Capítulo 3 LAS DEUDAS ME PERSIGUEN.
El crujido de la madera astillándose sonó exactamente igual al estallido de un hueso. Desperté de un salto, enredado en mis propias sábanas sudadas, justo a tiempo para ver cómo la cerradura de mi puerta salía volando como un proyectil y golpeaba la pared opuesta. Solo habían pasado doce horas desde mi escape en el callejón con aquel vestido de lentejuelas, y ya me habían encontrado.
Me pegué contra el respaldo de la cama, buscando a ciegas mi bate improvisado —un tubo de PVC que usaba para colgar la ropa—. Una bota de trabajo cubierta de barro terminó de patear los restos del marco de la puerta, haciendo que las bisagras gritaran pidiendo piedad.
No eran los matones del prestamista. Era peor. Era "El Rata", mi casero y matón a sueldo en sus ratos libres.
Entró pisando fuerte, llenando mi cubículo de cuatro por cuatro metros con su abrumador olor a loción barata y cebolla frita. Llevaba una camisa desabotonada hasta la mitad del estómago peludo, mostrando una cadena gruesa que le teñía la piel de verde por lo falsa que era.
—Lucas —gruñó, escupiendo un palillo de dientes masticado sobre mi piso—. Se acabó la caridad, niño.
—Rata, amigo mío, buenos días —dije, apretando el tubo de PVC bajo las sábanas, intentando que mi voz sonara casual—. La puerta estaba abierta. Bueno, ahora lo está mucho más. Trataré de no cobrarte los daños de carpintería si me das un par de días.
El Rata pateó la única silla de plástico de mi habitación, enviándola a estrellarse contra la mini nevera desconectada. Avanzó dos pasos, agarró el cuello de mi camiseta gris desgastada y me levantó a medias del colchón. El olor a tabaco rancio de su aliento me golpeó la cara, recordándome por una milésima de segundo el beso robado de anoche. Solo que el hombre del traje olía a peligro y millones; El Rata olía a fracaso y alcantarilla.
—Te di una semana de gracia porque dijiste que ese negocio tuyo de los filtros de agua iba a explotar —bramó, sacudiéndome—. Lo único que explotó fue mi paciencia. Tienes cuarenta y ocho horas para pagarme los tres meses de alquiler que me debes.
—Escucha, estoy esperando una transferencia... —mentí, clavando mis uñas en su muñeca gruesa para que me soltara un poco.
—Cuarenta y ocho horas —repitió, soltándome de golpe para dejarme caer sobre el colchón sin resortes—. Si el viernes a esta hora no tengo mis billetes, te voy a romper las dos piernas con una llave de tubo. Y luego te voy a vender por piezas a los traficantes del puerto para recuperar mi dinero. ¿Entendido?
Asentí rápido, tragando saliva. El Rata se arregló el cuello de la camisa, pisoteó mi camiseta limpia que había caído al suelo y salió por el marco destrozado, pateando un trozo de madera hacia el pasillo.
Me quedé en silencio, escuchando sus pasos pesados bajar las escaleras. Cuando el sonido desapareció, solté el aire acumulado en mis pulmones. Me froté el cuello enrojecido y tiré las sábanas a un lado. El tobillo derecho, el mismo que me había torcido anoche al romper el tacón del zapato falso, estaba hinchado, palpitando con un color púrpura digno de una pintura abstracta. Apoyar el pie en el suelo frío fue una tortura. Cojeé hasta la pequeña encimera que servía como cocina, baño y escritorio.
Necesitaba hielo. Pero más que hielo, necesitaba un puto milagro financiero.
Agarré mi teléfono celular. La pantalla estaba tan astillada por la caída en el callejón que parecía un rompecabezas de cristal. Deslicé el pulgar, ignorando el pequeño corte que me hizo el vidrio, y abrí la aplicación de mi banco. El círculo de carga empezó a girar. Giró. Y giró. El internet del vecino que estaba robando iba excepcionalmente lento.
Cerré los ojos, rezando a deidades en las que no creía. Por favor, que el depósito de seguridad del local de los filtros haya sido reembolsado.
Abrí un ojo. La pantalla parpadeó y mostró los números en rojo brillante.
Saldo disponible: -$14.50.
Me quedé mirando el símbolo de menos. El banco no solo no tenía mi dinero, sino que me estaba cobrando comisiones de mantenimiento por ser pobre. Debía cinco mil dólares al prestamista del barrio. Debía tres meses de alquiler al Rata. Le debía catorce dólares al banco central. Era oficialmente la persona con menos valor neto del hemisferio occidental. Si me moría hoy, mi cadáver le iba a deber dinero a la funeraria.
Tiré el teléfono sobre el colchón. El estómago me gruñó con la violencia de un animal salvaje exigiendo atención. Abrí la mini nevera; había medio limón seco y una botella de agua del grifo. Abrí la alacena; un paquete de fideos instantáneos sabor "pollo artificial" me miraba desde la oscuridad.
No tenía gas para hervir agua porque no había pagado la factura. No tenía electricidad para usar el microondas.
Agarré el paquete de fideos, lo abrí con los dientes, saqué el bloque cuadrado de pasta seca y le espolvoreé el condimento de sodio radiactivo por encima. Me deslicé por la pared hasta quedar sentado en el suelo de baldosas sucias, cruzando las piernas como pude para no presionar el tobillo morado.
Le di un mordisco al bloque de fideos. El crujido resonó en la habitación vacía. Sabía a cartón salado y a pura miseria. Mastiqué despacio, mirando la puerta rota de mi apartamento por donde cualquier psicópata podía entrar. Comiendo sopa instantánea cruda, endeudado hasta la médula y con los labios todavía resentidos por la agresión de un mafioso millonario. Mi vida era un chiste, y ni siquiera uno bueno.
