Capítulo 5 La cena
Nanda subió sola a la segunda planta, dejando atrás la atmósfera cargada y la tensión desbordante del salón. Sus pasos resonaban en la madera pulida del pasillo mientras intentaba calmar el ritmo frenético de su corazón. Al entrar en la inmensa habitación, cerró la puerta a sus espaldas con firmeza y se apoyó contra la madera, dejándose llevar por un instante de desahogo.
Estaba sola por primera vez en horas. Sacó el teléfono móvil del bolsillo de su abrigo —el único objeto personal que conservaba de su antigua vida— y vio una ráfaga de mensajes no leídos de Ben.
“Nanda, por favor responde. Me tienes con el corazón en la boca desde que te fuiste.”
“No puedo estar tranquilo sabiendo que te fuiste a meter en la casa de ese desconocido. Dime cómo estás, por favor.”
“Por cierto, hoy me topé con Darío a la salida del club... El infeliz parece un muerto viviente. Andaba deshecho, preguntando por ti como si tuviera derecho a algo después de lo que te hizo. Supongo que la culpa lo está devorando”.
Nanda leyó las líneas en la pantalla con una mueca amarga. El nombre de Darío ya no le provocaba dolor, solo un profundo desprecio. Ese hombre la había traicionado y la había arrastrado al límite de la ruina; que ahora anduviera arrastrándose como un fantasma por las calles no cambiaba absolutamente nada. Lo único que realmente le importaba era que sus padres dormían esa noche bajo techo y sin el fantasma de un desalojo sobre sus cabezas.
Se limpió la comisura de los ojos y le respondió rápidamente a su amigo:
“Estoy bien, Ben. Darío ya no existe para mí, que se pudra en su remordimiento. Lo importante es que mis padres están a salvo. Por favor, cuida mucho de ellos.”
A las siete y media, una joven empleada vestida con uniforme impecable llamó a la puerta. Llevaba en los brazos dos opciones de vestuario que Arturo había mandado.
—Señora, el señor Morel sugirió este vestido rojo para la cena —dijo la joven con timidez, mostrando una prenda de seda ajustada con un escote pronunciado.
Nanda miró la prenda con un gesto de rotunda negativa. No iba a disfrazarse de trofeo seductor para complacer el ego del magnate.
—No —dijo Nanda con voz firme—. Trae el vestido negro de cuello alto que está colgado al fondo del armario.
La empleada asintió con rapidez, sorprendida por la postura inflexible de la nueva esposa, y obedeció de inmediato.
Veinte minutos después, Nanda se contempló al espejo. El vestido negro de manga larga y corte recto moldeaba su figura con una elegancia sobria y distante. No llevaba joyas ostentosas ni maquillaje recargado. Iba a bajar a esa cena como una prisionera de guerra con la cabeza en alto, jamás como una novia complaciente.
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El comedor de la mansión Morel era un salón majestuoso dominado por una mesa de caoba pulida para doce personas, iluminada por una lámpara de araña de cristal que proyectaba destellos fríos sobre la vajilla de porcelana.
Arturo ya la esperaba en la cabecera. Llevaba una camisa oscura y revisaba unos informes financieros en una tableta digital. Al escuchar los pasos de Nanda acercándose, apagó la pantalla y se levantó despacio para retirarle la silla ubicada a su derecha.
—El negro te da un aire de misterio muy interesante —comentó Arturo, recorriéndola con la mirada mientras ella se sentaba manteniendo la distancia—. Aunque prefería el rojo.
—Bastante tuviste con imponerme esta boda, Arturo —respondió ella de manera tajante, acomodándose la servilleta en el regazo—, como para que pretendas imponerme también cómo debo vestir.
Arturo soltó una risa grave y satisfecha, ocupando su lugar de nuevo.
—Aprecio tu franqueza. Con el tiempo entenderás que en esta casa la obediencia no es una opción, sino una costumbre que te ahorrará muchos dolores de cabeza.
Antes de que Nanda pudiera responder, el sonido fuerte de unos pasos pesados resonó en el pasillo.
Alexander apareció en el umbral del comedor. Se había quitado la chaqueta de cuero, pero conservaba los jeans oscuros y una camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos y atléticos. Llevaba el cabello negro revuelto y una expresión cargada de ironía.
—Vaya, qué bonita estampa familiar —soltó Alexander, caminando hacia la mesa sin pedir permiso—. ¿Llego a tiempo para el banquete de bodas?
Arturo arrugó el entrecejo, visiblemente molesto por la interrupción.
—Pensé que habías salido de la propiedad.
—¿Y perderme la cena de celebración de tu nuevo 'matrimonio'? Ni lo sueñes, papá —dijo Alexander, apartando bruscamente la silla ubicada justo en frente de Nanda y dejándose caer sobre ella.
