Capítulo 5 ESTA CASA PARECE UNA PRISIÓN DE LUJO…

El autobús escupió sus frenos neumáticos y las puertas se abrieron con un chirrido agudo. Bajé apoyando el peso en la pierna buena, aterrizando sobre una acera que estaba objetivamente más limpia que el piso de mi cocina. Levanté la vista y mi instinto de supervivencia, ese radar interno forjado a base de palizas callejeras, me gritó que diera media vuelta y saltara de nuevo al transporte. La dirección del recorte de periódico no correspondía a una casa de ricos normal. Era una puta fortaleza militar disfrazada de mansión.

Un muro de piedra maciza de tres metros de alto devoraba toda la manzana. La hiedra perfectamente podada intentaba, sin éxito, ocultar los rollos de alambre de púas y tensión eléctrica que coronaban la estructura. Dos cámaras de seguridad giraron sus lentes opacos directamente hacia mi cara, emitiendo un zumbido mecánico idéntico al de un francotirador ajustando la mira telescópica. Un escalofrío de puro terror me congeló la sangre. Di un paso atrás, calculando si la deuda del Rata valía la pena el riesgo de terminar enterrado en estos jardines. El dolor punzante en mi tobillo hinchado tomó la decisión por mí. No tenía opciones.

Me acerqué a las monumentales puertas de hierro forjado. Ni siquiera tuve tiempo de buscar el botón del intercomunicador.

Dos sombras gigantescas salieron de una caseta de vigilancia oculta entre los arbustos. Eran dos hombres construidos con la misma genética que los tanques de guerra, vestidos completamente de negro táctico, con auriculares en espiral bajando por sus cuellos gruesos. No llevaban placas de seguridad privada. Sus posturas gritaban violencia pura.

—Manos a la reja. Ahora —ladró el más alto, con una voz que no admitía discusiones.

Antes de que mi cerebro procesara la orden, una mano del tamaño de un guante de béisbol me agarró por la nuca y me estampó la cara contra los barrotes fríos del portón. El metal me raspó la mejilla.

—¡Oigan, oigan, vengo por el anuncio! —grité, escupiendo un pedazo de pintura oxidada de la reja.

Me patearon los tobillos para obligarme a abrir las piernas. El dolor de mi esguince estalló, sacándome un gemido ahogado. Las manos ásperas de los guardias me revisaron con una agresividad metódica, golpeando mis costillas, palpando los dobladillos de mis jeans rotos, buscando cables, micrófonos o armas. El sudor frío me bajó por la columna. Esta gente no era la policía. La policía te lee tus derechos antes de romperte una costilla. Estos tipos eran otra cosa. El olor a pólvora rancia y cuero barato que desprendían sus uniformes me confirmó que acababa de meterme directo en la boca de algún cártel o sindicato mafioso.

El guardia sacó el pedazo de periódico arrugado de mi bolsillo delantero. Lo miró un segundo, cruzó una mirada silenciosa con su compañero y me soltó de golpe.

—Entra por la puerta de servicio. Si tocas el pasto, te disparamos —dijo, abriendo un panel lateral de acero que parecía la escotilla de un submarino.

Frotándome las costillas adoloridas, crucé el umbral. El contraste me dejó ciego por un momento. Afuera era el tráfico gris de la ciudad; adentro era una extensión infinita de césped esmeralda, fuentes de mármol escupiendo agua cristalina y una mansión de tres pisos que parecía un palacio europeo trasplantado a la fuerza a este continente. Caminé por el sendero de grava fina, asegurándome de no pisar ni una sola brizna de hierba. El silencio del lugar era sepulcral, antinatural. Solo se escuchaba el crujido de mis tenis de lona gastados.

Al llegar a las puertas principales de madera de roble, una mujer me estaba esperando.

Llevaba un uniforme de ama de llaves gris oscuro, almidonado hasta el punto de parecer una armadura. Su cabello estaba recogido en un moño tan tenso que debía cortarle la circulación al cerebro. Se llamaba Marta, lo supe porque tenía una pequeña placa de plata en el pecho, pero su actitud gritaba "comandante del pelotón de fusilamiento".

Marta detuvo su mirada en la punta de mis tenis manchados de barro urbano. Subió lentamente por mis jeans rasgados por la cerca del callejón, repasó mi camiseta desteñida y se detuvo en mi cabello negro alborotado. El desprecio que irradiaban sus ojos era un ataque físico. Me escaneó de arriba a abajo como si yo fuera un charco de vómito en su alfombra persa recién aspirada.

—Dime que eres un error de logística y no la persona que viene por el puesto —dijo ella. Su tono era cortante, afinado para destruir la autoestima de los débiles.

—Soy Lucas. Vengo por los animales y el efectivo exorbitante —respondí, enderezando la espalda para no dejarme aplastar por su actitud clasista. Si iba a morir hoy, lo haría con la cabeza alta—. Y me bañé ayer, por si le preocupa la higiene de su palacio.

Marta apretó los labios hasta convertirlos en una línea blanca. Dio media vuelta sobre sus tacones bajos y abrió las inmensas puertas de roble.

—Límpiate los zapatos en el tapete tres veces. Si dejas una sola marca en el mármol, te haré limpiarlo con tu propia lengua. Sígueme y mantén la boca cerrada. El jefe odia el ruido.

Entré. El aire acondicionado me golpeó, trayendo consigo aromas de cera de abejas, flores frescas y dinero antiguo. El pasillo principal era una exhibición de arte renacentista. Cuadros al óleo con marcos dorados masivos colgaban de paredes forradas en paneles de madera oscura. El suelo era un tablero de ajedrez de mármol blanco y negro que brillaba tanto que podía ver el reflejo de mi propia cara demacrada.

Caminé detrás de Marta, intentando pisar suavemente para no hacer ruido. Mi corazón latía desbocado en mi garganta. Las estatuas de mármol en las esquinas parecían mirarme fijamente. Dos hombres de traje oscuro cruzaron el pasillo transversal, ambos con un abultamiento inconfundible debajo del saco, a la altura de las costillas. Sicarios. Mi cerebro asimiló la realidad de mi entorno. Esto no era una casa excéntrica. Esto era un cuartel general. Me sentí exactamente como un ratón callejero que, buscando un trozo de queso viejo, había caminado voluntariamente hacia el interior de la jaula de una serpiente constrictora.

Marta se detuvo frente a unas puertas dobles de caoba al final del ala oeste. Levantó el puño y dio dos golpes secos.

—Adelante —respondió una voz grave, profunda y extrañamente familiar desde el interior.

Marta empujó la puerta, me miró con una última advertencia silenciosa llena de asco, y me hizo un gesto seco para que entrara. Tragué saliva, preparé mi mejor cara de póquer y crucé el umbral hacia mi sentencia definitiva.

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