Capítulo 1 El precio del capricho
Las luces púrpuras y rojas del club nocturno cortaban la espesa bruma de humo que flotaba sobre la pista de baile. El bajo retumbaba contra las paredes y se clavaba directo en el pecho de Nanda como un segundo corazón. Sobre el escenario, cada movimiento de su cuerpo era puro instinto y disciplina: una combinación de fuerza, flexibilidad y elegancia que obligaba a la multitud a mantener los ojos fijos en ella. Bailar era su único refugio verdadero, el único rincón del mundo donde todavía sentía que tenía el control absoluto de su destino tras la catástrofe financiera de su familia y la vil traición de Darío.
Sin embargo, esa noche una inquietud extraña comenzó a recorrerle la piel. Desde el exclusivo balcón de la zona VIP, ubicado en el segundo nivel del local, sentía una mirada pesada que la atravesaba con insistencia.
Al ejecutar un giro lento y echar la cabeza hacia atrás en mitad de la secuencia musical, sus ojos se cruzaron con los de él. Nanda no tenía la menor idea de quién se trataba, pero le resultó imposible no reparar en su figura. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, pero indiscutiblemente apuesto y con un atractivo impresionante. Poseía el cabello blanco peinado hacia atrás con elegancia, hombros anchos y una estructura física firme que delataba un cuidado constante. Su traje oscuro de corte perfecto destacaba de inmediato entre la ropa juvenil del resto de los clientes. Tenía un porte impecable, una presencia masculina y dominante que transmitía un poder absoluto.
Al notar que Nanda sostenía su mirada durante varios segundos, el hombre no apartó los ojos. En su lugar, dibujó una tenue sonrisa indescifrable y alzó lentamente su copa de cristal hacia ella, haciendo un gesto pausado, como si estuviera brindando en solitario por un logro secreto. A Nanda le recorrió una descarga helada por la columna vertebral. No era miedo exactamente, sino una corazonada oscura que la dejó desconcertada durante el resto de su rutina.
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Una hora más tarde, la música del club quedó atrás. Nanda caminaba por las calles iluminadas por farolas amarillas junto a Ben, su mejor amigo, quien insistía siempre en acompañarla hasta la puerta de su casa después de sus turnos nocturnos.
—Te vi distraída al final del show —comentó Ben, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. ¿Pasó algo?
—Había un tipo en la zona VIP —respondió Nanda, ajustándose la tira de su bolso sobre el hombro—. Un hombre mayor, con un traje carísimo. No me quitó la vista de encima en toda la noche y me hizo un gesto rarísimo con su copa. Me dio una vibra muy extraña, Ben.
—Si llegará a molestarte o a buscarte en alguna ocasión, me dices —advirtió Ben con el ceño fruncido—. Bastantes problemas tienes ya como para aguantar acosadores con dinero.
—Gracias, Ben. Pero tranquilo, probablemente solo era un millonario aburrido buscando entretenimiento.
Al doblar la esquina y llegar a la humilde vivienda de los padres de Nanda, ambos se detuvieron en seco. A pesar de ser casi medianoche, las luces del salón estaban encendidas de par en par. Nanda sacó su llave, abrió la puerta principal y la escena con la que se topó en el interior la congeló en el acto.
Su madre estaba sentada en el borde del sofá, llorando de forma desconsolada mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo arrugado. Su padre, en cambio, permanecía en una silla de madera mirando hacia la nada, con los ojos fijos en el suelo, completamente ido, como si estuviera en otro planeta.
—¿Qué les pasa, mamá? ¿Por qué estás así? —preguntó Nanda de inmediato, dando tres pasos rápidos hacia adelante con el corazón acelerado por la angustia.
Al escuchar su voz, la madre alzó la cabeza con el rostro completamente desencajado. Los ojos se le veían rojos e hinchados de tanto llorar. Al ver a su hija, se levantó con torpeza y corrió a abrazarla, temblando de la cabeza a los pies y apretándola con una desesperación que asustó a Nanda.
—¡Hija! Hija mía, perdónanos... No sabíamos qué hacer, por favor perdónanos... —suplicó la mujer entre gemidos, sofocando el rostro contra el hombro de Nanda.
Nanda intentó apartarla suavemente para mirarla a la cara, profundamente confundida.