Nanda se congeló. La presencia de Alexander llenaba la habitación con una energía densa, peligrosa y rebelde. Sus ojos oscuros se clavaron de inmediato en los de ella, desafiándolos sin disimulo.
Una de las empleadas sirvió las copas de vino y colocó los primeros platos sobre la mesa. El silencio en el comedor se volvió tan denso que solo se escuchaba el choque metálico de los cubiertos contra la porcelana.
—Dime una cosa, "madrastra" —habló Alexander de pronto, apoyando los codos sobre la mesa y mirándola con sarcasmo purísimo—. ¿Cómo se siente pasar de no tener nada a estar sentada en la mesa de los Morel? Debe ser agotador haber planeado la jugada perfecta para cazar al viejo.
Nanda apretó el tenedor entre sus dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Alexander —advirtió Arturo con voz baja y amenazante—. Mide tus palabras.
—Solo estoy entablado conversación, papá —respondió el joven sin quitarle la vista de encima a Nanda—. Me da curiosidad saber qué habilidades tiene tu nueva adquisición. Porque para haber hecho que firmaras un papel en menos de veinticuatro horas, debió haber hecho un trabajo formidable.
Nanda dejó los cubiertos sobre el plato con un golpe seco que resonó en todo el salón. Miró a Alexander a los ojos, negándose rotundamente a dejarse intimidar por su arrogancia.
—No sé qué clase de mujeres estés acostumbrado a tratar —dijo Nanda con una calma helada que sorprendió a ambos hombres—, pero no me metas en su saco. Si crees que estoy impresionada por tu apellido, por tu dinero o por esta mansión, estás muy equivocado. No me interesa ni un solo centavo de tu familia.
Alexander entornó los ojos, divertido y fascinado a la vez por la fiereza con la que ella le respondía.
—Una respuesta ensayada a la perfección. Lástima que no te crea ni una sola palabra.
En ese preciso instante, el teléfono de Arturo comenzó a vibrar con insistencia sobre la mesa. El magnate miró la pantalla, frunció el ceño al reconocer el número de la empresa y se levantó de la silla.
—Es una llamada urgente de los inversores de Londres —anunció Arturo, mirando fijamente a su hijo—. Nada de provocaciones mientras no estoy. Compórtate.
Arturo caminó hacia su despacho.
El silencio volvió a caer sobre el comedor, pero esta vez la tensión entre Nanda y Alexander se multiplicó al quedar completamente a solas.
Alexander no perdió un segundo. Se inclinó hacia adelante sobre la mesa de caoba, reduciendo drásticamente la distancia entre ellos. La luz cálida de la lámpara iluminaba las facciones marcadas de su rostro, acentuando su mirada oscura y penetrante.
—El viejo puede ser un ingenuo cuando se trata de una cara bonita —murmuró Alexander con una voz grave y raspada que le erizó la piel a Nanda—, pero yo no. Te voy a vigilar cada segundo que pases en esta casa. Voy a descubrir qué es lo que realmente buscas y te voy a sacar a patadas de aquí.
Nanda se inclinó también hacia adelante, sosteniéndole la provocación a pocos centímetros de su rostro. Podía oler el perfume amaderado y el aroma tenue que emanaba de él.
—Inténtalo si quieres —desafió Nanda con un hilo de voz lleno de rabia y orgullo—. Pero te vas a llevar una sorpresa muy grande cuando te des cuenta de que no tengo nada que esconderte.
Alexander la observó en silencio durante un segundo que pareció eterno. Sus ojos bajaron por un instante hacia los labios de Nanda y luego subieron de nuevo a su mirada, sintiendo una corriente eléctrica e inesperada chocar entre los dos. Era un odio puro, pero cargado de un magnetismo oscuro e innegable que ninguno de los dos pudo prever.
—Ya lo veremos, madrastra —susurró Alexander, con una sonrisa lenta y peligrosa.
Antes de que alguno pudiera decir algo más, Arturo regresó al comedor guardando el teléfono en su bolsillo. Miró a ambos de reojo, notando la proximidad entre sus rostros antes de que se reincorporaran en sus asientos.
—Bien —dijo Arturo con tono autoritario, colocándose al lado de Nanda y apoyando una mano pesada sobre su hombro de forma posesiva—. La cena ha terminado. Nanda, ven conmigo. Es hora de que te instales en el cuarto que compartiremos a partir de esta noche.
A Nanda se le cortó la respiración de golpe. Miró a Arturo con el pánico reflejado en los ojos, mientras enfrente, Alexander apretaba la mandíbula con una furia salvaje que volvió a encenderse al instante.
