejón y mi maquillaje de basura fueran suficientes.

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