Capítulo 4 Quién eres para juzgarme

Las palabras de Alexander cayeron sobre la sala como un balde de agua hirviendo. El insulto quedó flotando en el aire, cargado de un desprecio tan vil que el juez de paz apresuró el paso para salir de la habitación sin mirar a nadie. Pol, por su parte, notó de inmediato la carga explosiva del momento. Conociendo a Alexander desde muchacho y guardándole un respeto y cariño genuino, el guardaespaldas comprendió que aquella no era una orden parte de su trabajo, sino un conflicto íntimo de sangre que no le correspondía presenciar. Hizo una sutil inclinación de cabeza hacia el joven y se retiró en absoluto silencio, cerrando las pesadas puertas de madera para dejar a la familia a solas.

Nanda sintió cómo la sangre le quemaba las venas. La humillación intentó quebrarla, pero el orgullo que la había sostenido hasta ese momento fue más fuerte. Dio un paso al frente, encarando directamente a Alexander sin que le temblara la voz.

—No me conoces ni sabes absolutamente nada de mi vida para atreverte a juzgarme —dijo Nanda con una frialdad cortante—. Así que guarda tus insultos para quien te los acepte, porque no me voy a rebajar a tu nivel ni voy a permitir que me faltes al respeto.

Alexander soltó una carcajada seca y amarga. Sus ojos oscuros, encendidos por una rabia salvaje, la recorrieron con desdén.

—Mira qué tierna... La muñequita tiene agallas —escupió él, dando un paso intimidante hacia ella—. Te vestiste de seda blanca, pero el veneno de cazafortunas se te nota a leguas. ¿Cuánto te costó convencer al viejo? ¿Qué truco le vendiste para que cayera tan fácil?

—¡Basta, Alexander! —la voz de Arturo retumbó en la sala con la fuerza de un trueno.

El magnate dio dos pasos firmes, interponiéndose entre su hijo y Nanda con una postura aplastante.

—Le debes respeto a la señora de esta casa —sentenció Arturo con tono gélido—. Y cuida muy bien lo que dices antes de que te recuerde cómo debes comportarte en mi presencia.

—¡¿La señora de la casa?! —repitió Alexander, señalando a Nanda con amargura—. ¡Por favor, papá! La sangre de mi madre ni siquiera se ha enfriado en la memoria de esta familia y tú metes a una aparecida cualquiera en su lugar. ¿Crees que soy imbécil? Vio la oportunidad de enganchar a un millonario y no lo pensó dos veces.

—Esta es mi casa —replicó Arturo, reduciendo la distancia con autoridad—. Aquí se hace mi voluntad y meto a quien se me dé la gana. Si no te gusta, la puerta está muy grande para que te vayas.

Alexander apretó los puños a los costados, con los nudillos volviéndose blancos. Se encaró con su padre cara a cara, sin dar un solo paso atrás.

—¡También es MI casa, papá! —rugió Alexander—. No se te olvide que esta propiedad pertenecía a mi madre. La mitad de este suelo es mía por herencia, igual que la mitad de las acciones de la empresa y todo lo demás. Así que no intentes correrme de mi propio techo por traer a tu nueva conquista. No me voy a ir a ninguna parte.

Arturo no pestañeó. Sostuvo la mirada de su hijo con una calma calculadora.

—Puedes quedarte bajo este techo todo el tiempo que quieras, Alexander —respondió el magnate con voz pausada—. Pero la autoridad en esta finca y en la empresa la sigo teniendo yo. Y esta mujer es mi esposa ante la ley. Te guste o no, vas a tener que aprender a vivir con eso.

El silencio volvió a instalarse en el salón, denso y cargado de odio. Alexander miró a su padre durante varios segundos antes de girar la cabeza lentamente hacia Nanda. La miró de arriba abajo con una promesa oscura.

—Disfruta tu victoria mientras dure, "madrastra" —murmuró Alexander con la voz envenenada—. Porque voy a estar aquí cada maldito día para recordarte lo que realmente eres. Y créeme... te voy a hacer la vida tan miserable que vas a rogar por salir huyendo de esta casa.

Sin esperar respuesta, Alexander dio media vuelta. Sus pasos pesados resonaron en el recibidor hasta que el portazo principal volvió a hacer vibrar los cristales de la sala.

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El eco de la salida de Alexander dejó un vacío helado. Nanda permanecía de pie, respirando con dificultad mientras intentaba procesar la revelación sobre la herencia de la madre.

Arturo se dio la vuelta despacio y la miró con serenidad.

—No le prestes atención a Alexander —dijo el magnate, acomodándose los puños de la camisa—. Es un muchacho impulsivo y engreído que cree que puede desafiarme. Se le pasará cuando entienda cómo están dispuestas las fichas ahora.

—¿Por qué no le dijiste lo que hiciste para traerme aquí? —preguntó Nanda, apretando las manos a los lados del vestido—. Él cree que vine por tu dinero. No sabe que fui acorralada.

Arturo soltó una risa baja, acercándose a ella hasta quedar a un paso de distancia.

—Y no tiene por qué saberlo, querida —murmuró Arturo, rozando la mejilla de Nanda con la yema de sus dedos. Ella giró el rostro de inmediato para evitar el contacto—. Para el resto del mundo, eres la mujer que decidió unir su vida a la mía. Y para mí... eres el trofeo que demuestra que siempre obtengo lo que quiero.

Nanda sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.

—Puedes ir a tu habitación para que te cambies —añadió Arturo con tono dictatorial—. En la noche cenaremos juntos para celebrar nuestra boda. Ve preparándote.

Sin darle espacio para replicar, Arturo dio media vuelta y caminó hacia su despacho.

Nanda se quedó sola en la inmensidad de la sala. Había quedado atrapada en medio de un fuego cruzado: entre la obsesión de un hombre que la manejaba como una propiedad y el odio de un hijastro decidido a destruirla. Y la convivencia apenas comenzaba.

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