Capítulo 4 UN ANUNCIO DE TRABAJO SOSPECHOSAMENTE GENEROSO.

El polvo salado del condimento de los fideos se me pegó a la garganta como arena del desierto. Tosí un par de veces, golpeándome el pecho, y bajé los pedazos crujientes con un trago de agua tibia de la llave. La autocompasión dura exactamente lo que tardas en atragantarte. Necesitaba moverme. Necesitaba dinero hoy mismo, antes de que el sol se pusiera, o mis rodillas iban a terminar convertidas en polvo de hueso.

Agarré el celular de nuevo. Marqué el único número que me sabía de memoria además del mío. El teléfono sonó tres veces antes de que una voz rasposa, acompañada por el sonido de platos rompiéndose y sartenes friendo, contestara.

—Restaurante El Gordo, si quiere pedir a domicilio tiene que esperar dos horas.

—Don Carlos, jefe, el mejor cocinero de esta maldita ciudad —dije, forzando un tono entusiasta, usando mi mejor voz de vendedor—. Soy yo, Lucas. Su lavaplatos estrella.

Un silencio pesado cayó del otro lado de la línea. Solo se escuchaba la grasa saltando.

—Lucas —pronunció Don Carlos, arrastrando las sílabas como si mi nombre le diera acidez estomacal—. Te despedí hace tres semanas porque metiste jabón industrial en la freidora de las papas. Casi intoxicamos a veinte camioneros.

—Fue un accidente de logística, Don Carlos. Estaba innovando. Escuche, necesito un favor. Estoy desesperado. Necesito que me devuelva el trabajo. Haré el doble turno. Trabajaré por debajo del salario mínimo. O, si tiene buen corazón, necesito un adelanto. Cien dólares. Cincuenta. Lo que sea para calmar a mi casero.

Don Carlos soltó una carcajada ronca, el tipo de risa que te hace sentir del tamaño de una hormiga.

—¿Un adelanto? Eres un desastre andante, niño. Destruyes todo lo que tocas. No te contrataría ni para sacar la basura de la calle porque seguro incendiarías el basurero. Si te acercas a mi restaurante, llamo a la policía. Que Dios te ampare, porque yo no pienso poner un centavo en tu funeral.

El tono de marcado rápido resonó en mi oreja. Colgó.

Tiré la cabeza hacia atrás, golpeando el yeso barato de la pared. Humillado, rechazado y al borde de la fractura múltiple. Me puse de pie usando la encimera como apoyo, ignorando el dolor del tobillo. Mi apartamento parecía la escena de un robo. La pequeña mesa de plástico del rincón estaba cubierta por un periódico viejo de hace tres días que yo usaba como mantel para no limpiar.

Apoyé las manos sobre el papel entintado, dejando caer la cabeza entre los hombros. Mi mirada se desenfocó en las manchas de grasa de una empanada vieja que me había comido el lunes. Justo debajo de la mancha de aceite, en la sección de clasificados, un bloque de texto resaltado con una tipografía negra absurdamente grande atrajo mi atención.

Pase el pulgar sobre la grasa para leer las letras pequeñas.

SE BUSCA CUIDADOR DE ANIMAL. Requisitos: Tolerancia al riesgo, disponibilidad inmediata, fuerza física. Pago: Efectivo exorbitante al finalizar la semana. Sin preguntas, sin historial. Dirección: Avenida Los Pinos 405, Colinas de San Marcos.

Parpadeé. Leí el anuncio tres veces. "Pago en efectivo exorbitante" y "Sin preguntas". Esas eran mis dos frases favoritas en todo el diccionario de la lengua española. No pedían currículum, no pedían referencias de exjefes que querían arrestarme, y pagaban en mano.

La dirección estaba en Colinas de San Marcos, el barrio más rico y blindado de toda la zona metropolitana. El tipo de lugar donde los jardineros ganaban más que un cirujano y donde la seguridad disparaba primero y preguntaba por el código postal después. Era obvio que había gato encerrado. Un anuncio tan ambiguo podía significar desde limpiar las jaulas de una colección ilegal de tigres de bengala hasta alimentar a un político corrupto encadenado en un sótano.

A este punto de mi vida, me daba exactamente igual. Por el dinero suficiente, estaba dispuesto a alimentar a un tiranosaurio rex directamente de mi mano.

Arranqué el pedazo de periódico con un tirón seco, metiéndolo en el bolsillo de mis jeans. Cojeé hacia la pila de zapatos de mi entrada. Solo tenía mis viejos tenis de lona negros; el par deportivo lo había perdido corriendo la noche anterior antes de calzarme los tacones. Metí los pies a la fuerza, apretando los cordones del pie derecho al máximo para que sirviera como un vendaje de compresión improvisado para el esguince.

Revisé el cajón de la mesa de noche. Siete monedas sueltas. Lo exacto para pagar el boleto del autobús de ida. Si no me daban el trabajo, tendría que volver caminando veinte kilómetros.

Salí del apartamento saltando sobre el marco roto, bajé las escaleras de dos en dos usando la baranda para no apoyar el pie, y salí a la calle. El aire denso y contaminado de la mañana me golpeó los pulmones. Caminé tres cuadras hasta la parada del transporte público, apretando el papel en mi bolsillo como si fuera un billete de lotería ganador.

Subí al autobús oxidado. El olor a diésel quemado y a desodorante de pino rancio me invadió al instante. Pagué mis monedas, ignorando la mirada de asco del conductor al ver mi camiseta manchada y mi cabello negro disparado en todas las direcciones. Me dejé caer en un asiento de plástico duro junto a la ventana. El motor rugió y el vehículo empezó a vibrar, lastimando cada hueso de mi cuerpo con cada bache de la calle.

Miré por el cristal rayado cómo los edificios grises llenos de grafitis de mi barrio iban quedando atrás, reemplazados lentamente por avenidas anchas, árboles podados y muros de seguridad. Estaba cruzando la frontera hacia el mundo de la gente que no miraba los precios en los menús.

Saqué el recorte de papel, pasándole el pulgar a las letras. "Cuidador de animal". Sonaba sencillo. Sonaba a paseos por el parque y lanzar pelotas de tenis.

No tenía ni la más remota idea de que estaba a punto de entrar directamente en la boca del infierno, y que el dueño del perro era el mismo hombre al que le había robado el aliento y la paciencia la noche anterior en un callejón oscuro.

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