Capítulo 2 EL PEOR PRIMER BESO DEL MUNDO.

Avanzar hacia tus propios verdugos exige un nivel de desconexión cerebral absoluto. Mantuve la mirada baja, balanceando las caderas de forma exagerada para compensar la cojera del tacón roto, rezando para que el movimiento pareciera un contoneo intencional y no una discapacidad motriz. El roce de los jeans ajustados bajo el vestido de lentejuelas me cortaba la circulación.

Los dos hombres de la salida dejaron de hablar al verme. El del tubo de plomo dio un paso al frente, bloqueando la acera.

—Oye, preciosa —gruñó, con un aliento que apestaba a tabaco barato y café quemado—. ¿No viste a un flaco salir corriendo por ahí atrás?

Forcé los músculos de mi garganta al máximo. Achiqué la voz hasta convertirla en un susurro ronco, casi inaudible. Apunté con mi uña sucia hacia el fondo del callejón por donde yo mismo había venido.

—Saltó la cerca... hacia el estacionamiento —susurré, bajando la cabeza para que los mechones rubios cubrieran mis ojos.

El matón resopló, irritado, girándose hacia su compañero.

—Ese infeliz se nos va. Muévete.

El alivio me bañó como un balde de agua fría. Me hice a un lado, pegándome a la pared de concreto del edificio contiguo, listo para dejarlos pasar y correr hacia la avenida principal donde pasaban los taxis. Di dos pasos cojeando.

Entonces, el segundo gorila se detuvo.

—Espera un momento —dijo, entrecerrando los ojos hacia mí—. Tienes tierra en la cara. Y unos hombros muy anchos para ser una mujer.

La sangre se me congeló en las venas. El sonido del bate de aluminio del grupo de atrás se escuchó a menos de diez metros. Estaba atrapado en un sándwich de matones. El hombre extendió una mano gruesa hacia la peluca. Necesitaba una distracción. Un escudo humano. Un milagro.

Justo en ese milisegundo, la puerta trasera de un restaurante de lujo ubicado en la esquina de la avenida se abrió de golpe.

Un hombre salió a la calle, ajustándose los puños de la camisa. Era alto, de hombros anchos y postura rígida. Llevaba un traje italiano oscuro que costaba más que mi vida entera, cortado a la medida perfecta. Desprendía un aura letal, fría y controlada. A su alrededor, la noche parecía volverse más oscura.

No lo pensé. No evalué las consecuencias. El pánico apagó mi instinto de autopreservación.

Me impulsé con la pierna buena, clavé el tacón sano en el pavimento y me lancé de cabeza contra él. El impacto fue como chocar contra una pared de mármol macizo. El hombre emitió un sonido ronco de sorpresa. Antes de que pudiera apartarme, le agarré las solapas del saco carísimo, me empiné sobre mis dedos heridos, pegué mi cuerpo contra el suyo para esconder mi rostro de los matones que venían hacia mí, y le estampé la boca contra la suya.

Un beso desesperado. Un acto de vandalismo puro.

Esperaba un grito de asco. Esperaba que me empujara al asfalto de un manotazo por arruinar su traje de diseñador. Esperaba que llamara a seguridad.

Lo que no esperaba fue su respuesta.

En lugar de rechazarme, una mano gigante, pesada y caliente se cerró alrededor de mi cintura. Los dedos se clavaron en la tela de lentejuelas con una fuerza posesiva y aterradora, apretándome contra su pecho hasta sacarme el aire de los pulmones. La otra mano subió hasta mi nuca, enredando sus dedos en los nudos de la peluca barata, inmovilizando mi cabeza por completo.

Me devolvió el beso.

No fue un roce confundido. Fue un ataque directo. Sus labios eran ásperos, firmes, tomando el control de la situación con una autoridad que me paralizó la médula espinal. Sabía a whisky añejo, a tabaco negro y a un peligro oscuro y abisal. Mi cerebro hizo cortocircuito. Intenté retroceder, ahogando un sonido de pánico en mi garganta, pero el agarre en mi cintura me levantó un centímetro del suelo. Me sentí como un ratón de alcantarilla que acababa de saltar voluntariamente a las fauces de un lobo para escapar de un gato callejero.

Por el rabillo del ojo, vi a los dos matones detenerse.

—Malditos ricos asquerosos, vámonos de aquí —escupió el del bate, asqueado por la exhibición pública o quizás intimidado por la presencia del hombre que me estaba devorando vivo. Escuché sus pasos alejarse calle abajo.

Estaba a salvo de Marcos y sus cobradores. Pero ahora estaba atrapado por algo mucho peor.

El agarre en mi nuca no cedía. La mano en mi cintura quemaba a través de la tela, acariciando la curva de mi costado con una lentitud calculadora. El terror real, crudo y primitivo me golpeó el pecho. Este tipo no era un empresario cualquiera saliendo de cenar. Se movía como un depredador que acaba de encontrar su presa favorita.

Tenía que salir de ahí antes de que descubriera que estaba besando a un deudor desempleado con ropa sucia debajo de un vestido de mujer.

Junté toda la fuerza que me quedaba en la pierna derecha. Levanté el pie con el muñón de plástico partido y lo bajé con brutalidad destructiva directamente sobre su zapato Oxford de charol inmaculado. Puse todo mi peso en ese pisotón.

El hombre soltó un gruñido grave contra mi boca. El dolor lo obligó a aflojar los dedos de mi cintura durante una fracción de segundo. Fue todo lo que necesité.

Lo empujé por los hombros con ambas manos, usando toda mi fuerza callejera para desequilibrarlo. Me solté de su agarre, sintiendo el aire frío golpear mis labios húmedos. No me quedé a mirar su expresión. No esperé a ver si sacaba un arma. Giré sobre mis talones y arranqué a correr hacia el tráfico de la avenida principal, ignorando el dolor agónico del tobillo, corriendo como si el mismísimo diablo me pisara los talones falsos.

Un taxi amarillo bajaba la velocidad para detenerse en un semáforo. Me tiré de cabeza por la ventanilla trasera abierta, cayendo de bruces sobre los asientos de cuero cuarteado.

—¡Arranque, arranque, le pago el doble, arranque ya! —grité, tirando un billete arrugado de cinco dólares hacia los asientos delanteros, rogando que el conductor no me echara a patadas.

El taxista pisó el acelerador, las llantas chillaron contra el asfalto. Me deslicé hasta el piso del auto, ocultándome debajo de la línea de las ventanas. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con la fuerza de un martillo neumático. Respiré el olor a pino artificial del taxi, intentando calmar el temblor de mis manos.

Me toqué los labios. Estaban ardiendo, hinchados por la presión implacable de la boca de ese extraño. Me arranqué la peluca rubia de un tirón, lanzándola al otro lado del asiento trasero, y dejé caer la cabeza contra la alfombra sucia.

Mi primer beso. Veintidós años en este mundo esperando un momento romántico, o al menos un par de cervezas previas, y resultó ser un robo a mano armada en un callejón, con sabor a tierra, supervivencia y whisky caro.

—A dónde lo llevo, señorita —preguntó el taxista, mirándome por el retrovisor.

Miré el techo del auto, sintiendo el escozor de las lentejuelas contra mi pecho, y solté una risa seca, desprovista de cualquier alegría. Había sobrevivido a la noche, sí. Pero la sensación fantasma de esa mano gigante apretando mi cintura se quedó grabada en mi piel como una marca de fuego.

Mañana tendría que buscar la forma de conseguir dinero para desaparecer del continente. Hoy, solo quería quitarme este maldito vestido antes de perder por completo la poca dignidad que me quedaba.

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