Capítulo 6 EL INTERROGATORIO A PUNTA DE PISTOLA.

El despacho era masivo, envuelto en una penumbra calculada. Las cortinas de terciopelo pesado bloqueaban casi toda la luz de la mañana, dejando solo la iluminación de una lámpara de escritorio con pantalla de cristal verde. El aire olía a cuero viejo, hojas de tabaco puro y un toque de una colonia cara, amaderada y afilada. Un aroma que mandó una descarga eléctrica directa a mi memoria a corto plazo.

Un hombre estaba sentado detrás del enorme escritorio de caoba, dándome la espalda, mirando hacia el jardín a través de una rendija en las cortinas. La silla giratoria de cuero negro ocultaba su rostro, pero la anchura de sus hombros envueltos en una camisa negra a medida me hizo detener mis pasos en seco.

—Marta me informa que la seguridad de la entrada no encontró armas en ti —dijo el hombre. Su voz era un barítono bajo, pausado, del tipo que no necesita gritar para que cien personas guarden silencio absoluto—. Un chico de tu edad, viniendo a buscar un anuncio sin firma a esta zona de la ciudad... O eres muy valiente, o eres lo suficientemente estúpido como para no valorar tu propia vida. ¿Cuál de las dos es, Lucas?

Giró la silla lentamente.

La sangre abandonó mi cabeza a una velocidad supersónica. Mis rodillas temblaron y el dolor del esguince desapareció bajo el torrente de adrenalina cruda que inundó mi sistema.

Era él.

La mandíbula tensa, la nariz recta, la cicatriz discreta en el lado izquierdo del cuello y esos ojos oscuros de depredador alfa. Era el hombre del traje de diseñador. El jefe de la mafia al que había usado como escudo humano hace apenas doce horas. El hombre al que le había plantado un beso desesperado vestido de mujer, el mismo que me había agarrado por la cintura con la intención de devorarme vivo antes de que le destrozara el zapato de charol con mi tacón.

El pánico me paralizó las cuerdas vocales. Si me reconocía, estaba muerto. Si ataba los cabos entre el chico andrajoso que tenía enfrente y la supuesta "mujer rubia" del callejón, sacaría una pistola y me vaciaría el cargador en la cara por la humillación pública. Mi instinto de huida se disparó, exigiéndome dar media vuelta y correr por el pasillo renacentista hasta la calle.

Pero Massimo Castiglione simplemente apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos. Su mirada me atravesó con una frialdad matemática. No había chispa de reconocimiento. No había ira por el beso robado. Para él, yo no era la chica del vestido rojo intenso; era solo un vagabundo más, un empleado de clase baja con los pantalones sucios y ojeras de insomnio. El camuflaje de la pobreza me estaba salvando la vida.

—Te hice una pregunta —repitió Massimo. El volumen de su voz no subió ni un decibelio, pero la temperatura de la habitación pareció caer diez grados.

—Ninguna de las dos —logré decir, sorprendido de que mi voz no temblara. Me obligué a cuadrar los hombros, usando la insolencia callejera como armadura—. Soy alguien que tiene saldo negativo en el banco. La valentía y la estupidez son lujos que no puedo pagar. Vengo por el trabajo.

Massimo inclinó la cabeza un milímetro, evaluando mi respuesta. Sus ojos oscuros bajaron hasta mis manos, luego hacia mi postura a la defensiva.

—Este trabajo no es para limpiar ventanas. Vas a cuidar de mi propiedad personal. Una propiedad que tiene la costumbre de mandar al hospital a los incompetentes. Necesito saber qué tan sucio está tu pasado. ¿Tienes antecedentes penales? ¿Deudas con carteles locales? ¿Alguna razón por la que la policía venga a golpear mi puerta buscando tu miserable existencia?

La palabra "deudas" me dio un latigazo en el cerebro, pero mantuve la cara de piedra.

—No tengo ficha policial. Nunca me han atrapado —respondí, lanzando una sonrisa cínica que ocultaba el terror—. Y sobre las deudas... le debo dinero a gente muy mala, señor. Por eso necesito el efectivo. La ventaja para usted es que, como le debo a gente mala, jamás le robaría a alguien que claramente es mucho peor. No soy suicida.

El silencio que siguió a mi declaración fue ensordecedor. Massimo se quedó inmóvil. Pensé que había cruzado la línea. Llamar "peor" a un jefe de la mafia en su propia oficina era el equivalente a saltar a un tanque de tiburones frotado en sangre de foca.

Massimo movió su mano derecha con una lentitud escalofriante. Abrió el cajón superior del escritorio. El roce del metal contra la madera me puso los pelos de punta. Esperé ver el cañón de una pistola apuntando entre mis ojos. En su lugar, sacó una chequera forrada en cuero negro y una pluma fuente de oro macizo.

—La honestidad brutal es un rasgo raro en mi mundo, Lucas. Normalmente, la gente entra a esta oficina temblando e inventando mentiras para quedar bien. Tú asumes tu miseria con un descaro casi suicida —murmuró, trazando números sobre el papel con movimientos fluidos—. Me sirve.

Arrancó el cheque con un rasgado seco. Abrió una carpeta de cuero azul y empujó dos hojas de papel grueso hacia el borde del escritorio, junto al cheque recién firmado.

—Este es el contrato de confidencialidad. Rompes las reglas de privacidad de esta casa, hablas de lo que ves aquí adentro, y no habrá prestamista en la ciudad que pueda salvarte de mí. Tu trabajo empieza hoy. El alojamiento y la comida están incluidos. Sales de los muros solo cuando yo te lo ordene.

Di dos pasos hacia adelante, arrastrando mi pie lastimado, y miré el escritorio. Mi vista se clavó directamente en el rectángulo de papel con el logotipo del banco suizo. Los números escritos con tinta negra eran un golpe directo a la mandíbula. El adelanto de esa semana equivalía a cinco meses enteros de mi antiguo trabajo lavando platos. Era suficiente para pagarle al Rata, darle una cuota al prestamista y comprar un suministro de fideos para una década. Era una cifra absurda. Era dinero de sangre, dinero sucio, dinero que compraba vidas humanas.

Agarré la pluma fuente. Pesaba más que cualquier objeto que hubiera sostenido en mi vida. No leí la letra pequeña del documento legal. No revisé las cláusulas de rescisión ni los seguros de riesgo. Estaba completamente cegado por la cantidad de ceros en ese papel. Mi supervivencia económica borró cualquier rastro de ética o precaución.

Firmé con un garabato apresurado en la línea de puntos, clavando la punta de oro en el papel con tanta fuerza que casi lo perforo.

Massimo cerró la carpeta con un golpe seco. Se levantó de su silla de cuero, revelando su imponente altura. La tela de su camisa negra se tensó sobre sus hombros. Me miró desde arriba, con la expresión de un general que acaba de comprar un nuevo peón de sacrificio para el frente de batalla. Extendió su mano derecha hacia mí.

Lentamente, levanté mi brazo y tomé su mano.

El apretón fue firme, aplastante y áspero por los callos de alguien que sabe usar armas de fuego. El calor de su piel hizo fricción con la mía. Una descarga eléctrica fantasma, un eco idéntico a la sensación de su mano apretando mi cintura la noche anterior en la oscuridad del callejón, recorrió mi brazo y me golpeó directo en el pecho.

Mantuve el apretón, mirándolo a los ojos oscuros y letales, sintiendo el peso aplastante de la ironía aplastándome el cuello. Acababa de venderle mi alma, mi tiempo y mi vida entera al mismo mafioso que me perseguiría hasta matarme si algún día descubría a quién acababa de meter en su propia casa.

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