Capítulo 2 La decisión
Ben no esperó a que los padres de Nanda volvieran a hablar. La tomó suavemente del brazo y la arrastró fuera de la sala, alejándola del ambiente asfixiante de llanto y desesperación que amenazaba con ahogarla. Cruzaron el pasillo y entraron a la pequeña habitación de Nanda, cerrando la puerta tras de sí para aislar el ruido y la culpa que flotaban en la casa.
En cuanto estuvieron a solas, Ben se giró hacia ella con el rostro desencajado por la frustración. La tomó firmemente por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Nanda, mírame —exigió Ben con la voz ahogada por la impotencia—. Tienes que pensar con la cabeza fría. Esto es una locura absoluta. ¡Te va a arruinar la vida! Te va a arruinar tus sueños, todo por lo que has luchado desde que te conozco. No puedes entregar tu libertad a un desconocido por una deuda que ni siquiera es tuya.
Nanda se soltó de su agarre con lentitud. Se dio la vuelta y se abrazó a sí misma, mirando el pequeño ventanal de su cuarto que daba a la calle oscura. Sus ojos, rojos por el llanto reciente, reflejaban una mezcla amarga de agotamiento y resignación.
—¿Qué vida, Ben? —respondió ella con una sonrisa seca, carente de cualquier rastro de gracia—. ¿Qué sueños? Mírame... Bailo hasta romperme las piernas por una miseria de sueldo que apenas alcanza para pagar el alquiler. Mi ex me engañó y me dejó en la ruina, mis padres están a un paso de quedar en la calle y mi papá rozó la cárcel hace menos de dos horas. Esto no es vida, Ben. Y no puedo permitir que mis padres sigan sufriendo de esta manera cuando la solución está en mis manos.
—¡Pero no a este precio! —insistió Ben, dando un paso impulsivo hacia ella—. No sabemos qué busca exactamente ese sujeto. ¿Qué vas a hacer entonces, amiga? Porque desde ya te digo que ese interés de ese hombre así, tan de repente, sin siquiera dar la cara, no me parece para nada bueno. Ningún millonario regala una fortuna a cambio de nada.
Nanda cerró los ojos un segundo, recordando la mirada penetrante del hombre maduro en la zona VIP del club y la forma calculada en que alzó su copa hacia ella. Tenía un magnetismo oscuro, pero no dejaba de ser un hombre poderoso acostumbrado a salirse con la suya.
—Me voy a casar, Ben —sentenció Nanda con la voz firme, aunque las manos le temblaban ligeramente—. No tengo más opciones. Estoy cansada de luchar contracorriente para salir adelante y terminar siempre en el mismo hoyo. Si mi destino es casarme con ese viejo verde, pues lo tendré que hacer. Al menos sabré que mis padres tienen un techo seguro y una vejez tranquila.
Ben se pasó la mano por el cabello, dejando salir un largo suspiro lleno de rabia y tristeza. Sabía lo terca que era Nanda cuando se trataba de proteger a las personas que amaba; cuando tomaba una decisión, no había fuerza en el mundo que la hiciera retroceder. Avanzó dos pasos y la envolvió en un abrazo cálido y apretado.
—Ay, mi vida... ojalá tuviera cómo ayudarte —murmuró Ben contra su cuello, apretando los puños con frustración—. Ojalá tuviera ese dinero para dártelo y sacarte de esta pesadilla. Pero igual sabes que puedes contar siempre conmigo, pase lo que pase y estés donde estés. No me voy a ir a ninguna parte.
—Lo sé —susurró Nanda, apoyando la cabeza en su hombro por un instante—. Lo sé, Ben. Gracias.
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Cuando salieron de la habitación, sus padres continuaban en la sala. Su madre se levantó de inmediato al verla aparecer, con la cara empapada en lágrimas y apretando las manos contra su pecho.
—Nanda... —empezó su madre con voz temblorosa.
—Voy a hacerlo —la interrumpió Nanda, manteniendo la mirada alta para no desmoronarse—. Acepto el acuerdo. Salvaré esta familia.
Su madre ahogó un grito de alivio mezclado con una vergüenza insoportable, mientras su padre bajaba la cabeza hacia el suelo, incapaz de sostenerle la vista a su propia hija.
Antes de que alguien pudiera decir algo más, un haz de luz potente atravesó las cortinas de la ventana principal, iluminando la sala a oscuras. El sonido grave de un motor de alta gama se detuvo justo en la entrada de la propiedad.
