Capítulo 3 La firma
El vestido de seda marfil que Arturo había dejado preparado en el vestidor caía sobre el cuerpo de Nanda con una elegancia impecable. El tejido suave rozaba su piel, entallando su figura de bailarina a la perfección, pero para ella cada costura se sentía como una cadena de oro. Frente al gran espejo del vestidor, se observó durante varios minutos. Los ojos se le veían cansados, rodeados por una sombra tenue que delataba la noche en blanco que había pasado, pero en el fondo de su mirada todavía ardía un destello irreductible de orgullo.
Faltaban diez minutos para la hora fijada. Nanda respiró hondo, intentando calmar el nudo que le atenazaba el estómago, y salió de la suite.
Al bajar por la majestuosa escalera, el silencio de la mansión se vio interrumpido por el eco apagado de voces en la planta baja. En el centro del salón la esperaban tres personas: un juez de paz de aspecto sobrio vistiendo traje oscuro, Pol parado a un costado con postura militar actuando como testigo, y Arturo Morel.
El magnate estaba de pie junto a una mesa de caoba donde descansaban los folios del registro matrimonial. Lucía un traje impecable que acentuaba su porte firme y musculoso. Al notar los pasos de Nanda, giró la cabeza y sus ojos oscuros la recorrieron despacio, desde los pies hasta el cuello, cargados de una satisfacción densa y posesiva.
—Te ves deslumbrante, Nanda —dijo Arturo con su voz profunda y rasposa, dando un paso al frente para recibirla—. La seda blanca te sienta de maravilla.
Nanda no respondió al cumplido. Caminó con la cabeza en alto hasta detenerse justo al otro lado de la mesa de madera. El juez de paz, incómodo ante la evidente frialdad de la novia, ajustó sus anteojos y carraspeó antes de hablar.
—Bien... Si ambas partes están de acuerdo, procederemos a la lectura y firma de las actas de matrimonio civil —anunció el funcionario con tono neutro.
El juez extendió la pluma hacia Nanda. Ella miró el metal dorado durante un segundo interminable, sabiendo que al tomarlo estaba entregando su libertad a cambio de la tranquilidad de su familia. Sostuvo el bolígrafo con dedos firmes, pero antes de posar la punta sobre el papel, alzó la cara y clavo la mirada directamente en los ojos oscuros de Arturo, sin un solo rastro de timidez.
—Que ponga mi nombre en este papel no significa que me has comprado —susurró ella con la voz cargada de veneno y determinación—. Lo estoy haciendo obligada, Arturo. Y estás completamente loco si piensas que me voy a acostar contigo.
El juez de paz se congeló en su sitio, abriendo la boca sin saber qué decir, mientras Pol mantenía la mirada fija en la pared, impenetrable.
Lejos de molestarse o perder la paciencia, Arturo dibujó una sonrisa lenta, peligrosa y magnética. Se inclinó sobre la mesa, reduciendo la distancia entre sus rostros hasta que Nanda pudo sentir el calor de su respiración sobre la piel.
—Ya veremos en el camino quién es el que lleva las riendas en esta casa, Nanda —respondió el magnate con un murmullo pausado que le erizó los vellos de los brazos—. Pero te confieso algo, querida... si hay algo en este mundo que me excita, es que me desafíen.
Nanda sostuvo el aliento, sintiendo una mezcla amarga de indignación y terror helado ante el absoluto control que ese hombre ejercía. Sin apartar los ojos de los suyos, apoyó la pluma sobre el documento y firmó con trazos rápidos y precisos.
Arturo tomó la pluma inmediatamente después y estampó su firma con una firmeza impecable.
—Por el poder que me confiere la ley, los declaro oficialmente marido y mujer —declaró el juez, guardando los sellos en su maletín con evidente prisa por salir de allí.
Arturo se giró hacia una bandeja de plata que descansaba sobre una mesita auxiliar. Tomó dos copas de cristal llenas de champagne y le ofreció una a Nanda, mirándola con intensidad.
—Un brindis por nuestra unión, esposa —dijo Arturo, alzando su copa—. Por el comienzo de tu nueva vida.
Nanda estaba dispuesta a rechazar el trago, pero justo en ese preciso segundo, el sonido estruendoso de un motor deportivo retumbó en los jardines de la propiedad.
El rugido del vehículo fue seguido por el chillido violento de unas llantas frenando de golpe sobre la grava de la entrada. Segundos después, el eco de un portazo brutal hizo vibrar los ventanales de la sala.
—¡Me importa un demonio si está ocupado! —se escuchó una voz joven y masculina gritando en el recibidor, llena de rabia desbordada.
Pasos pesados y apresurados resonaron en el pasillo de mármol. Nanda se giró justo en el momento en que las dos hojas de madera de la sala se abrían de golpe, chocando contra las paredes.
En el umbral apareció un joven alto, de hombros anchos y cabello negro desordenado. Vestía una chaqueta de cuero negra sobre una camiseta oscura y jeans gastados. Poseía un rostro de facciones marcadas y atractivas, pero en ese momento su mandíbula estaba apretada por una furia salvaje.
Los ojos oscuros del recién llegado recorrieron la sala en un segundo: vieron al juez guardando sus documentos, las copas de champagne en manos de su padre y, finalmente, se clavaron en Nanda con un impacto casi físico.
La miró de arriba abajo, deteniéndose en el vestido de seda marfil que la cubría. La sorpresa cruzó por su rostro durante una fracción de segundo al ver la belleza de la mujer que estaba de pie junto al magnate, pero de inmediato esa expresión se transformó en una mueca de asco y desprecio absoluto.
—¡¿Qué demonios significa esto, papá?! —rugió el joven, dando tres pasos violentos hacia adelante y encarando a Arturo antes de señalar a Nanda con un gesto lleno de veneno—. ¡¿Así que esta es la zorra cazafortunas por la que vas a hacer el ridículo frente a toda la ciudad?!