—Mamá, ¿de qué hablas? Explícate, por favor. ¿Papá? ¿Qué ocurrió aquí?
—La policía vino a sacarnos de la casa por la deuda con el banco —articuló la madre entre sollozos ásperos—. Nos iban a desalojar hoy mismo, mi niña. Tenían las patrullas en la entrada y a tu papá lo iban a arrestar. Íbamos a quedar tirados en la calle.
Nanda sintió que se le comprimía el pecho.
—¿Y entonces? ¿Cómo es que siguen aquí?
—Se apareció un abogado... un hombre elegantísimo enviado por un empresario muy poderoso —explicó la madre, intentando tomar aire—. Ese sujeto pagó todo en efectivo, Nanda. Liquidó la hipoteca completa, saldó las deudas pendientes y, gracias a eso, la policía se fue y liberaron a tu papá.
Ben, que se había mantenido en silencio junto al marco de la puerta observando el caos, dio un paso al frente con la mandíbula apretada y la mirada seria.
—¿A cambio de qué? —preguntó con voz firme—. Porque nadie regala millones por caridad así no más ¿Quién es ese supuesto benefactor?
El padre de Nanda, que hasta ese momento había permanecido mudo y atrapado en sus propios pensamientos, parpadeó despacio. Se pasó las manos temblorosas por el rostro cansado y finalmente habló con un tono apagado, carente de cualquier rastro de fuerza:
—El responsable de pagar todo fue un magnate llamado Arturo Morel... pero a cambio... a cambio de eso...
El hombre se trabó, incapaz de articular las palabras mientras la culpa le deformaba la cara. Nanda sintió que la paciencia se le agotaba bajo la aplastante presión del momento.
—¡A cambio de qué, papá! Desembucha de una vez, que me van a volver loca —exigió ella, alzando la voz mientras apretaba las manos en puños.
Su padre levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos, con la mirada rota de un hombre que se sabe vencido.
—Tuvimos que firmar un acuerdo donde exige que te cases con él mañana mismo.
El silencio que siguió a esa frase fue devastador. Nanda dio un paso hacia atrás como si le hubieran propinado un golpe físico en el estómago.
—¡Ni de coña, papá! —estalló Nanda, negando con la cabeza rotundamente—. Sabes perfectamente que eso es imposible. ¡No voy a casarme con un desconocido!
—Si no lo haces, voy a la cárcel y tu madre se queda en la calle —soltó su padre con una mezcla de desesperación y vergüenza—. Y eso no es todo, Nanda. Ese hombre también dejó claro que te echan del club hoy mismo y que se encargará personalmente de que no te vuelvan a contratar en ningún club nocturno del país... Fue todo lo que nos dijo su abogado.
Nanda sintió que el mundo giraba a su alrededor. El aire se volvió insoportablemente escaso en la pequeña sala. La imagen del hombre apuesto en la zona VIP del club, brindando con su copa de cristal mientras la miraba con intensidad, vino a su mente como un relámpago siniestro. Él ya lo tenía todo planeado. Había estado observando su trofeo antes de reclamarlo.
—Dios... pero ese hombre es un maldito miserable, papá —dijo Nanda con la voz temblando por la rabia—. ¿Cómo se les ocurrió firmar algo semejante sin primero decirme una sola palabra? ¡Es mi vida!
—¡No tuvimos opción, Nanda! —suplicó su madre, rompiendo a llorar de nuevo y cayendo de rodillas frente a ella—. ¡Tu padre estaba siendo esposado frente a los vecinos, hija! Nos acorralaron... estábamos desesperados...
Nanda miró a sus padres, deshechos por el pánico y la culpa, y luego miró a Ben, cuya cara reflejaba la impotencia absoluta de no poder hacer nada ante semejante monstruo de poder y dinero. Estaba atrapada por todos lados. Si decía que no, destruía a su familia; si decía que sí, se entregaba a un desconocido que la había comprado como si fuera un objeto de lujo.
—Yo... yo no sé qué hacer... —susurró Nanda, sintiendo cómo se le quebraba la garganta por completo.
Y en ese preciso instante, aplastada por el peso de una decisión atroz que no había elegido, Nanda se cubrió el rostro con las manos y estalló en un llanto amargo y desesperado.