Nanda caminó hacia la ventana y apartó la tela con la punta de los dedos. Un imponente sedán negro esperaba en la acera. De la puerta trasera descendió Pol, un hombre de hombros anchos, porte impecable y traje oscuro que caminó con pasos firmes hacia la puerta.
El timbre sonó dos veces. El impacto metálico retumbó en la casa como un sello definitivo. Nanda caminó hacia la puerta principal y la abrió, encontrándose cara a cara con la mirada fría e inexpresiva del guardaespaldas.
—Señorita Silva —saludó el hombre con una leve inclinación de cabeza—. Supongo que sus padres la hayan puesto al tanto de todo. El señor Arturo Morel requiere su presencia. Debe acompañarme a la finca de inmediato.
Nanda frunció el ceño, dando un paso atrás.
—¿De inmediato? ¿Acaso el compromiso no era para mañana?
—El casamiento es mañana a primera hora —aclaró Pol con tono profesional y neutro—. Pero las órdenes del señor Morel son precisas: usted debe trasladarse a su residencia desde esta misma noche.
Nanda tragó saliva y echó una mirada hacia el pasillo que conducía a su habitación.
—Está bien. Denme diez minutos para recoger mi ropa y mis cosas personales.
—Negativo —interrumpió Pol de inmediato, levantando ligeramente una mano—. Por órdenes estrictas de mi jefe, no puede llevarse absolutamente nada de su antigua vida. Él se encargará de proveerle todo lo que necesite a partir de este momento.
La exigencia cayó sobre Nanda como una bofetada helada. Arturo Morel no solo estaba comprando su futuro; estaba borrando de un plumazo todo su pasado, despojándola hasta del último recuerdo de su propia identidad.
—Ni siquiera mi ropa... —murmuró ella, sintiendo una punzada de indignación.
—Absolutamente nada —sentenció Pol, haciéndose a un lado y señalando el vehículo abierto en la acera—. El auto la espera, señorita.
Nanda giró la cabeza. Miró a sus padres, quienes permanecían petrificados en la sala, y luego a Ben, cuya mirada ardía de impotencia absoluta. Sin decir una sola palabra más para no romper a llorar frente al empleado de Morel, Nanda cruzó el umbral con lo único que llevaba puesto, dejando atrás toda su vida.
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El viaje en el auto transcurrió en un silencio sepulcral. Nanda vio cómo la ciudad iluminada quedaba atrás, sustituida por una carretera rodeada de árboles espesos que la aislaban del resto del mundo.
El vehículo atravesó un imponente portón de hierro forjado que se cerró tras ellos con un chasquido pesado. Al final del camino, la mansión de Arturo Morel se alzó en la penumbra: una estructura majestuosa de piedra gris y cristal, imponente y fría.
Pol la guio a través del gigantesco recibidor de mármol hasta la sala principal. Allí la esperaba Arturo. A sus sesenta años, conservaba una figura musculosa y una postura erguida que irradiaba un control absoluto. Llevaba una camisa clara desabrochada en el cuello y la miraba con una satisfacción abierta.
—Bienvenida a tu nueva casa, Nanda —dijo Arturo con una voz profunda y raspada—. Me alegra ver que eres una mujer sensata.
Nanda sostuvo la mirada sin amedrentarse.
—Su empleado no me dejó traer ni una sola de mis pertenencias.
Arturo sonrió con lentitud, dando un paso hacia ella.
—Porque a partir de hoy no necesitarás nada de esa vida de miserias. Hoy te instalarás en tu habitación y descansarás. Mañana a primera hora se organizará una pequeña recepción en esta misma casa; firmaremos los papeles del matrimonio y serás oficialmente mi esposa.
El anciano magnate se acercó lo suficiente para rozar la mejilla de Nanda con los nudillos de su mano. Ella contuvo el aliento, reacia a mostrar debilidad.
—Ve a descansar, querida —añadió Arturo con un tono suave pero dictatorial—. Mañana empieza tu verdadera vida a mi lado.
Pol la acompañó hasta la segunda planta y le abrió la puerta de una suite gigantesca, decorada con un lujo abrumador y vestidores repletos de ropa nueva. En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, Nanda se quedó sola en medio de la inmensa habitación. Miró el gran ventanal que daba a los jardines oscuros de la finca y se abrazó a sí misma, sintiendo cómo el miedo y la incertidumbre la envolvían. Mañana se casaría con un extraño, y no había vuelta atrás.
